Por otra parte, los referentes que podían servir en aquel momento
de incentivo para favorecer la aparición del director de escena en
España en su sentido contemporáneo, eran los franceses; a
mi modo de ver los alemanes y los rusos debían ser mucho más
inaccesibles salvo excepciones más bien escasas. Es plausible por
tanto que quienes pudieran asumir tareas específicas de dirección,
aunque fuera en el sentido protomoderno del término, gozaran de dones
tales como el dominio de algún otro idioma, mantener contactos y
leer publicaciones del exterior, y viajar para conocer otras prácticas
teatrales distintas a las de aquí. Creo que el personaje que reúne
estas condiciones más que ningún otro en su tiempo, es Emilio
Mario, con la nada desdeñable contribución de Enrique Gaspar.
La figura de Emilio Mario (1838-1899), merece un comentario aparte. Actor
en diferentes compañías, curtido en las más diversas
lides interpretativas, trabajador tenaz, alcanzó el reconocimiento
unánime como actor, fue importante promotor, director de un teatro
y también director de escena. Deleito y Piñuela en sus
Estampas
teatrales del Madrid teatral. Fin de siglo [ 6 ] , escribe: "Era Mario
hombre de cultura, de exquisito gusto, profundamente conocedor y admirador
del teatro español antiguo; y, aunque fuese el moderno el más
abundante en su repertorio, no olvidaba aquel, y le dedicaba puesto de honor..."
Mario mantuvo estrecha amistad con un autor notable en los amenes del
siglo XIX, Enrique Gaspar. El conjunto de cartas que el autor remitió
al director muestran hasta qué punto de confidencialidad artística
llegaba la relación entre ambos. Gaspar pasó buena parte de
su vida fuera de España, ejerciendo diferentes cargos consulares,
cuerpo en el que ingresó en 1869. Su pasión escénica
se desarrollaba lejos de los escenarios españoles, aunque alguna
vez dirigió personalmente algunas de sus obras. No obstante, seguía
pensando en términos renovadores en cuanto a la formalización
de las puestas en escena.
En 1887, el mismo año en que el
Teatro Libre de Antoine
inicia en París sus actuaciones bajo el signo de las nociones del
naturalismo en el teatro expuestas por Zola, Gaspar publica en Barcelona
un libro que agrupa tres novelas,
Castigo de Dios, Soledad y
Entre
bastidores. Aunque esta última constituye una descripción
minuciosa de los lances y sucesos en el entorno de la escena, es en
Soledad
en la que deja volar su imaginación para exponer sus concepciones
de una estética y una práctica teatral diferentes a las que
dominan en España
[ 7 ] .
En la página 339 expone sus ideas sobre una transformación
de la escenografía de telones, bambalinas, fermas y rompientes, propia
del romanticismo -concepción exclusiva para Manjarrés-, en
otra en la que se incluyan un techo acorde con las paredes, puertas amplias
con cortinajes a medida, propiedad en la definición de los espacios
interiores y exteriores de la acción, elementos decorativos adecuados
y pertinentes con el lugar, etc. Su propuesta consiste en acabar con el
convencionalismo pictórico y construir un espacio que sea reflejo
de la realidad aludida.
Una buena muestra de sus planteamientos sobre la ubicación, distancias
y escorzos de los personajes, la propiedad de la indumentaria, la valoración
de los objetos y la creación de acciones autónomas, la constituye
un pasaje que podemos leer en las páginas 339-340:
"Otra de las reformas que gustó mucho fue que al descorrerse
la cortina no aparecieran los dos interlocutores de ordenanza contándose
sus cuitas uno enfrente del otro, a grito pelado y en el centro matemático
de la escena, sino que uno de ellos, como dueño de su casa, leía
el periódico tendido en una silla diván delante de una chimenea
relegada al fondo, mientras el otro, huésped del primero, sentado
ante un velador, se confeccionaba unos cigarrillos de papel para la provisión
del día. Por supuesto, cada uno en un extremo distinto y vuelto de
espalda, porque había desaparecido el sofá clásico
paralelo a la batería que da a la decoración el aspecto de
una sala en sábado cuando se separan todos los muebles de la pared,
y en el que se desenvuelven las más arduas situaciones de la obra.
Notábase que los artistas procuraban estar siempre ocupados ya en
hojear un libro, ya en cortar tallos de flores para colocarlas en vasos,
ya en trabajos de adorno o en pasatiempos sin importancia; porque en realidad
nada es tan ridículo como las manos de nuestros actores, con las
que no hacen en el transcurso de la comedia sino agitarlas en los momentos
dramáticos o colocarlas en los normales en el estómago si
es mujer, y repartirlas si es hombre entre la solapa del gabán y
el bolsillo del pantalón".
Gaspar proponía esta visión de conjunto respecto al desarrollo
de las acciones descriptivas o autónomas, así como a la estructura
global, de modo empírico, aunque fundamentada en unas concepciones
estéticas próximas al naturalismo. Hoy podemos justificar
todo lo que plantea en función del tratamiento de las distancias,
las ubicaciones y los escorzos, lo cual confiere a sus palabras una extraordinaria
modernidad y justeza. Se percibe claramente que pesa en su ánimo
dar respuesta al interrogante que los actores se plantean a la hora de construir
sus personajes: saber no sólo lo que dicen sino inducir lo que hacen,
cosa que en su momento y ahora en muchos casos, es enormemente novedosa.
Las ideas de Gaspar no pasaron de ser consideraciones de carácter
imaginativo pero no fue así en el proceder de Emilio Mario, cuyas
escenificaciones, por los documentos que han llegado hasta nosotros en forma
de descripciones y alguna fotografía, constituyen intentos más
que casuales de llevarlas a la práctica. Nacido en Granada el 30
de enero de 1838, Mario Emilio López Chaves, que así se llamaba,
fue militar antes de hacerse cómico tras pasar por el Conservatorio.
Actuó en diferentes teatros de la capital y recorrió España
y parte de América con distintos elencos. Hombre de cultura y de
gusto exquisito, cuando regentó su propio proyecto se propuso una
regeneración del teatro español, comenzando por incluir en
su repertorio obras que representaban las tendencias más actuales
en aquel momento. Viajó a París para conocer las nuevas corrientes
y observar las formas organizativas de la Comédie Française.
Conoció a buena parte de los grandes actores franceses de su tiempo
y era buen amigo, como ya dije, de Gaspar.
En el Teatro de la Comedia recién inaugurado, sentó sus
reales para llevar adelante sus planteamientos. Es actor ante todo y confiere
una enorme propiedad a sus personajes, fruto de la observación y
un depurado proceso de apropiación y depuración, pero piensa
como director de escena, en primer lugar, en lo relativo a los repartos.
Constituye una especie rara en el teatro de su tiempo y de después
y de ahora mismo: en las obras que produce y escenifica, se otorga en ocasiones
personajes menores, incluso mínimos, adecuados a sus características,
renunciando a los protagonistas que no le corresponden. En un artículo
aparecido en
Blanco y Negro [ 8 ] en 1893, tres años después
del estreno de
Las personas decentes, una de las grandes obras de
Gaspar escenificada por él, leemos: