Sabía Gato que la estadía de Villegas en los Estados Unidos se había interrumpido drásticamente, cuando la misma compañía que le había dado una oportunidad internacional -en verdad la única que tuvo en toda su vida; o la única que aceptó tener, mejor dicho- castigó su renuencia a grabar un álbum con canciones de Ernesto Lecuona. Villegas había viajado a Norteamérica para tutearse con el jazz, no para pedir permiso en castellano. El estereotipo del buen latinoamericano -versión imperialista del buen salvaje- estaba en su apogeo, y si el argentino quería tener alguna chance de seguir el brillante camino de aquellos discos tenía que adecuarse, al menos por un rato, a ese estereotipo. No le pidieron que se vistiera de gaucho, como les había pasado a los tangueros en los cabarets parisinos de los 20 y 30, pero sí que rindiera homenaje al gran compositor de la música cubana que acababa de fallecer. Inútil aclarar que él era argentino, no cubano. Y, sobre todo, pianista de jazz, no de son, por más admiración que pudiera despertarle la obra de Lecuona. Pero no hubo caso. Y a menos de un año del malentendido, Villeguita, como lo llamaban en su juventud, estaba de vuelta en la Argentina, ahora tocando con Jorge López Ruiz en contrabajo y Eduardo Casalla en la batería.
Cuenta Nano Herrera que en 1964, cuando empezó a tratarlo, el Mono era prácticamente desconocido en Buenos Aires. Habían transcurrido nueve años de su partida y una nueva generación de músicos había tomado la posta. Algunos ni siquiera habían oído hablar de él. Otros lo creían retirado, gozando de una mitología modesta. Unos pocos sabían de sus glorias trashumantes. Sin embargo, había vuelto en un buen momento. Alfredo Radoszynski le ofreció grabar Enrique Villegas en cuerpo y alma , el primer disco de la segunda -y definitiva- etapa argentina. Perdidos o escondidos en las arcas de los coleccionistas, los discos de 78 revoluciones, los acetatos con los Rhytmakers y Bebe Eguía y los tempranos microsurcos de Music Hall que le habían dado una cierta fama antes del viaje nunca volverían a reeditarse . Para muchos -para casi todos- Villegas sería el pianista de los 60 y 70. El mejor de su tiempo, el más original, el menos apegado a los modelos. El que podía ser diferente tocando el más trillado de los standards o agregando, de vez en cuando, alguna página olvidada o, al contrario, algún éxito del momento. O el que se atrevía a experimentar más allá de cualquier convención: Caminito devenido blues, Chopin apenas jazzeado, la música de Ellington con los músicos de Ellington ( Encuentro , con Paul Gonsalves y Willie Cook), el free jazz -o algo así- junto a Ara Tokatlian, un encuentro a cuatro manos con Gerardo Gandini o un mágico número de piano solo en Solo Piano , el ciclo de Manolo Juárez. Por lo demás, su nuevo trío con Oscar Alem (contrabajo) y Osvaldo López (batería) era una sociedad mágica de la que siempre podía esperarse alguna sorpresa.
Un personaje de Buenos Aires
Más inquieto que amable, encerrado en su mundo -un mundo infinitamente ensanchado por la música, el amor por el cine y unas pocas costumbres más-, el Mono Villegas era un personaje de Buenos Aires, después de haber sido la gran promesa de Nueva York. A veces, cuando le preguntaban por el pasado, relataba con gracia su infancia un tanto desahuciada, y cómo la música clásica primero y el jazz más tarde lo habían salvado de la melancolía crónica. Aseguraba haber sido el segundo pianista del mundo en tocar el Concierto en sol de Ravel, el principal introductor de la música de Gershwin en el país
-empezando por la Rhapsody in Blue - y unos de los fundadores del Bop Club de Buenos Aires. También contaba anécdotas en las que siempre aparecía peleando -en el mejor de los casos, polemizando- con folcloristas, tangueros y cantantes líricas. O historias de su amigo Macedonio Fernández.
Villegas no se cansaba de hablar, y si el tema era la música, lo hacía muy directamente. Elogiaba y denostaba por igual, sin esperar por ello ni premios ni castigos. Su voz rasgada tronaba en los foyers de los teatros, en los bares con música y en las tertulias amicales. Sólo el recuerdo de su experiencia norteamericana lo sacaba de quicio, revelando sus heridas y resentimientos : "Me negué a prostituirme y ya no puedo creer en nada ni en nadie. Antes creía en muchas cosas. Creía en la Columbia, cuando me contrató. Ahora es muy cómico que me vengan a preguntar qué sensación se tiene con el triunfo. ¿Qué triunfo ? ¿Cuándo triunfé yo?"
A dos décadas de su despedida -aseguran que lo último que tocó en vivo fue Adiós muchachos , entre irónico y extenuado-, el Mono sigue invicto en sus discos, que afortunadamente no son pocos. Hoy que tantos pianistas jóvenes nos deleitan y entusiasman, es bueno recordar que Villegas fue siempre nuevo. En compacto y en vinilo, siempre nuevo.