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Por la Danza 63 Por la Danza

Entrevista a Rafael Amargo / Amargo y punto

por Joaquim Noguero / Omar Khan
Por la Danza nº 63, verano 2004

Número de páginas: 2
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¿Cuál crees que es tu público?
Yo aspiro a que me vea todo el mundo, no busco un público específico de danza o de flamenco. Cada vez que me entero que viene un bailarín a verme me nervio, me entran como sarpullidos, no puedo, de verdad. ¡Encima que les regalo la entrada muchas veces van a criticarme! Prefiero que venga la señora del visón de pieles o el tipo que ha estado hasta las tantas poniendo copas en un bar. Yo disfruto cuando veo público de calle. ¡Y vienen muchos chavales jóvenes! El flamenco no les gustaba, pero mi rollo como personaje cañero, canalla, loco o lo que sea, ha hecho que se interesen por la danza. Y eso crea un público. Empiezan conmigo y luego igual ven también a uno de esos que me critica. Chico, a mí esto es lo que me va, y lo otro son tonterías. Los bailarines estirados que se queden en casa. O en la barra, que es donde quedan bonitos, delante del espejo.
Tu formación no se limita a la de bailarín.
En absoluto. En Madrid hice la carrera de Arte Dramático, y luego en Argentina y en Cuba estuve estudiando cine. Me interesa sobre todo como director. De hecho, ahora voy a empezar a rodar mi primer corto. Ya ves: en estos momentos, estoy en la danza, pero mañana no creo yo que baile. Tengo muchos otros intereses. Gracias a Dios, mi vida no queda reducida a la danza.
¿Empiezas a disfrutar más de estar fuera?
Mucho más. Yo creo que arropo a la gente y sé sacarles lo bueno al conocer lo que les está pasando en ese momento, su estado de ánimo... Toco mucho su llaga, les hago contar cosas que sé que pueden dar bien. Me interesan más estos aspectos personales que las técnicas en sí. Yo trabajo con las emociones. Un bailarín exclusivamente técnico o virtuoso no es para el tipo de espectáculos que yo hago. No me interesa saber a qué altura está la pierna. Para disfrutar con estas virguerías no me pongo a coreografiar, pillo un vídeo de Baryshnikov o de Nureyev y me lo dan mejor: flipo con el vídeo, me hago cuatro pajas, y vuelvo a lo mío cuando se me ha pasado la tontería.
¿Cual es el proceso de creación?
Yo sueño las cosas, las veo muy claras, sé ya de buen principio como quiero que sea el espectáculo. Y luego cojo materiales muy distintos de la vida, de mis intereses, y lo junto todo aunque no tenga nada que ver. Si quiero que algo entre, por mucho que cueste, al final sé que conseguiré darle la vuelta y encajarlo. Este proceso de crear, delirar, divertirme, es lo que me pone. Después me exijo niveles, estudio, lo racionalizo, porque no lo hago sólo para mí y es para un público. Pero ese delirio inicial es lo que de verdad me seduce.
¿Tienes algún gran proyecto en cartera?
Para el año que viene haré el Quijote, con dramaturgia de Paco Nieva, audiovisuales míos y de Juan Estelrich, y habrá también colaboraciones de algunas actrices y actores del mundo del teatro y del cine, pero esta vez, a diferencia de con Poeta en Nueva York, estarán conmigo en directo encima del escenario.
(Barcelona, abril de 2004)
AMARGO Y PUNTO

Amargo es algo más que un bailaor y coreógrafo. Es un personaje. Un personaje público, para más señas. Y pareciera que serlo le gusta más que cualquier otra cosa en el mundo. Ha sabido colocar su imagen más allá del flamenco y ha sabido poner su nombre en sitios relevantes (y no tan relevantes) fuera de las marquesinas de los teatros. Ayer lo vimos en la portada de una revista gay. Mañana está posando para una de moda. Pasado lo tenemos en la tele, animando la noche en el show telebasura más marciano, y al día siguiente se sienta frente a la lente del reputado fotógrafo Bruce Weber. Si se casa, que es el caso, la boda es puro show business, según su propia definición. Al unísono, cada noche, puntual, no falta a la cita con sus espectadores, que los tiene por montón, y hoy les baila su Poeta en Nueva York y mañana los convoca y seduce para que le vean en Enramblao, su homenaje a Barcelona. El granadino Rafael Amargo es visto y no visto. Tiene el don de la ubicuidad. Esta noche es Barcelona y mañana por la tarde, Japón. Al día siguiente lo tienes en una gala, por la tarde ya está con Karine Saporta y parece que, al mismo tiempo, te lo puedes encontrar zapateando como poseso. Está en la fiesta de moda y en el sarao del momento. La palabra descanso fue eliminada de su léxico. En Amargo todo parece compulsivo. Su trabajo, su necesidad de producir, su manera de hablar, su modo de bailar, su convincente manera de venderse. Es un torrente de energía, un torbellino de ideas. Pero es tan impulsivo como imprudente. Al cierre de esta publicación, trascendió una noticia tremenda: al parecer, agredió físicamente a Olga Pericet, la que hasta ahora fuera su bailarina estrella, en un arrebato de ira y celos profesionales, que le costó una denuncia, una mancha gorda en su preciada imagen pública pero también una demostración de su arrogancia temeraria.

Amargo llena teatros. Y los llena de verdad. No en funciones benéficas de invitados sino en función normal de un miércoles por la tarde. Podrán decir de él lo que quieran pero pocos en su medio tienen semejante capacidad de convocatoria. Es artista popular, en el mejor y más productivo sentido del término. Está cercano el día en que dejarán de llamarle bailaor para clasificarlo como artista y punto. Domina los reveses y complejidades del flamenco con pericia de veterano pero no se conforma. Es curioso y husmea en otros terrenos, a veces con más suerte, a veces con menos, pero cada presentación suya garantiza las sorpresas. No se corta un pelo. Acude al ballet si se le ocurre, echa mano del hip hop si es lo que toca. El asunto audiovisual le seduce y la creación del espectáculo total lo atrae. Su evolución como coreógrafo es notable. Parece que fue ayer que presentó El ángel y la garra (1997), con la que se lanzó a la aventura de probar suerte con compañía propia y ya hoy luce un catálogo amplio y ecléctico que contiene obras de envergadura como su Poeta en Nueva York, personalísimas como Amargo, de gesto clásico como El amor brujo o totalmente urbanas como su novísimo Enramblao. Y apenas tiene 29 años.
Es un tipo simpático Rafael Amargo. Para la prensa es una delicia. Contesta a lo que se le pregunta (sea lo que sea lo que se le pregunte) y va aún más allá, soltando con ingenio diez mil titulares por minuto. Su lengua es larga y afilada. Sus declaraciones, polémicas y temerarias, especialmente en un medio donde todo el mundo parece obsesionado con guardar las formas. Él no. No se guarda nada y parece gozar compartiéndolo aunque luego se arrepienta, que suele suceder. Reclama lo que cree que le pertenece, va seguro de sí mismo y critica con insidioso ingenio todo lo que no le complace. No se siente flamenco. Tampoco balletómano ni contemporáneo. Se siente Amargo y ya está. Le encanta una cámara, el click-click de un fotógrafo lo pone como una moto. Así que para las cámaras también es una delicia. "Mira a la cámara" y va y se tira encima. "¿Y... si te abres un poco la camisa?" Y va y se queda en calzoncillos "¿Podrías hacer que se te viera ese crucifijo que te cuelga?" Y va y te compone La Piedad de Miguelángel. Ese es Rafael Amargo. Y parece tan feliz siéndolo...
La compañía de Rafael Amargo presenta en el Teatro Alcázar de Madrid, desde el 27 de mayo y durante todo el verano, sus espectáculos Poeta en Nueva York, Amor Brujo y Enramblao. Ver crítica de Enramblao en sección Gallinero.
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