Hace ya ocho años que cayó en mis manos 13 solos (Jazzle ZC-037), primer disco en solitario de Ángel Unzu, una colección de catorce piezas instrumentales, todas originales salvo una lectura del Crystal Silence de Chick Corea. En su momento este despliegue de maestría a base de guitarra acústica, clásica y de doce cuerdas me dejó boquiabierto por la sencillez -que no simpleza- de sus melodías, la diversidad de ambientes lograda con una paleta tímbrica limitada y su capacidad de emocionar de forma contenida.
Ocho años después, con una escena musical española que no acaba de salir de una precariedad que parece estructural, va Ángel Unzu y saca su segundo disco, Melodías de piel (Laida/Elkar KD650). No conforme con desafiar el sentido común, en vez de limitarse a un segundo trabajo en solitario, se rodea de amigos (de amigo es el debut de Iñaki Salvador al vibráfono), de un quinteto de viento y de una pequeña orquesta de veinte maestros. Con un par... y va por ustedes.
El caso es que Unzu es un tipo aparentemente tímido. Su conversación, a pesar del marcado acento vasco, es suave, reflexiva; duda, escucha y pregunta. Se da un aire de cierta languidez, engañosa en quien, de adolescente, aunque no recuerda el porqué, decide que lo suyo es la guitarra, y con no poca decisión empieza esa travesía del desierto que es la enseñanza musical reglada en España hasta convertirse en un artesano de la música, un "currante", como se describe él mismo. Hoy, abandonada la docencia, se gana la vida gracias a la fértil escena folk del País Vasco, capitalizada por el sello Elkar, en colaboraciones con Kepa Junkera y diversos cantantes como Benito Lertxundi.
Preguntado por la demora en publicar un segundo trabajo, enumera diversas razones, resumidas en las serias dudas sobre si merece la pena el esfuerzo de vender un proyecto sepultado desde el principio por la insoportable levedad de las etiquetas musicales, un estorbo necesario para colocar el CD en algún cajón de la disquería más cercana, pero un problema en un país, admitámoslo, con una cultura musical pobre o, cuando menos, demasiado cuadriculada. Súmese a esto lo que cuesta encontrar discográfica, las llamadas no devueltas, y las dudas en la soledad del estudio: ¿De qué sirve hacer un disco? ¿A quién le interesa? ¿Para qué voy a componer si no hay manera de grabar, no hay forma de tocar en directo?
Cual personaje barojiano Unzu aun se pregunta si en realidad la tardanza en sacar un segundo es un problema de pereza por los sucesivos abandonos que ha sufrido este disco, se muestra inasequible a las "quemazones" propias de su profesión y sigue componiendo, quizás su punto fuerte como músico: "El proceso no es complicado, no hay más que meter horas en el estudio. Las melodías no se me ocurren paseando". Que la inspiración le pille a uno trabajando. Dejando a un lado el tópico de la terquedad de navarros y vascos -Unzu es pamplonés de origen y donostiarra de adopción-, el gusanillo de trabajar con grandes formaciones proviene de fuentes atípicas, sendos discos de Joe Zawinul y John Patitucci cuyos títulos se le escapan (posiblemente Stories of the Danube y Heart of the Bass respectivamente). Compone con la guitarra y para los arreglos se ayuda del ordenador y de Finale , un programa de edición de partituras "muy cómodo".
No obstante, Unzu no se considera un músico de jazz, y no sin razón. Armónicamente su música no se corresponde con lo que se entiende como jazz, y, aunque deja margen para la improvisación, raramente muestra las acentuaciones rítmicas típicamente afroamericanas. Preguntado por sus influencias, surgen los nombres de Weather Report y el George Benson instrumental como referentes iniciales, así como una pléyade de nombres que incluye a Pat Metheny, Jan Garbarek, Chick Corea y, especialmente, Egberto Gismonti y Ralph Towner. Al apuntarle el detalle de que todos ellos han grabado para ECM, Unzu se sorprende y él a mí. De la tradición "clásica" le gustan, como era esperable, los impresionistas (Ravel y Debussy) y afirma sin excusas que no le gusta la época clásica (Mozart, Beethoven); a este respecto coincidimos en apreciar ecos de Bach en el Dos colores de su primer disco.
En cuanto a su instrumento, admite que cada vez usa más la guitarra clásica, "tengo la suerte de tener una Ramírez", un instrumento que a pesar de su longevidad, posee una nobleza inalcanzable para sus descendientes, como la acústica de cuerdas metálicas, la acústica de doce cuerdas o la pléyade de eléctricas.
Con Melodías de piel ya publicado, la siguiente cuestión es si habrá presentación en directo. Ya ha pasado un año y no la ha habido porque "no merecía la pena" el despliegue logístico para el escaso número de conciertos que se le propuso. Además el circuito no está para grandes alegrías: ante la propuesta de conciertos de guitarra solista, lo más sencillo desde el punto de vista de organización, cuenta como "los programadores se asustan; me decían ‘no mandes nada, ni disco ni currículum', directamente no".
Así las cosas, Unzu confiesa que le gustaría grabar un disco en directo. Se está planteando la posibilidad de girar en dúo o trío, un proyecto aún en pañales, manteniendo siempre el as en la manga de los conciertos en solitario, en los que se suele presentar con tres guitarras (clásica, acústica y doce cuerdas) y, por dar variedad y satisfacer su gusto por la percusión, un bendhir. La oferta de Unzu es, gustos aparte, original y asequible. No cabe más que desearle suerte en una escena musical, la nuestra, que tiene razones que la razón no entiende.