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ADE-Teatro 114 ADE-Teatro

La manifestación

por Laura Zubiarrain
ADE-Teatro nº 114, Enero / Marzo 2007

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El terrible atentado de Barajas del pasado 29 de diciembre, con el saldo de dos muertos y una masiva destrucción en los aparcamientos de la T4, produjo en la ciudadanía la repulsa y la condena habitual en estos casos. La Federación de Asociaciones Ecuatorianas en España, como es bien sabido, convocó una manisfestación de repulsa contra el terrorismo en unión de los sindicatos UGT y Comisiones Obreras. Se invitó a que se sumaran a la misma a las formaciones políticas y entidades de la sociedad civil.
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Un amplio segmento de asociaciones culturales se declaró favorable a dicha iniciativa. La ADE lo hizo a su vez sumándose al Manifiesto elaborado por la plataforma cultural. Nuestra postura cívica era la de pronunciarnos contra el terrorismo y contra ETA, nada más y nada menos. Algo que era perfectamente asumible por todos los ciudadanos con sentido común. No fue así. De inmediato el Partido Popular se declaró en contra. En el lema, «Por la Paz, Contra el terrorismo», faltaba una palabra según decían: ¡Libertad! ¿Por qué no otras muchas, justicia, por ejemplo, que parece más concreta? En cualquier caso los organizadores la incluyeron de todos modos en aras de la unidad. El PP tampoco lo aceptó, todo les resultaba insuficiente, y no acudió a la manifestación y con él entidades como la Asociación de Víctimas del Terrorismo o el Foro de Érmua.
¿Qué puede pensar de todo esto la ciudadanía? ¿Cómo se negocia un acuerdo cuando, al parecer, los objetivos son comunes, si una parte dice que si no se hace lo que desean no son de la partida? No hay que ser extraordinariamente perspicaz para colegir que el PP había decidido no asistir aunque se modificara el lema cuantas veces hiciera falta. Todo ello por una simple cuestión: lo que realmente le importa es la recuperación del poder a cualquier precio. Todo vale para este negocio. Parece que el esquema utilizado hace años de exacerbar la tensión como rédito electoral que les dio buen resultado, sea el único argumento que son capaces de esgrimir.
Como ciudadanos tenemos el derecho de manifestar nuestras opiniones. Como sujetos productores de cultura, el deber de adoptar una postura más concreta. Resulta incomprensible que el pronunciamiento de apoyo a la manifestación de un amplio abanico de entidades culturales, pueda provocar el rechazo violento por parte de los agentes mediáticos del PP sin ahorrarse injurias ni procacidades. No es de recibo que la decisión de unos ciudadanos de acudir a una manifestación contra el terrorismo y contra ETA, sea recibida con las expresiones que hemos podido escuchar y leer.
La peor parte se la han llevado los actores, quizás por creerlos más vulnerables Los voceros mediáticos del PP no han vacilado en definirlos como «titiriteros», «polichinelas», dicho todo ello con ánimo ofensivo. Lo primero que se nos ocurre pensar es si ellos se miran al espejo y se atreven a definir sus comportamientos.
Durante años, a muchos nos ha merecido el máximo respeto el sr. Iturgaiz, así como María San Gil y todos aquellos cargos públicos y ciudadanos del País Vasco que tienen que existir acompañados de escoltas, con riesgo de su seguridad y en condiciones de acoso. El hecho de que no compartamos sus opiniones en numerosos casos, nada quita para que nos sintamos solidarios con la situación que padecen por hacer uso de sus derechos constitucionales. Por eso causa estupor escuchar en una entrevista radiofónica que le hacían al señor Iturgaiz, diputado europeo en la actualidad, refiriéndose a los actores y demás gentes de la cultura que eran convocantes de la manifestación: «¡Me repugnan!». ¿Cómo puede repugnarle que unos ciudadanos ejerzan un derecho constitucional, idéntico al que él reclamaba para sí en su tierra y con el que nos sentíamos comprometidos? ¿A qué grado de pérdida de control hemos llegado, para que un cargo público significativo del PP se exprese en términos tan soeces hacia los profesionales de la escena por ejercer su civilidad?
Con lo grave para la convivencia democrática que es todo esto, la cuestión tiene no obstante un calado mayor. El hecho de que los vociferantes injuriadores piensen que los actores en no pocos casos tengan que vivir del público, les lleva a considerar que debían callarse. En definitiva convertirse en ciudadanos de segunda carentes de opinión. Lógicamente, en el momento en que se instaurara un mecanismo distinto, en el que la subsistencia de los actores dependiera de la sociedad y no del público de forma servil, en que lo que se valorara de una vez por todas fuera su maestría en el desempeño profesional y no un cortejo de cuestiones subsidiarias, se alcanzaría su condición ciudadana plena y su respeto incontestable por la comunidad. Claro que para ello quizás debiera modificarse a su vez la mentalidad de no pocos actores. Las declaraciones, por ejemplo, del señor Luppi, serían consideradas tan sólo como las de un ciudadano notable por la proyección pública de su labor. Es lógico que muchos no las compartan y quieran responderle, pero eso no puede hacerse mediante las descalificaciones, las injurias o las amenazas, como se ha hecho.
Estuve en la manifestación con un numeroso grupo de gentes de la cultura, no sólo actores. Muchos otros quizás estaban diseminados por el cortejo, pero los allí reunidos caminábamos tras una pancarta de la Unión de Actores que había dispuesto un abnegado, entusiasta y eficaz servicio de orden. Todos los que me rodeaban tenían una opinión similar: estaban allí para pronunciarse contra el terrorismo y contra ETA, y en solidaridad con los dos trabajadores ecuatorianos muertos. Nadie manifestó que lo hacía para apoyar al señor Rodríguez Zapatero. Supe después que un grupo sí lo hizo, pero sólo lo constaté al verlos en televisión. Sus voces ni tan siquiera llegaron hasta nosotros. Es posible que alguien pensara que la manifestación tenía otros fines, pero no era ése el ánimo de la mayoría de los participantes.
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Siendo todo lo dicho de sonrojante gravedad, igualmente lo son otros hechos que sólo en apariencia proceden de bando diferente. Alguno de los organizadores madrileños del acto, no se recató un ápice en reclamar «caras conocidas» en cuanto a los actores que debían aparecer. Nada digo de lo que podía opinar del resto. Poco le importaban las diferentes organizaciones convocantes, lo que suponen como trama constitutiva de la sociedad civil, como lo son los sindicatos; lo que quería eran «caras», fuera cual fuera su ejecutoria o su entidad. De hecho, en la cabecera de la manifestación se «dieron» unas decenas de plazas, tras no poca rebatiña, a las «caras conocidas» a fin de que dieran lustre a la «mani».
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