En esta ocasión me habló mucho de la importancia que tenía para él la lucha ideológica y la acción cultural. Concedía a todo ello una enorme importancia. Renau fue siempre, y en mi opinión es uno de los rasgos que lo definen, un ser humano que actuaba por convicciones firmes y arraigadas en las que fundamentaba toda su existencia, como ciudadano y como artista plástico, teorizador o pedagogo. Recuerdo las palabras que me dijo: "Lo que me preocupa es la funcionalidad en el arte. La función es la intencionalidad más los métodos, que deben guardar absoluta coherencia. Dime para quién pintas y te diré quién eres, ahí está el problema de la cultura. Un intelectual debe ser consecuente con su obra. No se puede dar ambigüedad y "belleza" como creación y limitarse a firmar de vez en cuando un manifiesto sobre Vietnam o Chile. La ambigüedad en arte puede ser una forma de neutralización, de fuga, de escapismo de la realidad." También de este encuentro dejé en la revista Triunfo oportuno testimonio en una entrevista publicada el 14 de agosto de ese año.
Volvimos a encontrarnos semanas más tarde en Venecia, en la denominada Bienal de la España Democrática. El dictador había fenecido y los italianos quisieron dar apoyo e impulso a los afanes hispánicos de cambio y democracia. Manuel García, coordinador de la presencia española en el evento, consiguió que lo invitaran. Yo asistía por mi parte a unas Jornadas sobre el Teatro en España que había organizado María Luisa Aguirre D'Amico. Pasamos unos días extraordinarios en esa ciudad deslumbrante y misteriosa. Nos vimos de forma habitual en los tiempos libres que nos quedaban.
El maremágnum que viví aquella semana hace que las imágenes evocadas se confundan y no tengan la claridad precisa. Sin embargo recuerdo muy bien una comida en la terraza de un restaurante sito en un "campiello" junto a un canal, bajo un entoldado, en la que con Renau compartimos manteles el Presidente de la Bienal, Carlo Ripa di Meana, Manuel García y yo mismo. Había una quinta persona que no intervino en la conversación y ni siquiera sé si llegó a probar bocado. Se trataba de un fotógrafo que hizo una larga serie de tomas del grupo y muy en particular de quien era centro de nuestras atenciones. Pepe estuvo aquel día extraordinario en su casi monólogo, contándonos historias de todo tipo sobre la guerra y sus experiencias del exilio. Ripa di Meana tenía el rostro embebido por la fascinación que le producían sus palabras, admirado del personaje que tenía delante y que para él, europeo de buena ley, era un pedazo de historia, nada más y nada menos.
Y Pepe Renau vino a España, como a él le gustaba decir. Estuvo sobre todo en Valencia y realizó varias exposiciones. Yo apenas lo vi. Un día del mes de mayo de 1978 me telefoneó para pedirme que le diera asilo: "Tenme unos días en tu casa, aunque sea en un rinconcito", me dijo con voz menos briosa que de costumbre. Allí recaló, desde luego. Me contó entonces que se sentía agobiado por las alusiones constantes al dinero del consorte de una familiar próxima. "No puedo más", me espetó ya recuperado el ánimo y la firmeza en la voz.
Fueron tres o cuatro días de vida familiar los que pasó con nosotros. Estuvo encantador. Parecía contento, no quería causar ninguna molestia y todo le parecía bien. Enfundado en un batín azul oscuro, o con un pantalón de pana gris y una camisa a cuadros, se pasaba horas hablando conmigo y con mi mujer. Nuestra hija Laura tenía entonces once meses y lo llamaba "yayo". A poco de nacer le detectaron una luxación congénita de cadera y estaba escayolada desde la cintura hasta los pies. Como comentario jocoso y un tanto ácido a la par, decíamos: "¡Mira que si acaba siendo bailarina de ballet!", y el augurio aquel se ha cumplido y Laura es primera bailarina de ballet clásico. ¡Cuántas veces recordamos a Pepe rememorando estas cosas! También hicimos algunas fotos con mi hija sentada en sus rodillas, que conservo con cuidado sumo.
Aproveché la ocasión para hacerle un pequeño encargo. El Ministerio de Cultura me había pedido que diseñara y dirigiera una exposición sobre Valle-Inclán, destinada al Festival Mundial del Teatro de las Naciones que iba a celebrarse en Caracas. Logré sin problemas que los responsables del ministerio aceptaran que el cartel lo hiciera Renau; a él le pedí que lo diseñara si le apetecía. La verdad es que había percibido que constituía una posibilidad a mi alcance conseguirle de este modo algún dinero que le iba a venir muy bien. Hizo un boceto polivalente que sería cartel, portada del catálogo y cubierta del disco que íbamos a hacer recuperando la voz de Valle-Inclán.
Recuerdo muy bien su inquietud cuando me lo mostró. Era un cartel estupendo al que puso el lema autógrafo de "Homenaje a Bagaría" en la parte baja a la derecha. Los tres colores escogidos eran los de la bandera de la República. La misma sensación de leve ansiedad reapareció cuando fuimos a enseñárselo a los responsables del ministerio. Quizás no entendieron demasiado lo que proponía, pero hicieron expresivos gestos de aprobación y le dedicaron palabras de elogio. Pepe se tranquilizó con aquello y todo vio la luz en tiempo en forma. Tuve cierto sentimiento de tristeza observando a un hombre de su fuste y talla, inquieto ante lo que podría decir un funcionario desconocido sin mayor relieve.
Debió ser por aquellos días cuando se produjo un acontecimiento singular. En una especie de restaurante castizo de la calle Factor, ubicado en unas cuevas bajo la muralla árabe, se celebró una cena de homenaje a Santiago Carrillo por la publicación de su último libro, creo que El año de la Constitución . No éramos muchos los asistentes, pero yo llegué unos minutos tarde porque había estado con Pepe, y todos los puestos estaban ocupados. Me pusieron una silla en el lado libre de la mesa presidencial, de espaldas a la concurrencia y frente a Carrillo.
Fue una ocasión para hablar de esas cosas que sólo pueden tratarse en ocasiones así. Le comenté como de pasada la causa de mi retraso. Se quedó algo sorprendido y me interrogó: "¿Tú de qué conoces a Renau?". Le puse al corriente de las entrevistas que había publicado y todo lo demás. Entonces me espetó: "Yo creo que Renau está muy «cascao»". Ahora el sorprendido con desagrado fui yo. Le respondí que yo lo encontraba estupendo y pasamos a hablar de otra cosa. Le conté el comentario a Pepe a la mañana siguiente, se puso serio y arguyó contundente, tengo fijas sus palabras: "Haberle dicho que todas las personas honradas acaban por encontrarse, de eso nos conocemos", y no dijo más.
Creo que después de aquello no volví a verle. Supe que había vuelto a Berlín, que retornó a España alguna vez, pero no coincidimos. Yo estuve en México bastantes meses y quizás si me telefoneó no pudo encontrarme. Un día de 1982 supe de su fallecimiento por los periódicos. Lo sentí como si se tratara de un familiar cercano, un amigo fiel y un pedazo de nuestra historia a un tiempo, que nos había abandonado. Como siempre, nos queda la memoria y también la certeza de que es cierto aquello que decía Valle-Inclán: "Nadie muere por completo mientras es recordado". Por eso dejo aquí este breve testimonio.