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ADE-Teatro 114 ADE-Teatro

La manifestación

por Laura Zubiarrain
ADE-Teatro nº 114, Enero / Marzo 2007

Número de páginas: 2
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¡Lástima! La actitud de este zaborrero gremialista perfilaba los mismos rasgos despreciativos de los denostadores mediáticos. No tenía ningún respeto hacia los actores como profesión, ni al resto de los sujetos de la cultura. No debe extrañarnos. Sus actos responden a la práctica tan común ahora, de que la apariencia se sitúe por encima del conocimiento o del trabajo o de la representatividad. Su mente está amoldada por la aceptación del neoliberalismo como único horizonte. No saben ni quieren hacer política, sino tan sólo publicitar su marca para venderla mejor y que los electores adquieran más votos en su día.
Los actores harían bien en no dejarse seducir por estos cantos de sirena, que por su tosquedad son demasiado evidentes. Mientras no se alcance un respeto real, basado en su valoración profesional y cívica, en la entidad intrínseca de su labor, no conseguirán que gentes así olviden la pretensión de utilizarlos simplemente para sus míseros fines. Les sonríen, les halagan en la medida que pueden servirse de sus «caras» como reclamo, no porque los consideren ciudadanos que tienen derecho a opinar y manifestarse. Gente como ésta, si algún actor lo hiciera en sentido contrario, utilizaría las mismas descalificaciones que tanto nos lastiman.
No olvidar esto supone que las gentes de la cultura deben actuar cuando lo consideren justo y negarse a ello si no lo es. No sucumbir a las pueriles seducciones y reclamar aquello que tanto se repite: que el gobierno diseñe una política cultural y teatral coherente, que nos equipare cuando menos a Europa. Los vociferantes mediáticos han construido desde hace años la idea de que la gente de teatro va buscando subvenciones para llevárselas a su casa y vivir del cuento. Alguno habrá, es posible, aunque desde luego en nada parecido a los escándalos urbanísticos. Pero nunca se han molestado en conocer cómo se utilizan dichos recursos, menores que los de cualquier otro de los sectores productivos; cuántos puestos de trabajo directos e indirectos generan, cuál es su contribución impositiva, etc. Este gobierno como los anteriores no ha hecho nada hasta el momento para que esta situación se modifique. Pero esta es otra historia.
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La contramanifestación del 3 de febrero fue igualmente fruto de un derecho, aunque siga latente la pregunta de por qué no todos juntos. Quizás porque ésta tuvo mucho de partidaria, hubo gritos reclamando la dimisión del Presidente del gobierno y especulaciones enajenadas de algún enajenado. Todos tenemos los mismos derechos civiles, hay que repetirlo una y otra vez. No es posible casar el decreto emitido por el gobierno del sr. Aznar, prohibiendo la utilización de los emblemas patrios, la bandera y el himno, en actos partidarios, con el hecho de que la primera apareciera de forma profusa en la contramanifestación y concluyera con el segundo. Incluso uno de los discurseantes se atrevió a decir: «Aquí está la España nacional», lo que equivale a desposeernos a su vez de la Nación española o a recordar fechas aciagas y repugnantes, esas sí, para España.
Es verdad que la derecha, cuanto más extrema, mayor empeño muestra por apropiarse de ellos como si el resto de los españoles no fuéramos merecedores. Recuerdo que en mis años de estudiante en Francia, asistí a un mitin del Partido Comunista Francés que comenzó con la Marsellesa y concluyó con la Internacional, cantadas ambas por los asistentes con el acompañamiento de una banda. En otros países las cosas se plantean de otro modo. Ciertamente no es fácil que quienes se instauran en la intransigencia de que España es su finca, sean del partido que sean, en nada ayudan a la civilidad y a que nuestro país sea realmente democrático, no sólo por la existencia de la matemática de los votos.
Hacer oposición no es estar a la contra de todo y contra todo. No consiste en lanzar injurias y no aportar alternativas ni razones. Hay cuestiones en que el gobierno y la oposición pueden coincidir y otras muchas en las que debe producirse el control y la crítica. Sin embargo, el meollo de la cuestión reside en tener una alternativa. No parece que existan porque nadie las expone. Ante una práctica concreta de un gobierno determinado, responda a las siglas que sea, raramente se enuncia con claridad el proyecto que la oposición propone para que los ciudadanos decidan. Ante el grave problema educativo que padecemos, por ejemplo, todo queda en expresiones genéricas y nunca en el enunciado de medidas concretas. Se trata en definitiva de no comprometerse en nada para que el ritual de invectivas prosiga su curso, evitarse la obligación de hacer política y tener las manos libres cuando se triunfa para actuar como les venga en gana.
¿Por qué una persona como Rajoy, al que muchos veíamos como inteligente, templado y prudente, ha desembocado en un abismo de desmesura, de acritud, de un energumenismo primario contra todo lo que el gobierno haga? ¿Quién puede aconsejarle tan mal? Este país precisa de un partido que desde la derecha plantee programas y exponga sus propuestas coherentes para la gobernación de España, que no cause miedo a una gran parte de la sociedad, sino confianza en que su gestión contemplará a la ciudadanía en función de valoraciones objetivas. Que no será el representante de los poderosos y de los fanáticos, entre otras cosas.
Con las decepciones que atravesamos, su porvenir sería mucho más brillante, podría proponerse como alternativa real, no ficticia. Para ello tendría que desprenderse de la extrema derecha que ondea el constitucionalismo sólo como un enunciado de su poder, más que como la proclamación de derechos y deberes de los españoles que es para lo que se promulgó. Una extrema derecha que lo está quemando, puede que de forma deliberada, porque tiene un tapado para sustituirlo. El problema es que por este camino, muchos ciudadanos se encogerán de hombros y acabarán abandonando, presos de hastío. Ese sí que es un daño difícilmente reparable para el porvenir de nuestro país.
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