
Maurice Béjart © Philippe Pache |
El pasado 22 de noviembre nos dejó Maurice Béjart, uno de los personajes más influyentes de la danza del siglo XX. Pretendiendo darle un homenaje en vida, con motivo de la próxima visita del Ballet de Lausanne al Teatro Real, Por la Danza dio la palabra a los que habían trabajado con él para que nos hablaran de cómo se vive desde dentro lo que todos veíamos desde fuera. Un sentido homenaje al Maestro, al Genio, al Amigo...
Fue posiblemente el coreógrafo más prolífico de su generación, a sus espaldas más de la mitad de un siglo de creaciones y casi 250 ballets de los cuales, como afirma el coreógrafo, 150 son menores. Maurice-Jean Berger conocido como Maurice Béjart nace en Marsella el 1 de enero de 1927 y crea en Estocolmo en 1951 L'Inconnu, su primer ballet. En 1954 funda su primera compañía el Ballet de l'Etoile, le siguen el Ballet-théâtre de París (1957-1960), el Ballet du XXe Siècle (1960-1987) desaparecido tras un conflicto con el director del teatro belga La Monnaie que lo acogía en Bruselas, y por último desde 1987, el actual Béjart Ballet Lausanne. Sus obras han sido inspiradas por diseñadores como Versace (Bolero para Giani) con el que trabajó durante 12 años, por cineastas como Fellini (Ciao Federico) o cantantes como Barbara, gran amiga del coreógrafo. Pero ante todo son las reflexiones y lecturas del filosofo Friedrich Nietzsche las que más influyen su carrera (su padre era especialista en filosofía alemana) La asociación con el pensamiento del filosofo alemán dieron a luz a Orphée, Neuvième Symphonie, Ce que l'amour me dit, Messe pour le temps présent y Zarathoustra, le chant de la danse, obra que se verá del 20 al 25 de febrero en el Teatro Real. Un largo etcétera no sería suficiente para medir la amplitud de su monumental obra, la historia no olvidará su magistral Bolero, Le Sacre du printemps o L'Oiseau de feu. Pionero del concepto "espectáculo total", término que el coreógrafo emplea para hablar de su afán de democratización de la danza presentada en estadios y palacios de deportes, Béjart fusiona los universos musicales, líricos, teatrales y coreográficos haciendo de sus obras más recientes una "sopa estilística" con sabor kitsch. Gran especialista en trabajos grupales, no duda en aplicar su lenguaje académico a planteamientos actuales como el sida o la ecología. El deseo de preservación de su trabajo le lleva a fundar en 1970 la escuela Mudra de Bruselas. Más tarde abre la escuela Mudra en Dakar que desplaza en 1992 a Lausanne bajo el nombre de Escuela-Taller Rudra. A pesar de sus grandes éxitos, no todo ha sido un camino de rosas, como ejemplo la difunta Compañía M que solo duró 2 temporadas, o la condena por plagio tras la copia de una escena de La chute d'Icare del coreógrafo belga Frédéric Flamand. Su relación con las instituciones francesas fue ambigua y aunque 14 de sus obras figuran en el repertorio de la Ópera de París desde 1964, Béjart deplora no haber dirigido ninguna estructura cultural francesa. El verdadero trabajo de investigación, motor de su éxito en los años 60, queda hoy relegado a un segundo plano a causa del reciclaje y collage de antiguas recetas. La realidad de este hecho no debe hacer olvidar la grandeza de sus anteriores creaciones como el inolvidable Sacre du Printemps, punto de partida de su meteórica carrera que armó revuelo y rechazo en su estreno, pero que hoy es considerada como una obra maestra. Cada una de las obras producidas por aquel entonces, muy diferentes a las actuales, hicieron avanzar la danza a pasos agigantados y con ellas la concepción que el público tenía del movimiento. Sin lugar a dudas Béjart es y será un monstruo sagrado de la danza que tiene en su vitrina coreográfica algunas de las mejores joyas de la danza escénica universal.
Víctor Ullate
Doce años trabajando mano a mano con Maurice Bejart dejan huella. A Víctor Ullate le cambia la voz cuando habla de su maestro. De él dice que es una persona entrañable, exigente consigo mismo y con los demás, "un ejemplo a seguir para todo el mundo". Ullate vivió la etapa dorada de Maurice, junto a bailarines de la talla de Jorge Donn. Actuaron en grandes recintos y vivieron el cuento de Las mil y una noches por todo el mundo. Asegura que ninguno de ellos podrá olvidar jamás esa época irrepetible.
Víctor Ullate estuvo más de una década junto a Béjart y de él aprendió todo lo que sabe porque ha sido "consejero, padre, hermano, maestro y amigo". Destaca de él su generosidad, en un mundo, el de la danza , en el que prima el individualismo y el egocentrismo. "Maurice nos ha dado mucho, es indiscutiblemente el genio del siglo XX, un intelectual, un hombre cultísimo, un sabio". "Elevó la danza , que estaba muy estancada, y la innovó con sus movimientos, su pompa, su forma de concebir el espectáculo, es un creador maravilloso".
El poso que deja trabajar con una persona tan carismática es enorme, y el vínculo que une a Víctor y Maurice es irrompible. "De él me ha quedado mucho, muchísimo, es algo que no se puede olvidar porque forma parte de tu vida, de tu juventud, de tu trayectoria, las vivencias enormes, eso no se olvida jamás, mientras viva quedará ahí patente".
Ullate asegura que en su época en el Ballet del Siglo XX la gente tenía un sentimiento de pertenencia, de unión que ha desaparecido, "hoy en día las compañías ya no son lo mismo, la gente no pertenece a ningún sitio, los bailarines están dos años aquí y se van, no terminan nunca de completar su formación porque nadie pertenece a nada, es todo más light, es de otra manera".
La intensidad de Béjart se transmitía en su obra y en su forma de trabajar, Víctor Ullate cuenta con cariño cómo pasaban horas y horas en el estudio porque para Béjart ésa era su casa, y los bailarines su familia. "Hablar de Maurice, recodarle y darle un poco de amor, devolverle parte de lo que nos ha dado es muy agradable, quisiera que ahora se sintiera muy arropado, feliz y rodeado de la gente que le quiere".
Para Víctor es y será un punto de referencia, una persona a tener en cuenta que le apoyó en los momentos buenos y malos de su carrera, "en la época del Ballet Nacional él me dijo que buscara la inspiración en los ritmos de mi tierra y de ahí salió Arraigo, Seguidilla, Jaleos... y cuando el Gobierno español me dio la patada con ese cese fulminante tan cruel él me recogió otra vez y me dio un contrato. Gracias a él me remonté como persona porque mi país me había dejado a la altura del betún y estaba moralmente desecho".
Si algo tienen en común Béjart y Ullate es esa capacidad para sacar lo mejor de cada bailarín, para tallar y extraer el talento. "Eso yo lo hago porque he tenido un ejemplo fantástico y me gusta sacar lo mejor, si yo hice un Ángel Corella, una Lucía Lacarra, una Tamara Rojo, un Víctor Jiménez , cada uno con su personalidad, es por mi maravilloso maestro".
A Maurice Béjart le admira, le quiere, le respeta y se siente orgulloso y elogiado cuando le comparan con él, "yo sé que ha tenido en mí un buen alumno, ha estado muy orgulloso siempre de lo que he hecho y de lo que estoy haciendo, siempre me pregunta sobre mis proyectos. Me siento muy orgulloso cuando me dicen que me parezco a él, aunque sé que cada uno tenemos nuestro carácter y nuestra forma de pensar y ser, pero que me digan que me parezco a mi maestro es un orgullo".
Gil Roman
Bailarín, coreógrafo y director artístico adjunto del Béjart Ballet Lausanne, Gil Roman es indiscutiblemente, con 26 años de carrera junto a Béjart, la memoria viva del trabajo creativo del maestro
¿Que papel desempeña como director artístico adjunto del BBL?
Mi papel es el de ayudar a Maurice a trabajar las obras del repertorio, conservar los detalles de estilo y transmitir el espíritu de cada ballet.
¿Cómo compagina su triple trabajo de director adjunto, bailarín y coreógrafo?