No hay segundos actos en la vida del norteamericano. F.Scott Fitzgerald
A Parker, muerto célebre, no le dejamos descansar ni en su lecho de
sombras. Aún muerto tiene mucho por hacer: el de contar una vez más
el relato serigrafiado de su tragedia.
En el arte la muerte por desgarradura cotiza en bolsa y en lo relativo a las
pérdidas humanas bajo la simbiosis jazz y drogodependencia, de aquellos
homicidios cometidos por la heroína durante el advenimiento del bop,
urge separar tres vectores: la dependencia a las adicciones, el genio creador
y el relato mítico de la vida del jazzman en su intento de conquistar
la trascendencia de su arte. Parker reunió por sí sólo
las tres gracias. Eso gusta mucho al público, por eso su muerte le sienta
tan bien. La sangre de los mártires renta mejor.
Aquella fue genuinamente una tragedia americana. A Parker, o lo que de él
ha hecho su relato elegiaco a efectos culturales, le ocurre lo que a Marilyn
Monroe, que tras su repentina desaparición su catástrofe se hace
pública y con ello nace el mito. En casos así la desventura de
un sólo hombre se globaliza. Se hace tragedia para todos. En la tradición
americana los mitos culturales suceden inicialmente por fuerza de su oralidad
y para que gocen de un sentido universal incontables variaciones del relato
originario modificaran su veracidad. Apoyemos esto con palabras de Woody Allen:
"Las grandes personalidades del jazz americano siempre fueron construidas
como figuras o leyendas a través de la tradición oral. Se decían
muchas cosas sobre estos músicos, pero no era seguro que todo lo que
se contase fuera verdad. Alguien asistía a un concierto y si le gustaba
un trompetista más o menos conocido empezaba a contar que era originario
de una determinada ciudad y había tocado con éste o aquel músico.
Esto se transmitía de boca en boca, la gente hablaba mucho de ello y
el original terminaba diluyéndose
[ 1 ] .
Charlie Parker, y las representaciones morales que de él ha hecho el
cine y la literatura para ilustrar el mito americano de la supervivencia y la
superación personal, se parecería a una estatua en una gran plaza:
todos tenemos derecho a contemplar el bronce, tocarlo, idolatrarlo. Muerta la
carne nace el mito y la cultura se apropia del relato vívido. Se nos
vende el auge y la caída del músico, asegurando para la historia
su resonancia legendaria y para el consumismo mercantil el éxito de ventas.
Convertida su biografía en fábula lo que venga después
no serán sino tergiversadas simulaciones y teatralidad manifiesta, falsas
copias y calcos opacos de un remoto original cuyo verdadero testimonio reside,
sólo ya, en el recuerdo de los más allegados al cuerpo del biografiado.
¿Dónde queda el hombre y donde el mito? Seguramente que no más
allá de la evocación que de él hicieron su circulo cercano,
Chan Parker, Dizzy Gillespie, Leonard Feather, Red Rodney y aquellos pocos que
vivieron su calor. Pero, para nosotros, cualquier tentativa de traernos un Parker
veraz se convierte en simulacro. Complacidos y ciegos caemos en la degustación
del lugar común: terminamos promoviendo la mitad de una imagen, la de
un saxofonista heroinómano, alcohólico, negro, mujeriego. Centramos
nuestra atención en la contemplación de la irreversible caída
de Parker más que explicar su genialidad aséptica, sin florituras
mortecinas, tal que renovador del lenguaje musical del veinte. ¿De verdad
fueron sus rincones oscuros generadores de su genialidad creadora? ¿Porqué
es más fácil fabular sobre el desastre que dignificar las virtudes
del hombre?
Frente a eso unos pocos se empeñan en perseguir un original que ya no
existe, y la búsqueda del verdadero Parker se convierte en algo dramático,
en pesadilla laberíntica al intentar dibujar la figura de un hombre que
quizá no existió. ¿Quién garantiza que un hombre
es lo que se cuenta de él? ¿Quién asegura que Parker fue
Bird? Clint Eastwood intentó acercarse lo más sensatamente a un
cielo embadurnado.
El cine es peligroso con los músicos de jazz. Los ha destrozado uno a
uno: Bix Beiderbecke, Billie Holiday, Glen Miller, Chet Baker. Clint Eastwood,
sin embargo, salvó a Bird al potenciar su simbología. El Parker
que dirigió en 1988 a través de un Forest Whitaker crepuscular
y de párpado caído, no es tanto un personaje real como el trasunto
de un arquetipo poético bien identificado en la historia del arte: el
artista solitario como agente de búsqueda de belleza. El músico
que ahonda en el ser para triunfar sobre la carne y el eterno perseguidor insatisfecho
de la belleza que naufraga en un medio hostil. Greil Marcus en Mistery Train
apuntala este aspecto del mito americano de la caída del héroe:
"La incapacidad del artista vital americano para sentirse satisfecho con
un público que le rinde culto, por mucha atención que éste
le preste, está ligada a la percepción instintiva de que, sea
lo que sea América, debe ser básicamente grande y que si uno está
haciendo algo grande no está haciendo nada
[ 2 ] .
Parker fue trascendencia y Bird, -su relato-, la película de esa trascendencia.
La proeza de aquella obra cinematográfica, dirigida por el que es probablemente
el último cineasta clásico en activo de Estados Unidos, encontró
su fruto al proyectar al hombre Charles Parker Jr. y su alma creativa evitando
cualquier deriva sensacionalista de un guión que fácilmente habría
caído en la recurrencia al tópico en el retrato de un músico
tipificado a través de su drogodependencia. No fue así, "Bird
es un trabajo de amor", como dijo Leonard Feather. Un emocionado homenaje
y no una hagiografía. Un quitarse el sombrero y la genuflexión
de rodillas de un alumno sentido hacia su maestro, maestro de todos. En su adolescencia
Eastwood quiso ser músico de jazz, llegó a tocar el piano y la
trompeta en bares de Oakland y en una ocasión, de joven, vio tocar a
Parker. Radicalmente Bird no es una película sobre la droga en el jazz
ni tan siquiera sobre la adicción de Parker. Eastwood aún sabiendo
que en aquellos años cincuenta la droga consiguió elevar el estatus
del músico americano a leyenda centralizó sus recursos en subrayar
el lado autodestructivo de Parker gracias a un relato simbólico. Trazando
el recorrido de una huida de la realidad: de los compañeros músicos,
de Chan la mujer amada, y de toda tentativa de orden. Una tocata y fuga que
tuvo su implosión en ninguna utopía. Eastwood aseguró el
phatos melodramático sobre el guión de Joel Oliansky en la soledad
abismal de Bird como artista moderno, para el cual la muerte prematura se presenta
como condición de su creatividad. Es la agonía romántica
de la muerte prematura: Shelley y Keats, Sylvia Plath y los expresionistas abstractos...
mil ejemplos más, a granel.
Bird es una película bebop, es decir, elaborada sobre constantes torbellinos
en torno a una melodía bien conocida: la vida autodestructiva de Parker.
1988, su año de estreno, fue una época en la que el jazz estaba
sufriendo un revival sanador para su maltrecho estado de salud y un renacimiento
historicista a raíz del estreno de la película de Bertrand Tavernier
Round About Midnight, donde el personaje de Dexter Gordon dibujaba inolvidables
pinceladas en torno a Bud Powell y Lester Young. Aquella centraba el núcleo
temático en torno a la amistad y la música, y del emparejamiento
Gordon/Powell no se deducía ninguna tipología arquetípica.
Por el contrario, Bird si versó sobre la incapacidad de adaptación
del artista mediante la narración de su progresivo hundimiento.