Con ocho discos a su nombre y una insoslayable fama internacional, Diana
Krall es hoy una voz importante en el panorama musical y, también,
un sonido propio, característico y personal que es claramente reconocible
y que se ubica sin esfuerzo en el gusto de un público que, más
allá de especificaciones y clasificaciones de género, busca
en algo inasible llamado "jazz" una atmósfera y un clima,
casi una banda sonora para un mundo ideal. A diferencia de otras vocalistas
de la actualidad, no cabe duda alguna de que Diana Krall es una cantante
(y notable pianista) de jazz, y más allá de los adornos con
que se ha intentado realzar su música y de los escándalos
puristas que ya son, también, un adorno más, sus canciones
agregan una sensibilidad claramente jazzística a esa banda sonora.
Las grandes divas del jazz fueron todas, a su medida y con sus diferentes
características, estrellas pop en su día. En una época
en que el jazz era la música popular por excelencia, Sarah Vaughan,
Ella Fitzgerald y Billie Holiday, por mencionar una tríada divina,
representaron los gustos del público y, en especial las dos primeras,
no trepidaron en vestirse con arreglos de cuerdas y en apelar a piezas del
cancionero pop más rancio. Lejos de esas alturas, Diana Krall no
es una diva del jazz; es una cantante y pianista que ha conseguido encarnar,
de una manera bastante espontánea, una especie de imagen ideal de
cantante de bar, con una sensualidad sutil, que en sus mejores momentos
se confunde deliciosamente con un cantar displicente, casi duro, que por
momentos recuerda a Carmen McRae pero que, en realidad, parece ser la representación
actual de la cantante cool. De hecho, en sus fraseos, en esa voz que parece
estar al borde de la ronquera o la exhalación, en la casi total falta
de vibrato o de inflexiones innecesarias, pueden percibirse destellos de
June Christy, Chris Connor y en mayor medida de Anita O'Day, incluso en
aquellos registros en que se la rodea de adornos excesivos. Joven, rubia
y bonita, Diana Krall, fue luego de haber demostrado su capacidad técnica
y expresiva en sus muy buenos primeros registros, adornada y convertida
en objeto de producción. Cual la Eliza de Pigmalión,
se la vistió primero con prendas de Donna Karan, elegante diseñadora
con las mismas iniciales (para la portada de When I Look in Your Eyes)
y luego, en el disco Look of Love, se intentó poner énfasis
visual a su sensualidad. En algún punto, Diana Krall encarnó
el ideal discográfico del pop jazz y pasó a figurar
también en las revistas de chismes y del corazón (entre otras
cosas, por su casamiento con Elvis Costello). Pero despojada de todos esos
atavíos -como lo prueban sus últimos dos discos-, Diana Krall
parece haber encontrado su equilibrio, y su gran musicalidad, una sensibilidad
definitivamente jazzística aplicada a un repertorio que desdibuja
las fronteras temporales y de género, sigue intacta.
El Pop Jazz
Los procesos suelen ir por vías separadas y luego, más
tarde, historiadores o aspirantes a tales intentan explicarlo todo en una
línea temporal. La cuestión es que, si bien hace tiempo ya
que el jazz dejó de ser pop, la alternativa vocal de ese género
mantuvo, mayormente, una relación más o menos de conveniencia
con la música popular, no siempre con resultados positivos. Piénsese
en los escarceos de Fitzgerald o Vaughan con la música de The Beatles,
por ejemplo, por un lado, o en la maravillosa imposibilidad de excomulgar
del jazz a cantantes absolutamente pop como Frank Sinatra o Tony
Bennett. En otro orden de cosas, Diana Krall impactó con fuerza en
el gusto de un público un poco cansado del pop puro o de los
sonidos pasteurizados de los cantantes melódicos y, en especial a
partir de su disco All for You, pasó a ser la nueva gran esperanza
blanca (lo que no ocurrió, por ejemplo, con Cassandra Wilson, que
intentó algo similar por otra vía). En su estela, la siguieron
otras cantantes, como Norah Jones, que suena mucho más a producto
descartable, calculado para el consumo inmediato y Rebecca Bakken, que parecería
tener una visión más desprejuiciada sobre esa clase de híbridos.
También Anne Ducros y Karryn Allison podrían ubicarse en ese
grupo. Por otra parte, desde el rock o el pop muchos, con mayor o menor
fortuna y seriedad, se asomaron al jazz en búsqueda de sonidos nuevos
y más excitantes, como Sting, George Michael, Rod Stewart, Bryan
Ferry, Elvis Costello, Madonna y Joni Mitchell. Como género, el pop
jazz no tiene sentido y esa denominación no es más
que una gramática comercial, equivalente a crossover, quizá
un término más aceptable. Más bien podría decirse
que, gracias y a pesar de las revoluciones que ha emprendido, el jazz es,
como mínimo, un sonido que está en el aire y que viste lo
que hoy es pop. En el caso de Diana Krall, es una sensibilidad que invade
todo lo que hace.
Niña prodigio
La historia de Diana Krall es, también, una encarnación
del sueño americano. Su padre era pianista stride, amante de Fats
Waller y Diana empezó a estudiar piano a la mozartiana edad de cuatro
años. Después de pasar por la banda de jazz de su escuela
secundaria, obtener una beca para estudiar en Berklee y de ser "descubierta"
por su padrino y mentor, el contrabajista Ray Brown, fue y volvió
de su Canadá natal y en los años noventa se estableció
en Nueva York con su propio trío. Grabó su primer disco (Stepping
out) en Canadá. Pero fue a partir de Only Trust Your Heart
que su carrera inició el impulso que aún hoy mantiene.
Después de dos excelentes discos para Impulse! (All for You y
Love Scenes), Krall pasó a Verve. When I Look in Your Eyes
y The Look of Love (ver discografía), dos discos de producción
suntuosa, hicieron explotar su popularidad. A continuación, su música
apareció en la película Media noche en el jardín
del bien y del mal (de Clint Eastwood, que suele utilizar buena música
de jazz en sus filmes) y en episodios de Sex and the City. Su relación
con Elvis Costello y su surgimiento como estrella pop, multipremiada por
la industria (Grammy por mejor interpretación vocal de jazz, nominación
al álbum del año, quíntuple platino en su propio país;
premios Juno como artista del año, álbum del año y
mejor álbum de jazz vocal) llegaron, por otro lado, a eclipsar su
calidad musical. Pero Live in Paris la recuperó como cantante
de jazz y su lanzamiento más reciente, The Girl in the other Room
a pesar de un repertorio casi pop en su totalidad (con muchas canciones
compuestas por ella y Elvis Costello, una muy buena versión de Black
Crow, un clásico de Joni Mitchell, Temptation de Tom Waits,
entre otras cosas) tiene una instrumentación más despojada
y es un retorno a un sonido jazzístico.
Cuestión de sensibilidades
Son éstos tiempos de indefiniciones, sutiles traiciones y cruces.
También de convulsiones y temores. Pop jazz y crossover
no son más que síntomas de una época en la que
(quizás por suerte) nada está muy claro; los sonidos del presente
apelan constantemente a un pasado tal vez inexistente, tal vez idealizado,
para generar una música que perdure un poco más. Saltándose
categorizaciones y purismos, Diana Krall parece haber salido airosa de las
trampas del éxito y haberse establecido como una cantante de grandes
públicos que puede satisfacer también a algunos paladares
exquisitos. Quizás todo se trate de una cuestión de sensibilidades:
con su buena técnica pianística, su sutil expresividad vocal,
Diana Krall aporta la exquisita sensibilidad jazz a un repertorio pop
para un mundo en el que el pop ya no es suficiente. Por ahí
puede andar el secreto de su éxito.