Un visionario del siglo XX

Aunque el excéntrico empresario Sergei Diaghilev ha pasado a la historia como el descubridor a nivel internacional de prodigios como Ravel, Prokofiev, Satie o Falla, su mérito más recordado siempre será el haber proyectado la carrera de Igor Stravinski. Nacido en 1872, carecía de talento creativo y muy pronto abandonó sus ambiciones pictóricas o musicales (estas últimas por consejo tajante de Rimski-Korsakov), pero, empeñado en participar del mundo del arte, se dedicó en cuerpo y alma a la promoción y gestión del mundo del espectáculo. De esta manera, en 1898 fundó la revista
El mundo del arte , para la que contó con la colaboración de algunos de los pintores rusos más grandes del momento, y en ella ya se manifestaba una abierta intención de romper todos los convencionalismos, abogando por una estética nueva y revolucionaria. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que en la conservadora Rusia zarista poco o nada podría lograrse a este respecto, y tras varios años de problemas para financiarse,
El mundo del arte acabó por desaparecer ante la indiferencia general. Lejos de desanimarse, Diaghilev decidió probar suerte en el terreno de la escenografía y gracias a su contagioso entusiasmo, no sólo logró entrar en los Teatros Imperiales, sino que al poco tiempo se convirtió en su director. Una de las primeras patadas que el joven innovador, de apenas treinta años, consiguió pegar a la escena tradicional rusa fue el repudio de los montajes clónicos de Bayreuth en las óperas de Wagner, y en 1903, con la colaboración de los escenógrafos Korovin y Benois pudo hacer realidad su sueño de montar un
Crepúsculo de los dioses completamente distinto a todo lo visto anteriormente.
En 1906, y tras abandonar definitivamente su idea de fundar un museo nacional de arte ruso, decidió aprovechar los esfuerzos volcados en este proyecto para montar una exposición, con el material disponible, en París. El éxito fue tan grande, que inmediatamente se despertó una fiebre por lo ruso en la ya incipiente capital del nuevo arte. Al año siguiente el empresario volvió a la Ciudad de la Luz para montar una serie de conciertos con la presencia de Rimski-Korsakov y Rachmaninov y, ya en 1908, consigue la proeza definitiva: la puesta en escena de Boris Godunov , con el mítico Fedor Chaliapin como protagonista.
Los Ballets Rusos encuentran una estrella

Tamara Karsavina, una de las
grandes estrellas de los Ballets Rusos,
caracterizada como el pájaro de fuego |
Convencido de que París era la plataforma idónea desde la que impulsar su proyecto artístico que aunase música, pintura y coreografía, Diaghilev se instaló allí en 1909 para poner en marcha los llamados Ballets Rusos, que se nutrirían de los numerosos amigos que había hecho durante su estancia en los Teatros Imperiales. La decisión de potenciar un género como el ballet, en detrimento de la ópera, se debió a la creencia del ruso en que ésta estaba en crisis, mientras que la danza, despreciada por la mayor parte del público, que la consideraba insulsa, aún tenía muchas posibilidades que ofrecer. Inicialmente, gracias al genio de coreógrafos como Mijail Fokin, se adaptaron a la escena algunos poemas sinfónicos o piezas orquestales de óperas, como fue el caso de las "Danzas polovtsianas" de
El príncipe Igor , recibidas con entusiasmo por los parisinos el 19 de mayo de 1909 en el Teatro Chatelet. En el mismo programa también se danzaron algunas piezas de Rimski-Korsakov. El 2 de junio tuvo lugar la segunda sesión de los Ballets, con un elenco histórico: Vaslav Nijinski, Anna Pavlova y Tamara Karsavina. La obra escogida era
Las sílfides , una serie de obras de Chopin orquestadas por Glazunov, Anatoli Liadov, Sergei Taneyev y un alumno de Rimsky llamado Igor Stravinski. Diaghilev había encargado la orquestación de un par piezas de este ballet a Stravinski, tras haber escuchado dos composiciones suyas en un concierto ofrecido por Alexander Siloti en San Petersburgo:
Scherzo fantástico y
Fuegos artificiales, ambas de brillante colorido, muy deudoras del omnipresente autor de
El gallo de oro.
En vista del éxito logrado, Diaghilev programó una ambiciosa temporada para 1910, con Giselle, El carnaval de Schumann orquestado por Rimsky, Scherezade y Las orientales, sobre música de Glazunov, Grieg y otros. Quedaba aún un hueco que rellenar y era la presentación de un ballet con música creada ex profeso para la compañía, así que el empresario pensó en un conocido cuento ruso, El pájaro de fuego y en Liadov para ponerle música. Sin embargo, éste, famoso por su pereza, exhasperó a Diaghilev con su lentitud y decidió proponerle a Stravinski su composición, si es que era capaz de realizarla en el breve plazo de tiempo de que disponían.
Vida y amores de una marioneta

Sergei Diaghilev, un dandy, todo un visionario del siglo XX |
En el momento en que recibió la llamada de los Ballets Rusos, Stravinski era aún un autor desconocido, con apenas repertorio escrito, cuyo único aval era precisamente haber sido alumno del recientemente fallecido Rimski-Korsakov. Cercano ya a los treinta años, nada le presagiaba una carrera de éxito, sino más bien, una aburrida vida académica como profesor de conservatorio. Sin embargo, y por uno de esos felices reveses del destino, la oportunidad recibida descubriría un talento aplastante, dispuesto a emerger de una sola pieza. Un caso realmente insólito de "llegar y besar el santo", en toda la historia de la música. Por aquel entonces se hallaba trabajando en su ópera
El ruiseñor , que no concluiría hasta unos años después, cuando ya fuese la quintaesencia de la vanguardia musical.
Stravinski trabajó rápido y envió a Diaghilev el fascinante resultado, una partitura de unos cuarenta y cinco minutos de duración que, por desgracia, es más conocida en su reducción a suite. El estupor de algunos ante la música fue tal, que la propia bailarina Pavlova se negó a bailarla, permitiendo brillar a Tamara Karsavina, en el papel del pájaro. Fokin desarrolló entonces una coreografía rompedora, en consonancia con las innovaciones de aquella música. El estreno tuvo lugar el 25 de junio de 1910 y, por encima del delirante montaje escénico y del propio baile, el público aplaudió al propio Stravinski. Por otro lado, este ballet no sólo revitalizaba el género, sino que lo depuraba de gazmoñerías, acabando con los números tradicionales y otorgando a la música un predominio absoluto. De hecho, y a diferencia de los ballets de Tchaikovski, los compuestos por Stravinski pasarían inmediatamente a ser interpretados como música de concierto y rara vez se bailan hoy.
Muy satisfecho con su descubrimiento, Diaghilev pensó entonces en una ceremonia pagana sobre escena, inspirada en la mitología tribal rusa, tema que venía a Stravinski como anillo al dedo, e inmediatamente éste se embarcó en la composición de La consagración de la primavera , su gran obra maestra, para muchos la obra emblemática del siglo XX.
El músico se retiró entonces a una casita en Clarens (Suiza), a orillas del lago Lemans, para abordar el proyecto, pero, desbordado en un momento determinado por la enorme densidad de éste, se puso a componer una obra para despejarse de la Consagración . Se trataba de una pieza de concierto, con una parte de piano solista.