Uno de los pianistas cuyo perfil ha crecido más desde el cambio de milenio es Marc Copland. Con un ritmo de producción sostenido hasta lograr hoy una continua presencia discográfica en el mercado y acompañado de algunos de los músicos más sustanciales de la escena, Copland se ha situado, junto a Fred Hersch y Kenny Werner, entre aquellos pianistas que cabe calificar de maestros destinados a pasar el saber armónico de nuestra época a las generaciones posteriores.
Sin la concentración en el recitalismo y el cancionero del primero, y fuera de la exhibición digital y las concepciones llenas de ingenio del segundo -aunque partiendo del tronco común del legado billevansiano-, Copland ha ido refinando lentamente un estilo pianístico pausado e intelectual y unos planteamientos expresivos y formales de gran sutilidad que resultan de una lucidez, rigor y lirismo incomparables. Mayor que Hersch y Werner, y el más tardío en su impacto en la escena, Copland ha llegado a su situación actual después de no pocas e inusuales vueltas.
Marc Cohen
Nació en Filadelfia el 27 de mayo de 1948. Dedicado al saxo alto, le recuerdan como uno de los mejores saxofonista de la Columbia University, empeñado en sacarle todo el partido a todos los efectos electrónicos que empleaban sus amigos los hermanos Brecker. John Abercrombie, otro amigo de la época y con quien formaba parte de una edición de la banda de Chico Hamilton discográficamente inédita, afirma que "quería ser como John McLaughlin al saxo alto" (1) . De tal incandescencia lo describen en una potentísima grabación de jazz rock que para el sello Oblivion realizasen saxofonista, guitarrista, Clint Houston al bajo y Jeff Williams a la batería, bajo el soso nombre de Friends, Down Beat otorgó a este disco -muy buscado hoy- la máxima calificación de cinco estrellas. A principio de los setenta, Cohen desapareció de los escenarios dejando pocas pistas. Algunos años después surgía en los clubes de la zona de Washington Marc Copland, un pianista de toque reflexivo y espaciado. No, no hay error en este apunte biográfico. De hecho hay continuidad y conexión entre ambas historias: Cohen y Copland son la misma persona.
Que un jazzman domine más de un instrumento de familias distintas no llega a ser del todo excepcional. Tampoco que cambie de instrumento, hay cientos de ejemplos desde Harry "Sweet" Edison, guitarrista en sus inicios, a Frank Wright, contrabajista. Menos común es que el cambio tenga lugar en un momento tan avanzado de la carrera como aconteció con Cohen-Copland. No fue de golpe, recuerda, sino un proceso gradual, "empecé a oír acordes y sonidos que eran muy difíciles de tocar en el saxo pero que tenían sentido en el piano. Además, empecé a escribir piezas que no sonaban bien en el saxo así que la dirección armónica que oía en mi cabeza y las melodías que provenían de ella me dirigieron fuera de ese instrumento" (2) . Copland tuvo que volver sobre sus pasos y resituarse en sus años de formación en los que estudió armonía con el compositor Romeo Cascarino. La vía a la investigación armónica a la que entonces se lanzó le dirigió a Bill Evans, McCoy Tyner, Herbie Hancock y Paul Bley, para Copland "la escuela de pianistas que tratan la armonía como color" (3) .
El pianista
No es difícil imaginar las vicisitudes que suponen para un músico el reinventarse en otro instrumento. Para el intérprete de Filadelfia supuso la oportunidad de empezar una nueva vida. Comenzó a llevarla a cabo primero entre Nueva York y Washington, y después sólo en esta ciudad donde permaneció una década, desde 1973 a 1983, para volver a instalarse en la primera un par de años después. En el primer disco como líder de Bob Belden Treasure Island (Sunnyside, 1989) , aparece todavía como Marc Cohen pero en el primero a su nombre, My Foolish Heart (Jazz City, 1988), como queriendo señalar un nuevo inicio, aparece firmando como Marc Copland. Le siguieron el segundo All Blues at Night (Jazz City, 1991) y después At Night Sunnyside, 1992) en los que se hallaban presentes los que básicamente han sido los músicos con los que Copland ha seguido su carrera, músicos del calibre de Gary Peacock, por supuesto Abercrombie, Billy Hart, Bill Stewart, Tim Hagans, algunos de ellos por entonces con carreras en expansión y de nombre modesto, como el pianista, otros sencillamente de lo mejor y más exigente de la escena. Copland manifestaba en una entrevista para Downbeat que nada valoraba más que la telepatía y a ciencia cierta que disfrutaba de ella con todos ellos, algo que no ha hecho sino acrecentarse con el paso del tiempo .
Tomados en conjunto estos discos, señalaban cuál era el terreno por el que se ha inclinado el pianista: música nocturna, fugitiva, inteligentes versiones de standards, toque refinadamente oblicuo al piano y un planteamiento de grupo suelto pero extremadamente cohesivo. La soltura, la ausencia de perfiles marcados y sobre todo la concentración en el color hacen de Copland un impresionista. En la citada entrevista, Copland afirmaba: "mucho de lo que hago puede resumirse en las palabras de un impresionista francés: pinto lo que veo. Hoy esas obras son representativas pero entonces eran extrañas porque el público estaba acostumbrado a ver pinturas con la precisión de la fotografía" (4) . El mejor ejemplo de ello está en la técnica pianística de Copland caracterizada por la maestría en la aleación de acordes y notas y la mezcla de sus sobretonos, que unidos al valor del tacto en el ataque y un diestro uso del pedal, crean matices sonoros llenos de ambigüedad en sus suaves gradaciones cromáticas, su choque o la inclusión de inquietantes disonancias. Para Copland esos colores "pueden ser más importantes, más evocativos, más poderosos y capaces de una mayor amplitud de expresión que el uso de la armonía como una guía funcional" (5) .
La concentración en las calidades, en la combinatoria del sonido y en el diálogo interno de sus grupos rinde excelentemente en sus hasta entonces dos álbumes a trío, el ya citado At Night , con Gary Peacock y Billy Hart, y Paradiso (Soul Note, 1995), con Peacock una vez más y Bill Stewart. Este último fue su salto a una liga superior. El amplio espacio solista y la intervención dejado a sus compañeros, la suspensión armónica de sus temas y la cuidada explotación de los materiales sin extroversiones ni arranques hablan de un músico que reflexiona sobre sus temas hasta convertirlos en piezas de pensamiento. Así se impone con harta frecuencia la sensación de encontrarnos frente a un Copland moldeador sonoro más que frente al pianista; éste huidizo, dado a mostrar su presencia en el detalle o la luz momentánea más que en desarrollos o gestos técnicamente virtuosísticos que atraigan sobre sí los focos. La sensación se agudiza en los tres álbumes que el pianista grabó para el sello Savoy, ya sea en la sesión de hard bop de Stompin' with Savoy (1995), al fino lirismo que emana del reencuentro con Abercrombie en Second Look (1996), germen de posteriores aventuras de ambos con Kenny Wheeler para el sello Challenge y, sobre todo, la amplitud de registros empleados en Softly...( 1997 ).