Allá por marzo de de 2002, en el Palau de la Música de Valencia, pude escuchar por primera vez en directo a la mezzo Jennifer Larmore, nacida en Atlanta, la sureña capital confederada en la guerra civil norteamericana. Cantaba el personaje de Sesto de la mozartiana La Clemenza di Tito, junto a la gran soprano rumana Julia Varady -en una de sus últimas apariciones en escena- como Vitelia. Si hasta entonces mis únicas referencias de Larmore habían sido discográficas, ya en directo pude comprobar sus magníficas cualidades vocales y dramáticas, a pesar de ser una función en versión de concierto que, sin embargo, permitía a los cantantes moverse sobre el escenario con intencionalidad dramática.
Otro de los repertorios cultivados con asiduidad por la mezzo norteamericana es el barroco. También tuve ocasión de escuchar una de sus máximas creaciones de este repertorio: el Giulio Cesare de Händel en el Teatro Real de Madrid, en el otoño de 2005.
Sin embargo, en los últimos tiempos ha hecho su aparición una nueva Jennifer Larmore, a quien pude escuchar en el pasado Festival de Santander, con el conjunto OPUSFIVE, donde la cantante actuaba con cinco instrumentistas de cuerda, exhibiendo una presencia tremendamente estilizada, que se une a su rostro de gran belleza y a un instrumento vocal de gran extensión: desde graves rotundos y muy bien emitidos a unos agudos de squilante y perfecta colocación, que se extienden al Do5 , pasando por un ancho centro de casi soprano <<falcon>> . La versatilidad de esta gran artista se pone de manifiesto al abordar, con inequívoca brillantez, variopintos y dispares repertorios: barroco, mozartiano, verdiano, francés, del Siglo XX en toda su extensión, lieder y canciones románticas. Desde el comienzo de su carrera ha grabado más de setenta discos para sellos como TELDEC, RCA, HARMONÍA MUNDI, DEUSTCHE GRAMMOPHON, ARABESQUE, BAYER y otros, convirtiéndose en la mezzo con más grabaciones de toda la historia.
Esta entrevista se realizó coincidiendo con las funciones de Lulú de Alban Berg, que se representaron en el Teatro Real de Madrid el pasado otoño, donde Larmore interpretaba el personaje de la Condesa de Geschwitz, en la versión de esta ópera en tres actos, que su autor no pudo concluir y cuyo Acto III fue terminado por Friedrich Cerha. Esta versión definitiva en tres actos otorga a este personaje mucha mayor relevancia que en la versión en dos actos.
Jennifer Larmore es una cantante de gran simpatía y cordialidad. Y, una mujer cercana y sencilla, alejada de cualquier tipo de divismo. Conversar con ella resultó sumamente agradable, contando con la colaboración idiomática -en inglés- de mi hijo Francisco Jesús.
¿Cómo ha transcurrido su carrera en los últimos ocho años desde aquella Clemenza di Tito que cantó en el Palau de la Música de Valencia?
¡Oh! ya han transcurrido ocho años ¡como pasa el tiempo! desde aquella función en versión de concierto de La Clemenza di Tito, donde interpretaba el papel de Sesto (una de mis mejores creaciones mozartianas, por la que siento un especial cariño ya que supuso mi debut en Europa, concretamente en Niza, allá por 1986). Concretamente, en esta Clemenza que canté en el Palau de la Música de Valencia tuve la fortuna de compartir reparto con -posiblemente- la mejor Vitelia de los últimos cincuenta años: la gran Julia Varady. Hasta entonces mi carrera había sido fantástica, tanto en los escenarios como en los estudios de grabación, con papeles de Händel, Mozart, Rossini y del repertorio francés. Sin embargo, en estos momentos estoy comenzando como una segunda carrera, haciendo roles de soprano dramática, ya que la extensión de mi voz me lo permite. Siempre he sido una mezzosoprano por el color de mi voz, y lo seguiré siendo, pero estoy en condiciones de ensanchar mi repertorio con algunos papeles de soprano dramática.
¿Qué ha significado su debut en el papel de la Condesa de Geschwitz, en Lulu de Alban Berg, hace unos meses en el londinense Covent Garden y que ha vuelto a interpretar en el Teatro Real de Madrid?
Para mí fue verdaderamente fantástico mi debut el pasado junio en el papel de la Condesa de Geschwitz de Lulu de Alban Berg. Sin duda una de las más importantes e innovadoras óperas en el repertorio del Siglo XX. Además, me cabe la satisfacción de haberlo hecho en un gran teatro como el Covent Garden, con la producción de Christof Loy y la magnífica dirección musical de Antonio Pappano. Esta misma producción es la que se ha representado en el Teatro Real de Madrid, con la dirección escénica del propio Christof Loy y la musical de Eliahu Inbal, otro gran especialista de esta ópera. Loy ha creado un papel escénico muy específico para mí, conformando una experiencia totalmente novedosa en mi carrera.
Lulu es una ópera inacabada, ya que su autor Alban Berg murió antes de poder concluirla ¿Qué significado tiene en el repertorio del Siglo XX?
Bueno, la historia de esta ópera es suficientemente conocida. Alban Berg muere en 1935 relativamente joven con solo cincuenta años, siendo sus últimas obras auténticos hitos musicales. Su Concierto para violín (a la memoria de un ángel) y Lulu que no puede concluir y cuyo estreno tuvo lugar en el Stadtheater de Zürich en junio de 1937, en una versión en dos actos con añadidos del tercero orquestados por Berg. La mujer del músico, Helene Berg, siempre se opuso a que la ópera fuera concluida por otro compositor, a pesar de que le faltaban pocos compases y Berg había dejado numerosas indicaciones de orquestación. Cuando falleció en 1976, se descubrió que el compositor y musicólogo Friedrich Cerha, había estado trabajando en secreto entre 1962 y 1974 en la terminación de la partitura por encargo de Universal Edition. Finalmente en 1979, cuarenta y cuatro años después de la muerte de Alban Berg, tuvo lugar en París el estreno de la versión definitiva en tres actos dirigida por Pierre Boulez.
La primera vez que escuché Lulu me pareció auténticamente horripilante y desagradable, siendo incapaz de aguantar más de cinco minutos. Poco a poco fui retomándola, y a base de escucharla en muchas ocasiones, aprendí a amarla y a comprender que se trataba de una obra tremendamente innovadora, dentro de la gran tradición musical alemana, con esa música dodecafónica. Ya el propio Berg, diez años antes en 1925, daba un sustancial paso hacia adelante con el estreno de su otra ópera Wozzeck, con bastantes apuntes tremendamente innovadores a través de sus magníficos interludios orquestales, pero donde se podían constatar influencias de Gustav Mahler e incluso, por momentos de Igor Stravinsky.