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Cuadernos de Jazz 82 Cuadernos de Jazz

La sensualidad sutil de Diana Krall

por Eduardo Hojman
Cuadernos de Jazz nº 82, mayo-junio 2004

Número de páginas: 2
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Con ocho discos a su nombre y una insoslayable fama internacional, Diana Krall es hoy una voz importante en el panorama musical y, también, un sonido propio, característico y personal que es claramente reconocible y que se ubica sin esfuerzo en el gusto de un público que, más allá de especificaciones y clasificaciones de género, busca en algo inasible llamado "jazz" una atmósfera y un clima, casi una banda sonora para un mundo ideal. A diferencia de otras vocalistas de la actualidad, no cabe duda alguna de que Diana Krall es una cantante (y notable pianista) de jazz, y más allá de los adornos con que se ha intentado realzar su música y de los escándalos puristas que ya son, también, un adorno más, sus canciones agregan una sensibilidad claramente jazzística a esa banda sonora.
Las grandes divas del jazz fueron todas, a su medida y con sus diferentes características, estrellas pop en su día. En una época en que el jazz era la música popular por excelencia, Sarah Vaughan, Ella Fitzgerald y Billie Holiday, por mencionar una tríada divina, representaron los gustos del público y, en especial las dos primeras, no trepidaron en vestirse con arreglos de cuerdas y en apelar a piezas del cancionero pop más rancio. Lejos de esas alturas, Diana Krall no es una diva del jazz; es una cantante y pianista que ha conseguido encarnar, de una manera bastante espontánea, una especie de imagen ideal de cantante de bar, con una sensualidad sutil, que en sus mejores momentos se confunde deliciosamente con un cantar displicente, casi duro, que por momentos recuerda a Carmen McRae pero que, en realidad, parece ser la representación actual de la cantante cool. De hecho, en sus fraseos, en esa voz que parece estar al borde de la ronquera o la exhalación, en la casi total falta de vibrato o de inflexiones innecesarias, pueden percibirse destellos de June Christy, Chris Connor y en mayor medida de Anita O'Day, incluso en aquellos registros en que se la rodea de adornos excesivos. Joven, rubia y bonita, Diana Krall, fue luego de haber demostrado su capacidad técnica y expresiva en sus muy buenos primeros registros, adornada y convertida en objeto de producción. Cual la Eliza de Pigmalión, se la vistió primero con prendas de Donna Karan, elegante diseñadora con las mismas iniciales (para la portada de When I Look in Your Eyes) y luego, en el disco Look of Love, se intentó poner énfasis visual a su sensualidad. En algún punto, Diana Krall encarnó el ideal discográfico del pop jazz y pasó a figurar también en las revistas de chismes y del corazón (entre otras cosas, por su casamiento con Elvis Costello). Pero despojada de todos esos atavíos -como lo prueban sus últimos dos discos-, Diana Krall parece haber encontrado su equilibrio, y su gran musicalidad, una sensibilidad definitivamente jazzística aplicada a un repertorio que desdibuja las fronteras temporales y de género, sigue intacta.
 
El Pop Jazz

Los procesos suelen ir por vías separadas y luego, más tarde, historiadores o aspirantes a tales intentan explicarlo todo en una línea temporal. La cuestión es que, si bien hace tiempo ya que el jazz dejó de ser pop, la alternativa vocal de ese género mantuvo, mayormente, una relación más o menos de conveniencia con la música popular, no siempre con resultados positivos. Piénsese en los escarceos de Fitzgerald o Vaughan con la música de The Beatles, por ejemplo, por un lado, o en la maravillosa imposibilidad de excomulgar del jazz a cantantes absolutamente pop como Frank Sinatra o Tony Bennett. En otro orden de cosas, Diana Krall impactó con fuerza en el gusto de un público un poco cansado del pop puro o de los sonidos pasteurizados de los cantantes melódicos y, en especial a partir de su disco All for You, pasó a ser la nueva gran esperanza blanca (lo que no ocurrió, por ejemplo, con Cassandra Wilson, que intentó algo similar por otra vía). En su estela, la siguieron otras cantantes, como Norah Jones, que suena mucho más a producto descartable, calculado para el consumo inmediato y Rebecca Bakken, que parecería tener una visión más desprejuiciada sobre esa clase de híbridos. También Anne Ducros y Karryn Allison podrían ubicarse en ese grupo. Por otra parte, desde el rock o el pop muchos, con mayor o menor fortuna y seriedad, se asomaron al jazz en búsqueda de sonidos nuevos y más excitantes, como Sting, George Michael, Rod Stewart, Bryan Ferry, Elvis Costello, Madonna y Joni Mitchell. Como género, el pop jazz no tiene sentido y esa denominación no es más que una gramática comercial, equivalente a crossover, quizá un término más aceptable. Más bien podría decirse que, gracias y a pesar de las revoluciones que ha emprendido, el jazz es, como mínimo, un sonido que está en el aire y que viste lo que hoy es pop. En el caso de Diana Krall, es una sensibilidad que invade todo lo que hace.
 
Niña prodigio

La historia de Diana Krall es, también, una encarnación del sueño americano. Su padre era pianista stride, amante de Fats Waller y Diana empezó a estudiar piano a la mozartiana edad de cuatro años. Después de pasar por la banda de jazz de su escuela secundaria, obtener una beca para estudiar en Berklee y de ser "descubierta" por su padrino y mentor, el contrabajista Ray Brown, fue y volvió de su Canadá natal y en los años noventa se estableció en Nueva York con su propio trío. Grabó su primer disco (Stepping out) en Canadá. Pero fue a partir de Only Trust Your Heart que su carrera inició el impulso que aún hoy mantiene. Después de dos excelentes discos para Impulse! (All for You y Love Scenes), Krall pasó a Verve. When I Look in Your Eyes y The Look of Love (ver discografía), dos discos de producción suntuosa, hicieron explotar su popularidad. A continuación, su música apareció en la película Media noche en el jardín del bien y del mal (de Clint Eastwood, que suele utilizar buena música de jazz en sus filmes) y en episodios de Sex and the City. Su relación con Elvis Costello y su surgimiento como estrella pop, multipremiada por la industria (Grammy por mejor interpretación vocal de jazz, nominación al álbum del año, quíntuple platino en su propio país; premios Juno como artista del año, álbum del año y mejor álbum de jazz vocal) llegaron, por otro lado, a eclipsar su calidad musical. Pero Live in Paris la recuperó como cantante de jazz y su lanzamiento más reciente, The Girl in the other Room a pesar de un repertorio casi pop en su totalidad (con muchas canciones compuestas por ella y Elvis Costello, una muy buena versión de Black Crow, un clásico de Joni Mitchell, Temptation de Tom Waits, entre otras cosas) tiene una instrumentación más despojada y es un retorno a un sonido jazzístico.
 
Cuestión de sensibilidades

Son éstos tiempos de indefiniciones, sutiles traiciones y cruces. También de convulsiones y temores. Pop jazz y crossover no son más que síntomas de una época en la que (quizás por suerte) nada está muy claro; los sonidos del presente apelan constantemente a un pasado tal vez inexistente, tal vez idealizado, para generar una música que perdure un poco más. Saltándose categorizaciones y purismos, Diana Krall parece haber salido airosa de las trampas del éxito y haberse establecido como una cantante de grandes públicos que puede satisfacer también a algunos paladares exquisitos. Quizás todo se trate de una cuestión de sensibilidades: con su buena técnica pianística, su sutil expresividad vocal, Diana Krall aporta la exquisita sensibilidad jazz a un repertorio pop para un mundo en el que el pop ya no es suficiente. Por ahí puede andar el secreto de su éxito.
 
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