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ADE-Teatro 119 ADE-Teatro

Recuerdos de José Renau

por Juan Antonio Hormigón
ADE-Teatro nº 119, Enero / Marzo 2008

Número de páginas: 2
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En el año 2007 se ha cumplido el centenario del nacimiento de José Renau (1907-1982). Pintor, fotomontador, muralista, pedagogo militante político en los años de la República Española, la guerra civil y el exilio, su personalidad y su obra constituyen una seña de identidad imperecedera en la plástica revolucionaria española del siglo XX.
El pasado 12 de septiembre recibí por correo electrónico una carta de Manuel García recabando mi colaboración al Catálogo de la exposición panorámica sobre la obra de José Renau que se preparaba para octubre, de la que era Comisario. Mi cariño por Renau, la familiaridad que llegamos a tener, unidos a mi deseo de participar en un evento conmemorativo de notable calado, me llevaron a responder de inmediato de modo afirmativo.
Siempre he tenido una relación cordial con Manuel García, más continuada en ocasiones y lejana en otras porque nuestros pasos marchan por sendas y territorios diferentes. Yo le recordé los días que pasamos en Venecia con Renau y una comida con Ripa di Meana, de la que conservaba, según me dijo, un vivo recuerdo y fotos. Yo le hablé de que tenía otras del pintor con mi hija Laura de pocos meses, sentada en sus rodillas. Me propuso que las intercambiásemos en trueque amistoso y cómplice.
Recibí en total tres misivas electrónicas a las que respondí en cada caso. Como el tiempo que me había dado era corto, debía entregar mi artículo antes del 1 de octubre, me puse a la tarea de inmediato. El 1 de octubre le envié las cuatro fotos de Renau en mi casa, el 2 el texto de mi contribución. Ya no tuve respuesta alguna. Un tanto sorprendido por el silencio le escribí una breve nota pidiéndole me confirmara que todo había llegado. Silencio absoluto. Finalmente cuando se publicó el Catálogo pude comprobar que mi colaboración no aparecía.
Puedo esperar a estas alturas de mi vida cualquier cosa, pero me sigue indignando la mala educación, como es el caso. Se me ha pedido una contribución en términos insistentes y amistosos, a la que respondí de inmediato ciñéndome a la extensión solicitada y a los plazos previstos. Sin hacer más preguntas. Puede acontecer alguna circunstancia azarosa que impida su inclusión, pero entonces hay que comunicarlo razonadamente. Escoger el hermetismo supone adoptar una actitud censorial y arbitraria que lesiona la dignidad de quien escribe y que hubiera sacado de sus casillas a Pepe Renau, eso lo sé bien.
Como felizmente dirijo una revista versátil y en la que nunca haremos algo así, incluyo el texto aludido porque añade algunas referencias a la personalidad humana de aquel extraordinario personaje.
Recuerdos de José Renau
Por Juan Antonio Hormigón
La primera vez que el nombre de José Renau apareció ante mi vista fue hacia 1970. Trabajaba entonces sobre Valle-Inclán y en la Hemeroteca pude leer la revista Valenciana Nueva Cultura , promovida por el propio Renau, en la que mantenía una sección titulada "Testigos negros del siglo XX". No recuerdo cuándo, pero alguien me dio el soplo de que vivía en Berlín Este, capital entonces de la República Democrática Alemana.
En 1974 yo estaba preparando la escenificación de El Dragón , una obra excelente de Evgeni Schwartz. Un gran artesano, Eddie Fisher, iba a construir aquel gigantesco dragón escénico de tela y bambú, y viajé con la maqueta que había hecho Fabiá Puigserver a cuestas, para poder ajustar ambos. Aproveché la ocasión para pedir a mis anfitriones si podían concertarme un encuentro con Renau. Me dijeron que lo iban a intentar y al día siguiente me lo confirmaron.
A primera hora de una tarde de fines de junio, un coche me depositó frente a la casa de Renau en el barrio berlinés de Mahlsdorf. Era un edificio de dos pisos, el superior dedicado a estudio, con un amplio terreno alrededor para jardín. Todas las viviendas del entorno eran similares y muy cerca se alzaba un bosque espeso y frondoso. Allí estaba Renau acompañado de su hija Teresa y de una discípula, Marta Hoffmann, que entonces le acompañaba.
Aquel primer encuentro duró horas, creo que unas ocho o nueve, quizás más. Yo estaba al comienzo un tanto cauteloso ante aquel personaje que además de ser un artista plástico de extraordinario interés, ocupaba por derecho propio un puesto en nuestra historia: había sido Director General de Bellas Artes, con Jesús Hernández como ministro de Instrucción Pública; responsable de la operación de salvamento de los tesoros artísticos del Museo del Prado; organizador del Pabellón español de la Exposición Internacional de París de 1937, etc. Pero a poco, hablábamos ya como dos amigos que se conocieran de antaño. Su verba torrencial, su tono confianzudo, su afabilidad, su socarronería inveterada, sus improperios saludables, favorecían que esto fuera así.
La mayor parte de nuestra plática giró en torno a su vida y su trabajo como pintor, muralista, fotomontador, teorizador del arte a la par que activo militante en la política. El destilado de todo ello, lo recogí en una amplia entrevista que apareció en la revista Triunfo el 10 de agosto de ese mismo año. Pero me contó muchas otras cosas que no reseñé entonces con claridad, desde cómo había sido su toma de posesión como director general, hasta los accidentes que sufrió en México que el consideraba fueron atentados contra su vida, las peripecias valencianas en sus comienzos, algunos sabrosos comentarios en torno al Congreso de Intelectuales de Valencia o su vida y trabajos en la RDA. Me mostró en su estudio, con minuciosidad de artífice, algunos aspectos del diseño y materialización de sus murales.
La locuacidad de Pepe Renau era torrencial, pero también impagable. No tuvo inconveniente en mostrar sus discrepancias con la dirección del PCE, aunque nunca se hubiera permitido provocar una renuncia escandalosa. Salí de allí llevando bajo el brazo un ejemplar de Fata Morgana USA , en donde se incluyen algunos de sus fotomontajes más relevantes. Un regalo que me llenó de placer y halago.
Cuando volví a su casa meses después, estaba admirado de la minuciosidad y exactitud de mi entrevista. Me dijo que había llegado a desconfiar porque veía que no tomaba ninguna nota. Era cierto. Conservé todo en mi cabeza y la escribí de memoria. En 1976, coincidiendo con una parada en Berlín a mi regreso de una estancia en Estocolmo, nos encontramos de nuevo. Debió de ser a finales de julio. Le visité de nuevo en su casa, pero esta vez pasamos casi todo el día en inagotable coloquio. Nos dio tiempo de pasear por la orilla del bosque, comimos, me contó sus experiencias muralistas con Xiqueiros, me mostró una vez más documentos, bocetos y estudios de los murales que había realizado para la Nueva Halle, etc. Conocí a su hijo que era arquitecto, e iba a construir su nuevo estudio en el jardín. Después me acompañó hasta el tranvía o tren eléctrico que me llevaría hasta Alexanderplatz. Pero sobre todo estaba radiante y un poco conmovido, aunque lo disimulaba todo lo que podía, por su próximo regreso a España que tenía ya apalabrado.
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