La soprano genovesa Daniela Dessì viene desarrollando una gran carrera en los últimos veinticinco años y pertenece a una brillante generación que incluye a sopranos como Renée Fleming, María Guleghina y Deborah Voight, las mezzos Luciana D'Intino y Olga Borodina, los tenores Fabio Armiliato (su marido), José Cura, Marcelo Álvarez, Marco Berti y Roberto Alagna o el bajo Roberto Scandiunzzi entre otros.
Lo que más impresiona de Daniela Dessì es su gran versatilidad, que le permite saltar, sin apenas inmutarse, de Mozart a los repertorios verdiano, pucciniano y verista.
Dessì destacó desde muy joven bajo la égida de Riccardo Muti, que vio en ella magníficas posibilidades, cantando con frecuencia a las ordenes del gran director napolitano en el Teatro alla Scala. De esa etapa nos han quedado filmaciones de su Fiordiligi del mozartiano Cosí fan tutte y la Elizabetta di Valois del verdiano Don Carlo, que mostraban la adecuación estilística de la soprano a variopintos repertorios.
La suya es una bella y cálida voz de lírica ancha, con buena técnica y homogeneidad en todos los registros, con unos graves de buena factura, pasando por un centro de considerable anchura y unos agudos que ha ido mejorando con los años, a base de controlar cada vez mejor la emisión. Ello se hace patente en el concierto verdiano junto a José Cura que tuvo lugar en el londinense Teatro Barbican en 2001 (Año Verdi), ampliamente comentado al año siguiente en nuestra sección dedicada a DVD. También en 2003, y junto a su marido Fabio Armiliato, tuve ocasión de escucharla en una Manon Lescaut que interpretó en el teatro de La Maestranza de Sevilla, comprobando las sustanciales mejoras de la cantante en comparación con sus grabaciones durante la década de los noventa, como un Pagliacci dirigido por Riccardo Muti junto a Luciano Pavarotti, o Iris de Pietro Mascagni, dirigido por Gianluigi Gelmetti, junto a José Cura.
A sus indudables calidades canoras se une una bella presencia y un gran temperamento teatral.
Daniela Dessì, junto a su marido Fabio Armiliato, constituyen la pareja lírica más famosa de la actualidad. Su compenetración teatral resulta perfecta. Ambos cantan en España con mucha frecuencia en los últimos años. Durante el presente mes de febrero volverán al Teatro Real de Madrid para interpretar Andrea Chènier.
Entrevista:
¿Qué ha significado a lo largo de su carrera su interpretación de Maddalena di Coigni? ¿Cuál es su visión de este personaje?
Maddalena di Coigni es uno de los personajes que me han introducido en el repertorio verista. Lo debuté en 1996 en la Opernhaus de Zurich, con mucho éxito y desde entonces quedé para siempre enamorada de este personaje. Volví a cantarlo el año 2000 en Niza y desde entonces lo he interpretado en 47 funciones pertenecientes a 13 producciones, en Turín, Venecia, Barcelona. Maddalena di Coigni es, seguramente, un personaje verista, pero sería más correcto definirlo como un personaje romántico, bastante relacionado a la belleza vocal de una Desdémona del Otello verdiano, teniendo en cuenta, obviamente, la diferente concepción musical de ambos personajes. Para mí Maddalena resulta de gran belleza, tanto en el aspecto vocal como en el dramático. Requiere una vocalidad apoyada en un ancho centro, que se mueva bien en el agudo y, por supuesto, requiere una considerable capacidad en el manejo de las medias voces. Teatralmente es un personaje de gran delicadeza pero también en posesión de una gran fortaleza para afrontar amarguras y desdichas y, en última instancia, y con gran gallardía, la muerte junto a su amado Chènier, un hombre que encarna el amor puro. Me gusta mucho cantar Maddalena di Coigni, ya que el personaje crece conmigo y yo con él.
Andrea Chènier está enmarcada en el movimiento verista, pero dentro de un verismo que pudiéramos llamar noble y aristocrático, como en el caso de Fedora del propio Giordano o de Adriana Lecouvreur de Francisco Cilea. ¿Qué opina al respecto?
Ya le he comentado que Andrea Chènier la asocio a un verismo noble con muchos momentos de alto contenido romántico. Aunque su orquestación no es extremadamente singular, esta ópera de Giordano es magnífica y está llena de apuntes sentimentales y extraordinarias melodías. Estoy totalmente de acuerdo en asociar a ese verismo noble y aristocrático títulos como Fedora y sobre todo Adriana Lecouvreur, -maravillosa ópera- que he cantado en bastantes ocasiones; es uno de mis títulos favoritos, que ha quedado para la posteridad en una toma en vídeo, posteriormente editada en DVD.
El Chènier que va a cantar en el Teatro Real es una nuevo montaje de Giancarlo del Monaco, coproducido por la Ópera de París y el Teatro Real de Madrid, que se estrenó en la parisina Ópera de la Bastilla el pasado octubre. Usted ya ha trabajado con Del Monaco en diferentes ocasiones.
Es un gran director escénico ya que logra siempre, en buena interacción con la música y el canto, crear ambientes escénicos altamente interesantes. Con él he participado en dos producciones de Chènier, en Niza y en Bolonia. Y este mismo año coincidimos en el Teatro de La Maestranza de Sevilla en esa extraordinaria producción de La fanciulla del West que Del Monaco estrenó en la Ópera de Roma y posteriormente en el Metropolitan, con toda la magnificencia que permite el gran escenario del teatro neoyorquino, y que también pudo verse en ese amplio escenario de La Maestranza.
Va a cantar Andrea Chènier junto a su marido Fabio Armiliato. El papel de Chènier está considerado como una de las grandes creaciones para tenor de todo el repertorio, con cuatro brillantes intervenciones solistas y dos grandes dúos. ¡Interpretar estos vibrantes y emotivos dúos con su marido le debe resultar auténticamente estimulante!
El papel de Maddalena tiene esa aria tan famosísima "La mamma morta" que, verdaderamente, siempre es un placer cantar. Y, aunque durante todo el desarrollo de la ópera el personaje es de una gran riqueza musical y dramática, cabe señalar que los grandes momentos de esta preciosa partitura son los dos grandes dúos: el que cierra el Acto II y el que se desarrolla al final de la ópera. En ambos, de una belleza arrebatadora, las voces se entrelazan de un modo sublime, sobre todo en el dúo final, donde se plantea una tesitura extrema en los agudos, casi wagneriana, que produce un verdadero impacto en el público. Está claro que cantar junto a mi marido estos grandes dúos me resulta verdaderamente estimulante. Es un placer musical, teatral, y, por supuesto, personal. Estoy de acuerdo en que Andrea Chénier está considerada como la ópera para tenor por antonomasia, por esas cuatro brillantes intervenciones solistas, una en cada acto.