
Mischa Maisky |
Se encuentra en Madrid Mischa Maisky para ofrecer en el Teatro Monumental,
acompañado por Adrian Leaper y la Orquesta Sinfónica de la
RTVE, su versión del concierto para violonchelo nº1 de Saint-Saëns.
No puedo ocultar una más que regular decepción: es la primera
vez que voy a escuchar a Maisky en vivo y hubiera preferido hacerlo con
alguna obra más extensa y sustanciosa, como los conciertos de Dvorák,
Schumann o Elgar, todos ellos especialidades de la casa. Pero, probablemente,
el propio Maisky no acabaría de entender mi frustración. Toda
obra, argüiría, vale lo que valen el calor y el sentimiento
que fueron puestos en juego durante su creación. Es el camino del
corazón, el sendero de la mano izquierda. Y, ciertamente, cuando
Maisky interpreta a Saint-Saëns pone en danza en cada una de sus compases
tales generosas dosis de esos cordiales elementos como para conseguir hacernos
olvidar, al menos durante veinte minutos, todas las dudas y objeciones.
¿Arte? ¿Magia? De todo un poco. Este hombre no es un intelectual,
no es un predilecto de los críticos, no dirige ni pretende dirigir
orquestas, no quiere cambiar el mundo. Es un prestidigitador, un anarquista,
un artista exuberante, sanguíneo, fantástico, hiperbólico,
loco y cuerdo. A nadie deja indiferente. Mischa Maisky es... Mischa Maisky.
En Rusia, fue alumno de Rostropovich y años más tarde
de Piatigorsky en EEUU, de quien, por cierto, se ha cumplido recientemente
el centenario de su nacimiento. ¿Podría resumirnos cuáles
fueron las aportaciones de ambos maestros a su formación como intérprete?
Sobre mis experiencias con ellos podría escribir todo un libro,
porque en ambos casos no se limitaron a un trato profesor-alumno exclusivamente,
sino que fue algo intensamente personal. Yo empecé a dar clases con
Rostropovich poco después de que mi padre falleciera y llegó
a convertirse en una suerte de segundo padre para mí. Algo parecido
me sucedió con Piatigorsky cuando inicié lo que yo llamo mi
segunda vida, después de mi salida de Rusia. Es muy difícil
resumir en unas pocas frases tantas y tan intensas experiencias, pero lo
intentaré. Lo más importante que me enseñaron fue,
básicamente, que el instrumento que uno toca, sea el violoncelo,
el violín, el piano o cualquier otro, es un medio al servicio de
un objetivo, y este objetivo es la música. A veces esta prioridad
se pierde de vista. Los jóvenes músicos parecen estar centrándose
exclusivamente en tocar lo más rápido y limpio posible. Esto
también es importante, siempre y cuando sea el vehículo idóneo
para conseguir expresar lo que uno lleva dentro. Cuando un intérprete
busca exclusivamente la perfección se nota enseguida, falta algo,
algo no funciona y se pierde la música de vista. Hay que practicar
y mantenerse en forma, pero también hay que entrenar el espíritu
y ampliar tu conocimiento; la mente debe ir siempre por delante de la manos.
He leído que en sus años de estudiante le llamaban el
futuro Rostropovich. Un peligroso apelativo, ciertamente. ¿Lo consideraba
usted un estimulante elogio o una pesada carga que soportar?
¡Ambas! Ahora bien, no estoy en absoluto a favor de que se incite
a los alumnos a imitar a otros, ni siquiera a personalidades de la enorme
talla e importancia de Rostropovich. Rostropovich es único y tampoco
se necesita otro como él. Cada artista debe desarrollar su propia
personalidad. Yo, por mi parte, lo único que deseo ser y tengo más
que suficiente con ello es el primer Maisky.
En esos años en Moscú coincidió con Jacqueline
du Pré. ¿Qué recuerdos guarda de ella?
¡Ooohhhh! Era una personalidad absolutamente maravillosa, ¡tan
llena de vida!... La tragedia que le ocurrió, su enfermedad, la esclerosis
múltiple, fue algo devastador para ella y para todos los que la conocíamos.
Efectivamente coincidí con ella cuando éramos alumnos de Rostropovich
en Moscú y luego nos encontramos en varios lugares y ocasiones. Recuerdo
muy bien el verano de 1973, en Israel. Ella ya no tocaba sin que nadie supiera
exactamente la razón. Dos meses más tarde lo recuerdo como
si fuese ayer mismo tuvimos una cena en Londres a la que asistieron Radu
Lupu, su mujer, Barenboim, Jacqueline y yo mismo. A los pocos días
la ingresaron en un hospital. Ya nunca volvió a tocar hasta el día
de su muerte. Tengo, o así lo creo, todos sus vídeos y grabaciones.
Soy un gran admirador de su enorme talento y me asombro de todo lo que fue
capaz en tan pocos años y a una edad tan joven. Cambió la
historia de la música.
Su maestro Piatigorsky decía que había que utilizar
el vibrato no de forma rutinaria, sino muy conscientemente, variándolo
de acuerdo a las necesidades expresivas de cada momento. Sin embargo hoy
tenemos posturas extremistas el respecto y se considera casi pecaminoso
un vibrato demasiado marcado, interpretando piezas del siglo diecinueve.
¿Cuál es su postura al respecto?
¡Creo que es ridículo! No entiendo esos dogmas que se nos
quieren imponer desde determinados estamentos. Vivimos en una sociedad libre
en la que cada uno puede hacer lo que le plazca. ¿Qué más
da si se toca con más o menos vibrato? Es probable que haya gente
que piense así, pero ¿es que vamos a considerar un sacrilegio
tocar a Bach con vibrato? Recuerdo una anécdota de Otro Klemperer.
Le fueron a preguntar que cómo era capaz de estar interpretando a
Bach con tales dosis de vibrato y él contestó: (Maisky imita
muy graciosamente el característicamente pomposo tono de voz de Klemperer)
&laqno;¿Pero hombre, cómo voy a tener a tantos chicos tocando
sin vibrato?» Pienso que la gente se siente tan pequeña que
intenta bajar a Bach o a cualquier otro genio a la tierra. Necesitan clasificarlos
como clásicos, como románticos, como barrocos... Esto es ridículo.
Yo considero a Bach como el mayor romántico, pero hay diferentes
tipos de romanticismo. No se debe tocar igual a Bach que a Schumann, son
cosas diferentes y yo, desde luego, no hago eso, no creo que nadie me critique
por tal cosa. Desde luego no es mi caso. Tocar de manera romántica
puede también significar tocar con sentimiento. Horowitz decía
que toda la música era romántica puesto que toda ella es sentimiento.
La gente de otras épocas tenía y demostraba más sentimiento
que la de ahora. Podría estar hablando horas y horas y semanas sobre
la autenticidad, pero sería una pérdida de tiempo. Hay sitio
para diferentes puntos de vista. Lo más importante es tener la mente
abierta y no sólo para la música, sino para la vida en general.
Hay formas diferentes de tocar a Bach como hay ideologías o religiones
diferentes.
¿No se corre así el peligro de una dosis excesiva de
sentimiento al tocar a Bach? Y me estoy refiriendo a un tipo de sentimiento
llamémosle anacrónico o impropio de su época.