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ADE-Teatro 100 ADE-Teatro

Inicios de la dirección de escena en España

por Juan Antonio Hormigón
ADE-Teatro nº 100, abril-junio 2004

Número de páginas: 7
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"Entiendo aquí por arte dramático el talento de representar todas las buenas piezas teatrales, de cualquier género que sean, de una manera conforme a su asunto. Este talento es de mucha extensión; y reflexionando sobre sus partes esenciales, no se encontrará cosa que se parezca a oficio; y antes más bien se notará que por ciertos respetos es aún superior este talento al de las artes"
La primera sorpresa surge cuando inmediatamente afirma que "el arte dramático se divide en dos partes esenciales: primera, en la de los preparativos necesarios para la representación de los Dramas; y segunda, en la de la representación misma". Es decir, el arte dramático es privativo de la acción escénica en concreto. Hete aquí que de forma inopinada, Don Fermín establece -¡en 1800!- la diferencia, cuando menos conceptual, entre literatura dramática y escenificación.
Interés particular tienen sus consideraciones respecto a la preparación de la representación, lo que hoy entendemos como el conjunto de tareas que diseñan y construyen una escenificación:
"Los preparativos abrazan todas las disposiciones, y todos los pormenores preliminares, sin los cuales una representación no puede tener lugar. Tales son la elección del sitio, el plan o construcción del escenario, dispuesto según el género de dramas que deben ser representados en él. El examen pertenece al juicio, que elige el mejor de los proyectos que ha inventado el ingenio.(...) Además la invención y arreglo de las decoraciones, y de las escenas movibles, no es del resorte de la memoria. No depende todo solamente del pintor: el Director del Teatro puede por sí sólo dirigirlo con arreglo a su plan. (...) Los trajes pertenecen igualmente a los preparativos. (...) Es necesario que sean empleados con discernimiento, y siempre de manera que no se quebrante la verosimilitud, ni la conveniencia teatral. Una imitación servil sería tan ridícula como perjudicial al efecto del Teatro. (...) Es necesario mucho discernimiento, y un buen juicio para no exceder el punto preciso donde deben conciliarse las conveniencias con la verdad del traje, y el efecto que debe ser producido en los espectadores; y esto exige ciertamente mucho más que habilidad".
¿Quién debe ser el indicado para ejercer una tarea tan poco frecuentada por aquel entonces, tal y como Moratín descubría en su escrito? La respuesta es sorprendente de nuevo: el director del teatro es la persona apta para tales funciones, siempre que cumpla los siguientes requisitos:
"Un Director del teatro debe, pues, poseer un tino seguro y delicado, necesario para distinguir los personajes, de manera que haga tanta impresión, que los espectadores sean convencidos por sus propios ojos, así como por sus oídos, de las diferencias de todos los papeles. Sin esta precaución nunca existirá en la representación esta unidad, y las piezas harán mucho más efecto sólo con leerlas".
En las Conclusiones finales es más explícito si cabe. Introduce una terminología insólita, la de director del espectáculo, y plantea el trabajo con los actores como cuestión prioritaria. El autor explicita con sumo rigor las diferentes cuestiones que ello plantea:
"En mi sentir, debería ser la ocupación esencial del Director del espectáculo la de dirigir al Actor en el estudio de su papel, de desenvolverle los pormenores, sin perder jamás de vista la idea de la reunión, de indicarle el lugar verdadero que debe ocupar en cada grupo, y de sujetarle todas las veces que su falta de juicio le pudiese extraviar, o el necio orgullo, con el cual pretendía substraerse a toda especie de subordinación, sin la cual muchos artistas reunidos no producirían cosa ni aún mediana, y mucho menos excelente".
Las reflexiones postreras de D. Fermín se centran en la condición actoral, tanto en su propiedad como en su formación, tanto en su conducta como en su ética. Ese y no otro ha sido el objetivo fundamental de su Ensayo: contribuir a la formación técnica de los actores, a su amplitud y coherencia expresiva, a la gradación de su proceso interpretativo y a reforzar el significado de las relaciones que cada cual debe mantener con el conjunto para que las acciones se construyan con coherencia y sentido. Estamos ante un libro curioso, en el que se expresan algunas cuestiones concordantes con lo expuesto por Diderot en la Paradoja del comediante respecto a la condición social de los actores; en el que se reflexiona con bastante amplitud sobre el sentido de la teatralidad respecto a la lectura. No deja de ser inquietante que textos como éste, tan importantes y significativos, incidieran tan poco en la rutinaria práctica escénica que se siguió desarrollando en España.
 
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A lo largo del siglo XIX, las funciones de dirección de escena suele desempeñarlas el primer actor, práctica que proseguiría incluso después en el teatro español. El hecho quizás no sea tan simple en cualquier caso, pues con alguna frecuencia observamos la presencia del autor o la selección de los elencos por parte del empresario, pero la tónica dominante es la señalada. La consecuencia constatable es el estancamiento de la escenificación que se mantiene en formalizaciones marcadamente convencionales, y la reducción de las tareas de dirección a la simple ordenación de la escena según criterios repetitivos.
No obstante en las últimas décadas, cuando existen ya algunos directores de escena en Europa con su función relativamente definida, podemos rastrear en España con bastante esfuerzo algunos libros que abordan la cuestión, así como un puñado de nombres que aparecen como pioneros en la materia. Unos, como Emilio Mario o Díaz de Mendoza, son actores que adoptan en sus escenificaciones un criterio estético o utilizan unas técnicas propiciadoras de la espectacularidad. Adoptan en sus escenificaciones un criterio estético o utilizan unas técnicas tendentes a conseguir un tono y propiedad escénicas más depurado en todos los sentidos.
Uno de los textos más significativos es el de J. Manjarrés, El Arte del Teatro, publicado en Barcelona 1875 en la Librería de Juan y Antonio Bastinos. Manjarrés, profesor de Bellas Artes, se califica igualmente de Director de escena de Teatros. El primer aserto que establece en la Introducción es que "en el Teatro están combinadas todas las formas que el Arte reviste, así la literaria, como la tónica y como la plástica, ausiliándose mutua y recíprocamente para alcanzar de común acuerdo y por distintos medios el objeto, y obtener todos los resultados que del Arte pueden y deben esperarse". Ello equivale a superar cualquier prejuicio literario respecto al hecho teatral y a considerarlo en su compleja combinación de elementos expresivos diferentes.
El libro conjuga un breve recorrido histórico por los grandes periodos escénicos para centrarse en un pormenorizado periplo por el edificio teatral, sus funciones y sus prácticas diversas. El guía de todo ello es el director-arquitecto, binomio que para Manjarrés expresa fielmente la combinaciones de funciones entre uno y otro. Parece que se anticipara a ciertas manifestaciones de Copeau o Valle-Inclán en este mismo sentido.
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