www.revistasculturales.com

El portal de la Asociación de Revistas Culturales de España


Última actualización: (CET)

La cultura pasa por aquí
Por la Danza 75 Por la Danza

Entrevista Iván Gil-Ortega

por Anabel Poveda
Por la Danza nº 75, Verano 2007

Número de páginas: 2
imprimir


Ivan Gil-Ortega.
© Johannes Seyerlein
Alto y claro
No tiene pelos en la lengua, ni le da miedo que juzguen sus palabras. Llama a las cosas por su nombre, es irónico y tiene un sentido del humor contagioso. Iván Gil-Ortega se formó en el Liceo de Barcelona y empezó a bailar con Carmen Roche. Ha forjado su carrera en el Ballet de Stuttgart y actualmente es Principal en el Het National Ballet. Se considera un exiliado más pero no descarta volver algún día, si las cosas cambian.
¿Iván cómo has vivido tu carrera?
Intensamente y a lo loco. En el 95, que estaba yo con Carmen Roche en Madrid, mi madre y unos amigos decidieron que me tenía que ir fuera de España. En dos semanas me encontré en Stuttgart, con mis tres maletas diciendo: ¿Qué hago aquí?... No entiendo a nadie. Y ahí empezó todo. Entré con Marcia Haydée y ya desde el primer año empecé a hacer solos. Fue mi primer contacto con el moderno, porque para mí el clásico era intocable. Al año siguiente me fui a la Ópera de Berlín , y allí fue donde hice por primera vez Tschaikowsky Pas de Deux con Monique Ludières o El anillo de los Nibelungos de Bejart, un ballet de cinco horas, que yo no sé cómo el público lo aguanta. Pero claro, es que Alemania, el norte de Europa, con los teatros es una educación, un conocimiento... y en España, en los espectáculos, o no hay gente, o van los que se ponen el visón y las perlas, y los que entienden están arriba del todo porque es lo único que se pueden pagar. Pasé un año en Berlín pero, por mucha cultura que tengas, mantener tres compañías grandes en una ciudad es muy fuerte, más en una ciudad como Berlín en la que en todo momento está sucediendo algo. Al año volví a Stuttgart y me quedé once años. Fue donde mi carrera empezó a tomar forma, molde, donde he hecho básicamente todo, de cero a lo más grande.
¿Qué te ha aportado Stuttgart?
Casi todo. He tenido la suerte de hacer los ballets de John Cranko, y no es un ballet clásico típico de cliché, Cranko te está contando una historia, pero no el ‘te quiero, te amo'; yo lo considero el moderno de los clásicos, para mí es neoclásico. El máximo exponente es Onegin, total y absolutamente, y cuando lo vi pensé, hasta que no llegue ahí no paro.

Ivan Gil-Ortega en Orma.
© Archivo Stuttgart
¿Cranko es tu especialidad?
Cranko me viene casi como anillo al dedo. Además, si nos remontamos a Marcia Haydée, que era una gran bailarina, nos damos cuenta de que no era una Sylvie Guillem o una Cynthia Harvey, pero era una artista; y eso es lo que tiene Cranko. Él era un artista y coreografiaba para artistas. No sólo para la técnica. A veces vemos lo que llamamos máquinas, que están muy bien, y la técnica hay que tenerla, pero lo que no se puede es contar una historia solamente con pasos. Hay emociones, hay sentimientos, y también con los años uno va madurando en la vida personal, y va madurando en el escenario, porque todo va unido. Un Onegin , si no has vivido un gran amor... todo eso hay que transmitírselo al público. Lo más emocionante que me ha pasado es que venga gente a verme después de bailar Onegin para decirme que les había emocionado... No sólo que digan qué limpio, qué físico... eso es una cosa, y está muy bien, pero si tú realmente llegas a conmover al público, has conseguido el objetivo del bailarín. Además se genera una energía especial, no palpable, ni descriptible, es una sensación, esa energía es donde yo digo, gracias a dios que soy un artista y me dedico a esto.
En Stuttgart pudiste trabajar con otros coreógrafos.
Forsythe, Neumeier, Van Manen, Kylián... todos eran bailarines en Stuttgart y todos empezaron a coreografiar allí, así que he mamado directamente de la fuente original y eso te aporta mucho. Se sienten ligados a Stuttgart, es algo parecido a lo que puedo sentir yo ahora. Desde que me fui me han invitado dos veces a bailar, de alguna manera es como mi casa, hay un lazo.

Romeo y Julieta.
© Leslie E Spatt
También allí crearon roles específicos para ti.
Eso es lo mejor que hay, tener a un coreógrafo que te cree algo para ti... porque te involucras de una manera especial. Aunque estés interpretando un ballet abstracto, tú eres el producto en bruto, y el desarrollo que tiene es alucinante. Trabajar con el coreógrafo y determinar qué queremos, a dónde queremos llegar, el tipo de movimiento, porque yo coreógrafo no soy, ni me gusta cambiar las coreografías, pero si el coreógrafo pone un tanto por ciento y lo unes al tuyo, ahí tocas el cielo, es un placer y dices: ‘lo que hago es único'.
¿De dónde viene tu relación con Goyo Montero?
Nuestra colaboración empezó en 2002 con Vasos Comunicantes . Además, Goyo fue la primera persona que a mí me trajo a bailar a España. Y en este país, por desgracia, tienes que estar casado con alguien, salir en las revistas o en la tele para que te conozcan; y eso es todo muy bonito, pero el ballet es otra cosa. Todo lo que venga de fuera parece que es mejor. Hasta que no te vas no eres nadie, no lo suficientemente bueno para deleitar a los españoles. Sin embargo con Goyo empecé a colaborar y, excepto en un par de piezas, estoy siempre con él.
Lo último que habéis hecho juntos ha sido La Bella Durmiente.
Hicimos La Bella Durmiente en Valencia y fue súper excitante para los dos porque con Goyo no sólo bailo, sino que paso los ensayos. Estamos a un mismo nivel porque queremos lo mismo, es un poco mover el ballet, porque aunque sea moderno, no deja de ser ballet. Sobre todo, y sin ofender a nadie, para mí las cabezas rapadas, los descalzos... eso no es ballet. Se le puede llamar danza, danza-teatro, pero no nos podemos ceñir sólo a eso. En España hay muchas compañías modernas de poca calidad. La gente va a ver siempre lo mismo y se cansa.
¿Por qué cambias Alemania por Holanda?
Hombre imagínate, después de once años el repertorio de Stuttgart era mío, yo era parte de las paredes del teatro y mi carrera había llegado a un punto en el que había tocado techo. Dejé la compañía al final de la temporada pasada y en teoría iba a estar de freelance . Pero mi agente me propuso probar en Holanda, yo estaba de vacaciones en Ámsterdam, pasé por la compañía, el director había oído hablar de mí, había visto vídeos y estaba muy interesado. Me dijeron que probara cinco meses y ya estoy metido de lleno, me han renovado el contrato y quieren que me quede la temporada que viene. Además, aquí tengo más libertad. En Stuttgart tenía que estar constantemente en la compañía entre giras, galas y guesting; pero en el Het somos 85 bailarines, con lo cual, tengo mis espectáculos, pero el tiempo libre lo aprovecho para hacer otros proyectos o bailar fuera.
Tu estreno en el Het fue con Bayadera... todo un reto.
Estrené con Bayadera y me lo tuve que aprender en una semana, además la versión de Makarova. Estaba invitada Sofiane Silvie, Primera Bailarina del New York City Ballet, y como es muy alta me dijeron si me atrevía; y por supuesto, la duda ofende. Estuvo muy bien, toda una experiencia ir a doscientos por hora y con un ballet que no había hecho nunca. Ella es una bailarina estupenda, con una técnica de caballo, así que el espectáculo resultó bien y la gente quedó muy contenta...
¿Te gustaría poner algún proyecto en marcha?
Número de páginas: 2
imprimir


Todos los artículos que aparecen en esta web cuentan con la autorización de las empresas editoras de las revistas en que han sido publicados, asumiendo dichas empresas, frente a ARCE, todas las responsabilidades derivadas de cualquier tipo de reclamación
Página generada el Jueves, 3 de Julio de 2008 20:30:48