Es evidente que unos y otros han conseguido que el país tenga una profunda sensación de crisis, y es posible también que unos y otros tienen el mérito de hacer creer a muchos españoles que el gobierno es responsable de la misma. Algunos y algunas periodistas lo aseguran con particular delectación como si -según la costumbre- estuvieran en posesión de la verdad y fueran adalides de la justicia y defensa de los menesterosos. Ellas sobre todo, siempre dicen "cuando voy al súper"... Lo extraño es que nadie se desternille de risa ante el chiste.
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Cualquier persona con un mínimo de información sabe que la crisis responde a tres factores básicos: la presión del dispendio de la guerra de Irak sobre la economía estadounidense y las que le son subsidiarias, la catástrofe desencadenada por las denominadas "hipotecas basura", una de las lindas perversiones del sistema que, obsesionado por el consumo como motor de la economía, genera mecanismos a través del crédito bancario. Cuando los bancos observan que la morosidad no se sostiene, lo cortan en seco y provocan una falta de liquidez general.
El tercero ha sido la subida de los precios del petróleo en una operación especulativa de gran calado. No obstante todo hace pensar que los auténticos beneficiarios son las empresas de transformación y refino. Hay países productores que carecen de dichos instrumentos, que se ven sometidos al pago de cantidades más elevadas que las del petróleo que vendieron cuando lo reciben como gasolina o gasóleos.
Algunos ciudadanos desde hace tiempo, observábamos con inquietud el espejismo de dispendio desaforado que dominaba a una parte bastante amplia de los españoles. Parecíamos una comunidad de nuevos ricos en que muchos se embarcaban en aventuras diversas mediante créditos, como si todo fuera posible. Para ello era necesario generar y expandir una mentalización, más aún entre los jóvenes y los niños, a fin de hacerlos acérrimos consumidores, convictos de que en ello reside la felicidad e imbuirles de un principio malsano: éste es el único horizonte de sus vidas, lo demás son sueños o utopías vanas.
La mayor parte de los medios de comunicación están entregados en cuerpo y alma a esta tarea, pero los políticos, educadores y la red de grandes empresas, como es lógico en este caso, no les van a la zaga. Desde aquel "¡Enriqueceos!" de Solchaga hasta el "¡Consumid!" reciente del señor Rodríguez Zapatero, hay una línea común y constante. Los políticos del PP siempre estuvieron en ello, cosa lógica también, aunque siempre añadían aquello de "y además dos huevos duros", tomado de Marx, Groucho, claro, nadie se aterre.
Otro problema ha sido que la segunda vía prioritaria de desarrollo económico ha estado constituida durante años por la construcción, lo que hemos denominado "el ladrillo" de forma coloquial. Aprovechando la bonanza de créditos y una discrecionalidad verdaderamente inaudita para la recalificación de terrenos por parte de los ayuntamientos, se ha producido durante años una enloquecida carrera de construcción, desde bloques descomunales hasta pareados, un incremento sostenido e inaudito de los precios a través de un proceso especulativo y sin ningún control.
La construcción fue el refugio más utilizado para el blanqueo del dinero negro. Cuando la transición al euro, se llegaron a vender edificios completos en plano y sin que se hubiera empezado a excavar aunque con fecha fija de entrega. La construcción ha creado la ilusión del desarrollo, ha provocado situaciones de injusticia social y ha fabricado millonarios de gente sin saber ninguno pero dispuesta a sortear los límites de la legalidad o a transgredirla comprando a quien hiciera falta. Muchos eran los que reclamaban un control más efectivo de este sector entregado a la búsqueda inmediata y torrencial de beneficios, pero los poderes públicos poco hicieron y en ocasiones actuaron como cómplices. Ha sido el corte de los créditos bancarios lo que ha dado al traste con el tinglado.
Estas valoraciones son constatables y bien conocidas. Sorprende por eso que se plantee la situación como consecuencia de las actuaciones e insuficiencias del gobierno. Que se plantee y se denuncie porque sí, sin preocupación alguna por demostrarlo. Otra cosa es que su reacción ha sido pobre de ímpetu y de miras. Como sucede siempre en España, las oposiciones por su parte embisten pero nadie plantea acciones coherentes. ¿Puede haberlas dentro de este sistema a que todos se someten? Lo único que muchos proclaman de inmediato es que hay que reducir el gasto público. ¿Pero qué gasto público?
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Gasto público es el que se dedica a mantener el tejido de la sanidad pública, de la educación pública y de la concertada; del Servicio Exterior y la diplomacia; de las coberturas sociales de diverso tipo como las pensiones; de las empresas públicas, como RENFE, TVE, televisiones autonómicas como las catalanas, las vascas o Tele Madrid; de los Institutos de investigación, Entidades Culturales como el Museo del Prado, la Biblioteca Nacional o el Instituto Cervantes, etc. Evidentemente el gasto público hay que remitirlo no sólo al que cumplimenta el gobierno sino también a los ayuntamientos, las comunidades autónomas y las diputaciones. En este grupo hay que incluir igualmente la acción cultural y artística en sus diversas manifestaciones.
Sin embargo, a pesar de lo que ello significa, todo queda reducido a la frase antes reseñada: "hay que reducir el gasto público". Manuel Martín Ferrand, antiguo accionista de televisiones privadas, reclamaba la inmediata privatización de Televisión Española. Sin más. Algunos elucubran con la retirada de todas las ayudas a la producción cinematográfica española. Otros, un poco más atrevidos, explicitan la reducción de salarios, eso sí en absoluto el suyo, que en ocasiones es simplemente catarata de dinero por un trabajo sucio de tamañas dimensiones.
Para desgracia nuestra, cada vez es más frecuente observar que cuando se habla de cultura en sus diversas manifestaciones, la referencia inmediata es o bien a su consideración como mercancía lisa y llana, o a su conexión indisoluble con el turismo. Opiniones así menudean tanto entre unos como entre otros. Parece que se haya interiorizado a escala hispánica este valor que desconoce la consideración de arte y cultura emanadas de la Ilustración. Del valor intrínseco de la cultura como construcción humana, testimonio y reflexión sobre su acontecer y su condición, paradigma crítico de comportamientos, impulso de la civilidad o estímulo de transformaciones individuales o colectivas, sólo se habla en algunos pocos enclaves de resistencia.