Bones in pages, la coreografía que llevó al Dance Umbrella de Londres
este otoño, sin ser expresamente narrativa se mueve en una atmósfera
cercana a las modernas películas de terror. El manejo de la luz a la manera
de los expresionistas, esa escena inicial en la que un Teshigawara inerte parece
tener enterrada la cabeza sobre una mesa llena de vidrios punzantes, la atormentada
música de sonidos industriales que aturden o la fantasmal aparición
por el fondo de Key Miyata, su colaboradora más cercana, como si fuera
uno de los espectros de las películas cuasi-gores de sus conciudadanos
Hideo Nakata (The Ring, Dark Water) o Takashi Shimizu (La maldición), son
elementos que conjugados sobre la escena producen auténtico pánico
en la platea, una sensación extraña de desasosiego y peligro, acentuada,
cómo no, por la amenazadora presencia de un cuervo vivo, un pájaro
de mal agüero siempre asociado a lo oscuro, a lo maligno. La escenografía,
en realidad una instalación suya llamada Dance of Air, compuesta por cientos
de libros abiertos y cien pares de zapatos que sugieren presencias espectrales,
no es menos inquietante.
Luz oscura
Sin embargo Bones in pages, que es la revisión y ampliación a
tres bailarines de un solo que Teshigawara estrenó en 1991, en el Theater
Am Turum, de Frankfurt, parece la cara siniestra de su cristalino espectáculo
anterior, Luminous (2001), también ideado a partir de lo estrictamente
sensorial. Si la oscuridad y la penumbra marcan la pauta de Bones... la
luz y su ausencia la marcan en Luminous. El punto de arranque de esta obra,
"un mundo fosforescente de cuerpos iluminados jugando con nuestra percepción",
como la definió el diario The Scotsman, a propósito de su presentación
en Edimburgo en 2002, está en Stuart Jackson, un adolescente ciego de
nacimiento que se convirtió en su protagonista. El joven invidente y
Teshigawara se encontraron en Londres durante una las sesiones de STEP (Saburo
Teshigawara Eduation Project), un programa anual para jóvenes no iniciados
en la danza que el coreógrafo mantiene en la capital inglesa, y la curiosidad
le empujó hacia una investigación sobre la luz y la manera en
que los invidentes pueden percibirla (de hecho, un viejo solo suyo, Light venid
Light, ya trataba el asunto). "Con Stuart descubrí que la luz también
puede venir de dentro", declaró. Y mientras intentaba descifrar
este mundo de oscuridad luminosa, trabajaba duramente con los bailarines de
Karas en el estudio. Pasaban horas ensayando con los ojos vendados tratando
de percibir el entorno y entender la oscuridad. Sin embargo, les fue imposible
llegar al terco, obstinado y desesperado movimiento giratorio de cabeza y cuerpo
del joven, que daba vueltas en trance como un derviche, en el que terminaría
siendo uno de los momentos más impresionantes de la pieza.
No es muy prolífico Teshigawara pero cada una de sus obras responden
a largas investigaciones y profundas inquietudes. En 1981 era un bailarín
académico que, de pronto, sintió artificiales y alejadas de la
vida la codificación, cerrada estructura y estricta técnica del
ballet. En 1985, ya desprendido del academicismo, fundó Karas junto a
Kei Miyata, una intelectual con conocimientos de música y literatura,
que fue introducida por él en el mundo de la danza. La búsqueda
de Teshigawara se orientaba hacia la consecución de "una nueva
forma de belleza", una meta ciertamente alta y ambiciosa. Sería
difícil asegurar que ha llegado a redescubrir la belleza pero lo que
sí es seguro es que su lenguaje, virtuoso y ecléctico, que se
nutre del ballet, la danza moderna, el butoh, el performance y la plástica,
está plenamente consolidado, lo que no es poca cosa.
Tampoco es temeroso del riesgo. Y ahí está Green (Raj Project),
una impactante obra estrenada hace un par de años, en la que intervenían
los bailarines de Karas, algunos invitados, la banda de rock británica
Sand y una manada de animales vivos. Estructurada en dos partes, la primera
es una fusión de músicos y danzantes sobre esa enorme simulación
de un prado que es la escenografía , pero es en la segunda donde viene
lo bueno: patos que marchan al ritmo de los trombones en directo, un dueto para
vaca y guitarrista, gansos con marcha y ritmo y un enorme séquito de
animales que, en un segundo, se esfuman dejando a Teshigawara en uno de esos
solos de infarto que, como toda su obra, habla de la vida. Su más reciente
trabajo, Kazahana, que significa Flor de viento, vuelve sobre lo poético.
La pieza se estrenó bajo el auspicio de Lille, capital cultural europea
2004, y espera su premier japonesa en el Teatro Nacional de Tokio, en febrero
próximo.