Hablándo de Wozzeck, esta ópera se programó en el Liceu de Barcelona en enero 2006, en una controvertida -como siempre- producción de Calixto Bieto que, a mí personalmente, me pareció bastante interesante y que un año después se representó en el Teatro Real de Madrid. Pues bien, al terminar la función liceista, un espectador gritó ¡que música más fea! Imagínese cuál habría sido su manifestación si la ópera representada hubiera sido Lulu...
Ciertamente estas óperas pueden ser recibidas con bastante incomprensión por un público acostumbrado a otros repertorios mucho más asequibles. Es importante que los teatros programen también óperas como Wozzeck y Lulu, junto a otros importantes títulos del repertorio del siglo XX. Probablemente, para escucharlas se requiere una cierta preparación previa e incluso unas claves musicológicas para que, posiblemente, los espectadores pudieran disfrutar mucho más escuchando estas óperas, cuyas elaboradas y atrevidas músicas pueden resultar, al escucharlas por primera vez, de mucha más dificultosa audición y compresión. Ya le he comentado mi repulsión inicial por la música y la vocalidad de una ópera como Lulu.
Le he citado antes el nombre de Calixto Bieto, cuyas producciones siempre producen grandes dosis de polémica. Usted ha manifestado en diferentes ocasiones que son los directores de escena los que mandan en la actualidad...
Ciertamente son los nuevos divos de la ópera. Ahora todo gravita alrededor de los aspectos visuales, relegando el canto a un segundo plano. Por esta razón se exige a los cantantes una presencia escénica de actor de Hollywood. Y, particularmente, las cantantes deben ser guapas y con buen tipo; y, mientras interpretan un aria que requiere toda su atención, deben hacer todo tipo de piruetas escénicas. Sin embargo, y volviendo a Lulu, tengo que decirle hasta que punto resulta acertada la escenografía debida a Herbert Murauer, planteada enteramente en blanco y negro, con los magníficos efectos luminotécnicos de Reinhard Traub, que recuerdan la puesta en escena de la famosa película Lulu (La Caja de Pandora) de 1929, dirigida por el gran cineasta alemán Georg Wilhelm Pabst, con la inquietante y atractiva Louise Brooks en el papel de Lulu. Y, como no, la gran dirección escénica de Christof Loy, a quien debo mucho en la interpretación y desarrollo escénico de mi personaje la Condesa Geschwitz.
El pasado verano tuve ocasión de escucharla en el transcurso del Festival Internacional de Santander, con el Conjunto OpusFive, con quienes está actuando mucho en los últimos tiempos, dando recitales por todo el mundo.........
Mis actuaciones con OpusFive están resultando extraordinarias experiencias, mostrando unas aproximaciones al mundo lírico totalmente novedosas. El público ha estado acostumbrado tradicionalmente a los recitales de voz y piano. Aquí se plantea el tradicional cuarteto de cuerdas: dos violines, viola y violonchelo, ampliado a un contrabajo y a mi voz, perfectamente conexionada con los cinco instrumentos de cuerda, con la posibilidad de establecer unos intensos diálogos entre la voz y el violín solista, Sebastián Hamann, extraordinario instrumentista y un magnífico actuante que dota de gran teatralidad todas sus intervenciones. Los principales impulsores de OpusFive han sido el propio Hamann, junto a Davide Vittone al contrabajo, muy bien acompañados por la violinista Miriam Mueller, la violista Lisa Weiss y el cellista Cristo Kouzamov. Nuestros conciertos se insertan en una puesta en escena que nos permite actuar teatral e instrumentalmente, perfectamente conjuntados. Creo que esta manera de ofrecer espectáculos líricos resulta sumamente atractiva para el público.
Resulta curioso que una cantante norteamericana haya triunfado primeramente en Europa y después en EEUU.
Los norteamericanos parecen siempre fascinados por el mundo europeo y viceversa, los europeos por el mundo norteamericano. Parece importante para el público norteamericano y, en general para todas las personas involucradas en la gestión del mundo lírico, que un artista norteamericano presente como auténtica credencial el haber triunfado en Europa. Después de mi debut en Niza en 1986 tardé ocho años en presentarme en el Metropolitan neoyorkino. Y, por supuesto, se había creado una gran expectativa con mi debut en Met, cantando la Rosina del Barbero de Sevilla, hasta el punto que, cuando me encaminaba hacia el escenario en mi primera aparición, el público ya estaba aplaudiéndome.
¿Que significó para usted ganar el premio Richard Tucker?
Fue mi auténtica validación ante el público norteamericano. Algo así como "ya estás preparada". Tenga en cuenta que la concesión del galardón me supuso el debut en el Metropolitan.
Usted intervino en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. ¿Qué le supuso cantar en su ciudad natal y en esta emblemática manifestación deportiva?
Sin duda, ha sido la experiencia más importante de toda mi vida. Imagínese, cantar en un evento de esa envergadura, ante ese inmenso público de todo el mundo, que abarrotaba el Estadio Olímpico; y, sobre todo, ante mis paisanos. Algo verdaderamente inolvidable.
¿Cuales son sus proyectos más inmediatos?
Proseguir mis actuaciones con OpusFive, y en el plano operístico cantar en el Teatro la Monnaie de Bruselas la Dulcinea del Don Quichotte de Jules Massenet, con dirección musical de Marc Minkowski. Y, en el Met neoyorkino, la reina Gertrude del Hamlet de Ambroise Thomas.
DESTACADOS:
- "Estoy en condiciones de ensanchar mi repertorio con algunos papeles de soprano dramática"
- "La primera vez que escuché Lulu me pareció auténticamente horripilante y desagradable"
- "Ahora se exige a los cantantes una presencia escénica de actor de Hollywood"
- "Los norteamericanos parecen siempre fascinados por el mundo europeo y viceversa"
Intérprete y traductor: Francisco Jesús García Hernández