"Le es deudora la escena española al actor insigne de una
de las circunstancias que más avaloran las extranjeras, y que él
ha logrado implantar en las nuestras, dando la norma a todos los teatros
en tan vitanda cuestión: la propiedad en el decorado. Ya, fuera de
España, habíase llegado a la más escrupulosa verdad
en las tablas, y todavía continuábamos aquí sirviendo
a la vista del público pollos de cartón y té por cerveza.
Emilio Mario rompió contra semejantes convencionalismos, y en fuerza
de estudio, paciencia y dinero, ha conseguido que las obras representadas
bajo su dirección resulten verdaderos cuadros tomados de la realidad,
con todos sus característicos detalles: el natural mismo".
La escena como reproducción verista de la realidad, es el objetivo
estético que rige el movimiento de renovación escénica
europea, bien sea desde las categorías del naturalismo o de un realismo
algo más estilizado. Deleito y Piñuela en el libro que cité,
escrito años después de la desaparición de Mario pero
con el recuerdo vivo de las representaciones que presenció, describe
muchas de las reformas emprendidas en sus escenificaciones en cuanto a la
composición, la escenografía, la indumentaria, los muebles
y objetos, etc., a fin de que se erigieran en expresiones "del natural
mismo".
En primer lugar se propuso armonizar los elencos. Impuso una disciplina
firme aunque poco contundente en apariencia, fundamentada en su autoridad
y en el respeto mutuo. Logró en buena medida domeñar esa petulante
e insustancial prepotencia de determinados actores, que sientan plaza de
divos o seres divinizables, haciéndoles que aceptaran en la confección
del reparto los personajes que entendía más adecuados a ellos.
Con idéntica contundencia se aplicó en particular al rechazo
de los convencionalismos que asolaban la escena:
"Uno de ellos era el de que los actores no pudiesen volver la espalda
jamás al público. Mario en escenas de sillón y tertulias
domésticas, los hacía agruparse con naturalidad, de frente,
de espalda o de perfil, como en una verdadera reunión de personas
que conversan; pues consideraba con razón que el escenario no es
un escaparate de maniquíes, colocados cada uno en su lugar para mejor
visión del viandante, sino un reflejo de la realidad cotidiana".
Igualmente fue relevante su preocupación por la indumentaria.
No sólo en la distinción para vestir el frac, la levita o
los atuendos prolijos de las actrices, sino también para servirse
de los más comunes. Para el personaje protagónico de El
cura de Longueval, compró una sotana en el Rastro y "paseó
por Madrid enfundado en ella días antes del estreno, caracterizándose
tan bien, que se presentó en su casa haciendo creer a su criada
que era un cura auténtico".
Particular cuidado tuvo respecto a otros aspectos de la escenificación
que se resolvían tradicionalmente de forma rutinaria y bastante zafia,
me refiero al mobiliario y los objetos de utilería. Deleito recuerda
cómo para la comedia citada, rechazó una rica vajilla que
le presentaba el utilero, inclinándose por "una de loza blanca,
más acomodada a la sencillez de un párroco rural". Sustituyó
igualmente las jarras, copas, vasos, armas, etc., fabricados en madera
pintada de purpurina, por piezas reales y con entidad propia. Aquello respondía
cabalmente a su criterio estético, aunque con ello subvertía
las normas de una platea habituada a los objetos elegantes y lujosos aunque
chocaran con la temática expuesta.
Deleito relata un recuerdo familiar, magnífico exponente no sólo
del rigor y minuciosidades de Mario a la hora de la construcción
de los elementos escénicos, sino también de las condiciones
de producción disponibles en sus manos y en las de algunos otros,
menos míseras al parecer de lo que comúnmente se supone:
"A mi abuelo (mueblista entonces de casi todos los teatros de Madrid)
le daba Mario solo más quehacer que los demás empresarios
y directores juntos. Ante la proximidad de cada temporada, celebraba con
él repetidas entrevistas, para hacerle minuciosos encargos referentes
a las obras nuevas o renovadas en preparación. Intervenía
en todos los detalles: en el tono y el matiz de sedas, rasos y terciopelos,
en los juegos de tapices y cortinajes, en minucias de bordados y pasamanerías.
De aquellas conferencias surgía una movilización de comerciantes
de telas, ebanistas, carpinteros, tapiceros, doradores y demás operarios
de la industria del mueble".
Otros recursos escénicos fueron igualmente tratados con atención
muy particular. El realismo naturalista -del natural, sería más
justo- que guiaba su práctica escénica, le llevó a
introducir efectos de notoria y vistosa envergadura. También en El
cura de Longueval hizo "llover" en escena con convincente
verismo, por primera vez según creo. En otra ocasión en que
la acción precisaba un carruaje, hizo aparecer un tílburi
con su caballo correspondiente causando la sensación que es fácil
presumir.
Otro aspecto que quiso regular fue el de las vituallas escénicas.
Hasta entonces se utilizaban habitualmente pollos o viandas diversas de
cartón, o simplemente no existían. Mario tuvo particular empeño
en introducir en sus escenificaciones alimentos de verdad. Su exigencia
verista en esto fue de grandes proporciones. Cuando se trataba de banquetes
de gala o elevado postín, las encargaba a Fornos, el mejor restaurante
de Madrid por aquel entonces, y eran los propios camareros de la casa quienes
las servían en el momento oportuno de la representación. La
copia del natural debía llevarse a cabo en todos sus extremos, dentro
de las normas del buen gusto y la moral dominante, podríamos añadir.
Así se hizo en El amigo Fritz y en alguna otra comedia. La
calidad y cantidad de aquellos manjares era de tales proporciones, que lo
sobrante se repartía después entre los maquinistas y carreros
del teatro con gran regocijo por parte de los agraciados.
Las ideas de Mario transmiten el aroma y el sentido de las solicitudes
de Moratín, así como de las formulaciones del libro de Zeglirscosac.
Son igualmente las de un ilustrado, menos seguro en cuanto al procedimiento
de implantarlas y más profundo en sus referencias realistas e incluso
naturalistas, como es lógico. Un siglo separa unas de otras pero
el combate era el mismo y en poco habían cambiado las cuestiones
de fondo. La virtud de Mario, su capacidad, su mérito también,
consiste en que pudo llevarlas a cabo con bastante eficacia y coherencia,
aunque no fuera su ejemplo el que imitaran quienes se consideraban sus pares.
4
Algunos coetáneos, discípulos en cierto modo de Mario,
tuvieron iniciativas estimables. Entre ellos hay que resaltar las de Díaz
de Mendoza. El fue el primero en apagar por completo las luces de la sala.
El domingo 27 de octubre de 1901, la compañía Guerrero-Mendoza
que actuaba en el Teatro Español de Madrid, lo llevó a cabo
consiguiendo mayor concentración en la escena por parte de los espectadores.
En eso sí cundió su ejemplo y la medida fue adoptada rápidamente
por los demás teatros.
También invirtió cuantiosos recursos en sus producciones,
mandó realizar costosos vestuarios, pintar telones, adquirir muebles
y utilería originales, etc. Su amistad con gentes de la nobleza propició
en ocasiones el préstamo de armaduras, orfebrería, tapices,
armas y objetos varios, todos de constatable autenticidad. Una vez más
el deseo de hacer de la escena expresión de lo real condujo en ocasiones
a cierta desmesura.