"Si yo tuviera la lengua y el cantar de Orfeo y fuera capaz de embelesar con mis canciones a la hija de Démeter o a su esposo y sacerdote del Hades, descendería allá, y ni el perro de Plutón, ni el conductor de almas Caronte con su remo lograrían detenerme en rescatar tu vida y traerte de nuevo a la luz".
(Alcestis, Eurípides, pp.357-362 )
Soy músico. Desde que era niño dedico todos los días de mi vida a tocar, escuchar, improvisar o componer música. Y a leer. Las palabras que siguen están basadas en mi experiencia; en hechos vividos, sentidos y pensados.
La música, como la verdad, necesita de un intérprete. Como toda vibración, está precisamente en el origen de los acontecimientos: simplemente necesita ser mediada. La verdad, como la música, proviene de la unidad, pero necesita desarrollarse en el tiempo. Cada momento tiene un significado, función y trascendencia, dependiendo de lo que le precede y de lo que le sigue. Asimismo, una nota depende de con qué otra nota, o notas, coincida, fenómeno que ocurre en cada momento vivido, aunque nuestros sentidos no sean siempre capaces de percibirlos ni nuestra razón de pensarlos.
En la física contemporánea el universo o, más bien, el flujo universal se pueden conocer de forma implícita, como nos indican los mundos abstraíbles que de él podemos observar. Pero en ese flujo universal, mente y materia no son sustancias separadas, sino aspectos diferentes de un movimiento único y contínuo. Las leyes que somos capaces de formular están basadas en modelos con cierta autonomía y estabilidad, extraídos de la totalidad, como prevé la ley universal del movimiento fluyente.
Así, pensando de forma musical, un La bemol puede ser el centro tonal de una melodía, aquella nota hacia la cual todas las demás tarde o temprano quieren dirigirse, el punto estable de llegada y causante de la categoría de cada una de las demás notas. Pero también puede ser una modesta nota de paso, un cromatismo que ni siquiera esté dentro de la tonalidad de una melodía y que, en principio, deseemos que pase cuanto antes. Esa nota de paso, en manos de J.S.Bach, en la variación 25 de las Variaciones Goldberg , produce una emoción sorprendente, rara e inolvidable. Y la sostiene mucho más tiempo del que recomiendan los tratados de teoría de la música, descubriéndonos toda una nueva dimensión, un punto de vista nuevo desde el cual observar un conjunto de sonidos. Pero eso es cosa del genio y la intuición del autor. Cuando se aplican todas las posibilidades del ser, se sufre, se vive de verdad. La razón crea mundos finitos; la intuición despeja y muestra el universo descarnado. Pero, ¿no será la intuición aquello que nos acerca a algo al modo de la gravedad, aquello que traspasa nuestras cuatro dimensiones y nos muestra el camino hacia algo que la luz, confinada en nuestro espacio racional, no pudiera iluminar? Y entonces podemos empezar a considerar las distintas categorías del pensamiento.
Aquello que pasó a la historia y que quedó como patrimonio de todos los hombres, sea en el campo que sea, se trata sin duda de un momento de intuición de una persona. En filosofía, en física, en matemáticas, en arquitectura, las obras que han constituido un hito en cada disciplina han sido momentos de inspiración que basándose en un sistema aprendido han roto alguna o algunas de sus leyes y han producido otras nuevas, ampliando de ese modo nuestro universo. En la música improvisada este fenómeno se hace contínuo y necesario por lo que resulta evidente que es el aprendizaje de unas leyes lo que posteriormente permite momentos de inspiración. Teniendo estas leyes/reglas en cuenta, se actúa en favor o en contra de ellas, jugando alrededor de ellas, que no ignorándolas. La experiencia constituye el material que será traspasado por la intuición, pensamiento superior en el sentido que permite una cantidad de operaciones y transmisión de información mucho mayor que la mente discursiva, que necesitaría una cantidad de tiempo enorme para realizar las mismas operaciones. Por esta razón el tiempo en la música da la sensación de contraerse o ampliarse, hacerse más pesado o más ligero, alargarse o acortarse.
La realidad está constituida por diversos mundos fluyentes (creados por nosotros mismos para poder mensurarlos) que forman parte de una sola realidad eternamente cambiante. El problema es que la realidad, a lo que sé, no ha sido posible definirla jamás: de momento es cuestión de fe. No digo que no haya sido definida, que lo ha sido, pero en la mayoría de los casos con el fin de ejercer el poder sobre las personas. En física, tal como hemos podido ver especialmente en este pasado siglo, la supresión de una constante o cualquier cambio de valor en una fórmula cambia radicalmente la concepción del universo. La música, hasta el siglo XX, ha estado felizmente exenta de estas definiciones. Por su naturaleza, en música el momento de intuición es precisamente lo que se espera de un buen músico y la garantía de que la comunicación se da en el tiempo de la música, que soporta mucha más cantidad de información que el discurso. El que pretenda interpretar o componer siguiendo estrictamente las reglas aprendidas debe saber que su obra no trascenderá, o al menos no sobrevivirá al autor.
Con las demás disciplinas ha ocurrido lo contrario. Pobre del investigador que osara publicar sus descubrimientos, por muy certeros que fueran, si estos contradecían el dogma vigente. Y en el caso de ser reconocidos, seguramente lo serían con posterioridad a la muerte del científico. Por otra parte, con la intuición se activa una relación entre los distintos sentidos que permite que nuestra percepción sea más sutil y completa, ya que no pide ser representada en palabras, aunque esto sea posible. La prueba más evidente del valor de la intuición es el titánico empeño de las autoridades por anular con los programas "educativos" la intuición y creatividad innata de nuestra infancia a fin de conseguir buenos operarios y sumisos consumidores. En la música improvisada se perciben vívidamente diversos tiempos dentro de los cuales hay que estar continuamente rectificando el camino. Estas rectificaciones (que, al decir de María Zambrano, sólo las puede realizar el hombre como persona) son iniciadas por momentos de intuición. Momentos de intuición compartidos que a su vez producen nuevas circunstancias, circunstancias compuestas de una multiplicidad que exige armonía, para llegar a la cual nadie escatima esfuerzos. Es la voluntad natural de regresar desde la multiplicidad de este mundo a la unidad original. Por tanto, el primer paso hacia la unidad consiste paradójicamente en reconocer la multiplicidad. Ser reaccionario, por el contrario, consiste en el deseo de permanecer inmóvil en alguna situación del pasado, en un momento fijo. Y esto, como explica María Zambrano, en la dimensión de un pueblo, aboca al abismo, a la muerte. Hemos de ceñirnos a nuestro universo pero intuyendo algo más, no pensando algo menos. Nuestro paraíso se encuentra en el camino que nos es dado recorrer, no en un punto estático imaginario.