Autor sólido, escenógrafo eminente, director de escena
de amplia formación, pedagogo solvente y laborioso, Adrià
Gual es un personaje fundamental en la configuración del espacio
renovador teatral en los primeros treinta años del siglo. También
el director de escena en el sentido contemporáneo de mayor cualificación
en la España del momento. Fue igualmente quien llevó a la
práctica el principio de autonomía de la escenificación,
diferenciándola de la literatura dramática, y la necesaria
e ineludible presencia del director. Por muy contradictorias que nos parezcan,
convergen en su caso la influencia de Antoine, de la noción wagneriana
del Arte Total, las creaciones ambientales de los simbolistas a través
de los espectáculos de Paul Fort y Lugné-Poë y los progresos
técnicos y científicos de la escena. La tarea del director
consistía a su modo de ver en que "suponiendo que todos los
elementos de que dispone están perfectamente penetrados de la obra
en cuestión, los guiemos por la mano, procurando la perfecta armonía
entre ellos"
[ 11 ] . Su presencia es igualmente necesaria para impedir
discordancias artísticas y establecer la armonía del conjunto,
entendido como un trabajo cohesionado de los actores que participan del
mismo amor, sacrificio y voluntad.
En Madrid las cosas fueron algo diferentes. No faltaron propuestas, escritos
ni intentos, algunos de ellos de gran interés y entidad, pero siempre
fueron efímeros en su materialización o tan sólo lograron
influir en un entorno minoritario de convencidos. Incluso en algunos casos
no trascendieron el entorno familiar y de amistades que a ellos concurrían.
La capital del Reino ha sido siempre pábulo de intrigas en el medio
escénico y espeso boñigal de mezquindades. Con harta frecuencia
se desdeñó allí, con olímpico rictus mostrenco,
el saber y se ensalzó al mercachifle, al filisteo pertinaz, al ignorante
con ínfulas de estar de vuelta de todo, al petulante bilioso.
A nadie se le ocurrió pensar que si no se modificaba el modo de
producción teatral existente, era imposible que un teatro con motivaciones
estéticas y sustentador de ideologías progresistas, pudiera
difundirse y construir su espacio propio en el tejido social. Todas las
gentes abnegadas, voluntariosas y muchas veces de gran cultura en cuestiones
teatrales, miraban a Adrià Gual como un ejemplo anhelado, como una
luminaria en el horizonte, como un modelo a seguir. Nunca consiguieron algo
de similar envergadura en sus pagos. Al parecer tampoco comprendían
que en eso sí eran diferentes Barcelona y quienes la habitaban.
En 1899, Benavente creó en Madrid el Teatro Artístico,
en el que colaboró Valle Inclán, cuyo objetivo era representar
un repertorio guiado por los intereses exclusivos del arte y por su intencionalidad
regeneracionista en toda la amplitud del término. Su referencia más
inmediata fue, como en otros casos, el Teatro Libre creado años
antes por André Antoine en París. Entre sus propósitos,
aluden a la escenificación de obras minoritarias y es perceptible
un cierto elitismo endogámico en sus propuestas.
En primavera y en el Teatro de las Delicias de Carabanchel Alto, representaron
La fierecilla domada de Shakespeare, traducida posiblemente por Manuel
Matoses y dirigida por Antonio Vico (hijo). Intervinieron como actores Concha
Catalá (Katharina), Benavente (Petruchio), Barinaga
(Vicentio), Martínez Sierra, Pedro González Blanco
y Alonso y Orera. Los carteles están diseñados por Santiago
Rusiñol.
El 7 de diciembre estrenan en el Teatro Lara, Cenizas, de Valle
Inclán que se ocupó de dirigirla. Su objetivo era recaudar
fondos para comprarle un brazo ortopédico a su autor, al que se lo
habían tenido que amputar el pasado mes de julio. La srta. Ordóñez
interpretó el personaje de Octavia, Benavente el de Pedro
Pondal, Martínez Sierra el del Padre Rojas y Moreno el
de Don Juan Manuel. Completó la velada la comedia en un acto
de Benavente, Despedida cruel. El reparto incluía al propio
autor junto a Martínez Sierra y Josefina Blanco. Escenificaron también
el Juan José de Dicenta y se propusieron estrenar Interior,
de Maeterlinck, traducida y dirigida por Valle Inclán, pero el proyecto
se frustró.
Todas estas experiencias de renovación adquieren sin embargo mayor
entidad en cuanto a la renovación de los repertorios y la promoción
de iniciativas que dinamicen el entorno o se dirijan a públicos diferentes.
Es difícil establecer en qué medida pudieron incidir en el
campo de la dirección de escena, aunque no deja de hablarse de la
cuestión en muchos casos. El siglo XX proporcionará desde
luego no pocas aclaraciones.