Rafael Amargo se ha abierto camino gracias a una sensibilidad feroz por aunar esfuerzos. No es ni un bailaor ni un bailarín de primera línea. Pero esa ambición que algún crítico creyó que rompía el saco cuando vio Poeta en Nueva York lleno de vídeos con texturas cercanas al Fritz Lang de Metrópolis y al King Vidor de The Crown, con actores y actrices de relieve dentro del cine español, con blues y muñeiras junto al flamenco y los versos de Lorca, sin pisarlos y sin limitarse a ilustrarlos tampoco, esa ambición, digo, ese derroche creativo, ha resultado ser su mejor baza. El exceso es su marca. Pero también la coherencia. Todos los sedimentos que arrastra la potencia de su corriente avanzan en dirección al mismo mar. Lo mejor de Amargo es la impresión global de sus espectáculos, que no es suma separada de cosas, sino hábil mezcolanza, un elaborado y emborrachado cóctel de danza, la espléndida dirección musical de la venezolana Edith Salazar y los trabajos de vídeo de Juan Estelrich, plagados a su vez de homenajes al viejo cine mudo.

Tampoco en el apartado dancístico sabe estarse quieto. Su flamenco se alía con la danza contemporánea, pero también con lo popular folklórico (ese sorbo de aire fresco, de luz solar y estallido floral multicolor de las muñeiras de Poeta en Nueva York, por ejemplo) y con lo popular de nuestras calles de hoy (el break, el hip hop, el tap). Amargo seduce en imágenes. Hace suyas las emociones del público con una especie de hiperactividad alquímica. Amarguea con la frescura de una cerveza. Rezuma energía. Rebosa rabiosa jovialidad. Metrallea palabras y se le agolpan las ideas, preguntas con sus respuestas, risas y reproches, todo en uno. Su imagen habitual en las fotos es con pose. Y así le encontramos al llegar con Xavi, el fotógrafo, a nuestra cita: antes de atendernos, posa para un dominical. Pero cuando conversamos se relaja, y por debajo de la estrella aparece distendido el chico cuya sangre aún hierve con la energía que a los 16 años le lanzó a buscarse la vida en Madrid. El joven creador que -como Tarantino afirma de su cine- busca crear con cierta temperatura y pasión detrás. Eso es lo que le pone. Así, las virtudes de Amargo no admiten comparaciones con nadie. Son otra cosa, y esto no va de tres tenores. Él ha sabido abrir nuevos canales a los espectáculos que recurren al flamenco, cortés con sus colaboradores como pocos. Saber rodearse de los mejores, darles cancha, no lo hace cualquiera.
"Chicos, ¿me vais a entrevistar para una revista de danza? ¡Estoy asombrado! Pero si en el mundo de la danza nadie quiere saber de mí. Me quiere el pueblo, me quiere el mundo del ARTE en mayúsculas, me quiere el mundo de la música, me quiere el mundo del cine, pero ¿la danza?"
¿Y eso por qué?
Pues, no sé. En la ópera los tres tenores cantan juntos sin tirarse de los pelos, en el mundillo de la música Joaquín Sabina graba un disco y llama a otros cuarenta profesionales para que colaboren con él, un director de cine rueda una película y mete en ella a gente que ha trabajado con otros: coincidan más o menos, se conlleva una cierta convivencia educada. Pero en la danza existe un divismo estúpido, horroroso. Tengo pocos amigos bailarines. Pero me da igual. Lo que sí tengo es muchísima gente metida en nómina. Por eso pienso que es muy feo que cuando tanta gente del sector vive de tu trabajo encima se te critique o se te ignore. La danza me encanta como arte, pero como mundo social, como fauna, ufff, es malísimo, está todo tan encorsetado. Claro, todo el día en la barra, luego salen igual de estirados. No me imagino a un bailarín follando. No, de verdad. Ni pegándose un pedo. Son aburriiiiiidas, las que más.
¿El pastel es pequeño, y origina rivalidad?
Pues si el pastel es pequeño, con más razón vamos a reírnos juntos, ¿no? ¿Que sólo hay un huevo frito? Pues mojamos todos. Hace poco una institución pública me quería dar una subvención y cuando vi que no me llegaba ni para los zapatos, les dije que ese millón de pesetas lo dieran a una compañía de contemporáneo: uno o dos bailarines en una sala pequeña le podían sacar partido, y más si son de contemporáneo, que bailan con una braga. Pero, a mí, tan sólo con el vestuario, ¿de qué me sirve? Hay quien paga muy barato salir en la foto ahora que llenamos teatros. Ésta es una compañía de cincuenta tíos metidos en nómina. ¿Y me quieres dar un millón de pesetas para que ponga tu logotipo? Pues no, majo, te lo quedas, porque tu millón me cabe en el hueco de un diente.
¿La rivalidad se da entre las principales figuras?
Con los grandes es con quien mejor me llevo, saben lo que cuesta todo. Los peores son los mediocres. Y siempre por la espalda, claro. Porque luego cuando les llamas tienen que estar aquí tragando si es uno quien les paga el sueldo sin subvenciones ni nada. ¡Es una cooosa! Vienen a trabajar conmigo y, como yo ni les regaño y hago broma, encima luego sufren. ¿Me entiendes? Yo soy así, sin rencor, ya paso de estas cosas. No quiero quedar prepotente, y que parezca que estoy de vuelta, pero no voy a hacerme mala sangre con tonterías. De niñato, era más bocazas, no sabía callarme. Pero ahora ya no.
¿Cómo empezaste?
Tuve suerte. Me fui primero a Japón, a trabajar como un hijo puta dos años y medio, bailaba por las noches en un tablao y por la mañana daba clases en una escuela, y con todos los dineros que gané (me vine con unos diez quilos), en lugar de meterme en la compra de un piso o de un Ferrari, monté mi primera compañía. Y empecé a triunfar. Tuve suerte: conocí gente de las artes plásticas que me apoyó y ayudó. Mis inicios no son nada petardos, de prensa rosa y todo eso. Me lo he currado, he luchado donde había que hacerlo, sobre el escenario.
Tus primeros trabajos ¿ya presentaban la mezcolanza que te caracteriza?
No tenían el mismo presupuesto, claro. Pero, hijo, ¡es que para tener gusto no hace falta dinero! Con un proyector de diapositivas o un Cinesín puedes hacer audiovisuales con tanta gracia como el que más. Hay que saber darle la vuelta a la tortilla. "Ah, es que éste como tiene tanto dinero..." Pues no señor, no es dinero: lo que pasa es que he tenido otra cuna que la de estos que sólo levantan la patita. Me he preocupado por formarme. Que no se extrañen luego si me da por hacer ciertas cosas que a algunos les parecen rarísimas y me salen bien.
¿Cómo definirías tus espectáculos?
Como un estilo muy personal y muy amargo de contar lo que me da la gana. Cuando creo, no me planteo si voy a llenar o no un teatro, soy sincero a mi sentir. Evidentemente, quiero seguir mereciendo la fidelidad del público, porque ésta es mi única subvención. Si tuviera que esperar algo del Ministerio de Cultura, mal iría.
No te planteas llenar teatros, pero los llenas.
Porque son espectáculos muy equilibrados, con muchos elementos, donde es difícil no encontrar una puerta de entrada. Hago espectáculos grandes y comerciales, pero con un toque intelectual y con un concepto que, más que de danza, es visual y artístico en general. Me gusta la moda, los audiovisules, el arte, una coreografía pulida... Me divierto, chico, lo más importante es que no estoy encorsetado.