"Entiendo aquí por arte dramático el talento de representar
todas las buenas piezas teatrales, de cualquier género que sean,
de una manera conforme a su asunto. Este talento es de mucha extensión;
y reflexionando sobre sus partes esenciales, no se encontrará cosa
que se parezca a oficio; y antes más bien se notará que por
ciertos respetos es aún superior este talento al de las artes"
La primera sorpresa surge cuando inmediatamente afirma que "el
arte dramático se divide en dos partes esenciales: primera, en la
de los preparativos necesarios para la representación de los Dramas;
y segunda, en la de la representación misma". Es decir, el
arte dramático es privativo de la acción escénica en
concreto. Hete aquí que de forma inopinada, Don Fermín establece
-¡en 1800!- la diferencia, cuando menos conceptual, entre literatura
dramática y escenificación.
Interés particular tienen sus consideraciones respecto a la preparación
de la representación, lo que hoy entendemos como el conjunto de tareas
que diseñan y construyen una escenificación:
"Los preparativos abrazan todas las disposiciones, y todos los
pormenores preliminares, sin los cuales una representación no puede
tener lugar. Tales son la elección del sitio, el plan o construcción
del escenario, dispuesto según el género de dramas que deben
ser representados en él. El examen pertenece al juicio, que elige
el mejor de los proyectos que ha inventado el ingenio.(...) Además
la invención y arreglo de las decoraciones, y de las escenas movibles,
no es del resorte de la memoria. No depende todo solamente del pintor: el
Director del Teatro puede por sí sólo dirigirlo con arreglo
a su plan. (...) Los trajes pertenecen igualmente a los preparativos. (...)
Es necesario que sean empleados con discernimiento, y siempre de manera
que no se quebrante la verosimilitud, ni la conveniencia teatral. Una imitación
servil sería tan ridícula como perjudicial al efecto del Teatro.
(...) Es necesario mucho discernimiento, y un buen juicio para no exceder
el punto preciso donde deben conciliarse las conveniencias con la verdad
del traje, y el efecto que debe ser producido en los espectadores; y esto
exige ciertamente mucho más que habilidad".
¿Quién debe ser el indicado para ejercer una tarea tan
poco frecuentada por aquel entonces, tal y como Moratín descubría
en su escrito? La respuesta es sorprendente de nuevo: el director del teatro
es la persona apta para tales funciones, siempre que cumpla los siguientes
requisitos:
"Un Director del teatro debe, pues, poseer un tino seguro y delicado,
necesario para distinguir los personajes, de manera que haga tanta impresión,
que los espectadores sean convencidos por sus propios ojos, así como
por sus oídos, de las diferencias de todos los papeles. Sin esta
precaución nunca existirá en la representación esta
unidad, y las piezas harán mucho más efecto sólo con
leerlas".
En las Conclusiones finales es más explícito si
cabe. Introduce una terminología insólita, la de director
del espectáculo, y plantea el trabajo con los actores como cuestión
prioritaria. El autor explicita con sumo rigor las diferentes cuestiones
que ello plantea:
"En mi sentir, debería ser la ocupación esencial
del Director del espectáculo la de dirigir al Actor en el estudio
de su papel, de desenvolverle los pormenores, sin perder jamás de
vista la idea de la reunión, de indicarle el lugar verdadero que
debe ocupar en cada grupo, y de sujetarle todas las veces que su falta de
juicio le pudiese extraviar, o el necio orgullo, con el cual pretendía
substraerse a toda especie de subordinación, sin la cual muchos artistas
reunidos no producirían cosa ni aún mediana, y mucho menos
excelente".
Las reflexiones postreras de D. Fermín se centran en la condición
actoral, tanto en su propiedad como en su formación, tanto en su
conducta como en su ética. Ese y no otro ha sido el objetivo fundamental
de su Ensayo: contribuir a la formación técnica de
los actores, a su amplitud y coherencia expresiva, a la gradación
de su proceso interpretativo y a reforzar el significado de las relaciones
que cada cual debe mantener con el conjunto para que las acciones se construyan
con coherencia y sentido. Estamos ante un libro curioso, en el que se expresan
algunas cuestiones concordantes con lo expuesto por Diderot en la Paradoja
del comediante respecto a la condición social de los actores;
en el que se reflexiona con bastante amplitud sobre el sentido de la teatralidad
respecto a la lectura. No deja de ser inquietante que textos como éste,
tan importantes y significativos, incidieran tan poco en la rutinaria práctica
escénica que se siguió desarrollando en España.
3
A lo largo del siglo XIX, las funciones de dirección de escena
suele desempeñarlas el primer actor, práctica que proseguiría
incluso después en el teatro español. El hecho quizás
no sea tan simple en cualquier caso, pues con alguna frecuencia observamos
la presencia del autor o la selección de los elencos por parte del
empresario, pero la tónica dominante es la señalada. La consecuencia
constatable es el estancamiento de la escenificación que se mantiene
en formalizaciones marcadamente convencionales, y la reducción de
las tareas de dirección a la simple ordenación de la escena
según criterios repetitivos.
No obstante en las últimas décadas, cuando existen ya algunos
directores de escena en Europa con su función relativamente definida,
podemos rastrear en España con bastante esfuerzo algunos libros que
abordan la cuestión, así como un puñado de nombres
que aparecen como pioneros en la materia. Unos, como Emilio Mario o Díaz
de Mendoza, son actores que adoptan en sus escenificaciones un criterio
estético o utilizan unas técnicas propiciadoras de la espectacularidad.
Adoptan en sus escenificaciones un criterio estético o utilizan unas
técnicas tendentes a conseguir un tono y propiedad escénicas
más depurado en todos los sentidos.
Uno de los textos más significativos es el de J. Manjarrés,
El Arte del Teatro, publicado en Barcelona 1875 en la Librería
de Juan y Antonio Bastinos. Manjarrés, profesor de Bellas Artes,
se califica igualmente de Director de escena de Teatros. El primer aserto
que establece en la Introducción es que "en el Teatro
están combinadas todas las formas que el Arte reviste, así
la literaria, como la tónica y como la plástica,
ausiliándose mutua y recíprocamente para alcanzar de común
acuerdo y por distintos medios el objeto, y obtener todos los resultados
que del Arte pueden y deben esperarse". Ello equivale a superar cualquier
prejuicio literario respecto al hecho teatral y a considerarlo en su compleja
combinación de elementos expresivos diferentes.
El libro conjuga un breve recorrido histórico por los grandes
periodos escénicos para centrarse en un pormenorizado periplo por
el edificio teatral, sus funciones y sus prácticas diversas. El guía
de todo ello es el director-arquitecto, binomio que para Manjarrés
expresa fielmente la combinaciones de funciones entre uno y otro. Parece
que se anticipara a ciertas manifestaciones de Copeau o Valle-Inclán
en este mismo sentido.