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ADE-Teatro 111 ADE-Teatro

Teatro y control de calidad

por Alberto Fernández Torres
ADE-Teatro nº 111, Julio / Septiembre 2006

Número de páginas: 4
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Gran parte de las certificaciones de calidad no garantizan las bondades del producto o servicio finales, sino que ambos han sido elaborados o suministrados de acuerdo con procesos rigurosos y controlados que aseguran un buen resultado hasta donde tal cosa es posible.
¿Puede aplicarse todo esto al caso del teatro? Nuevamente se podrá esgrimir la diferencia. Los procesos escénicos son tan impredecibles, tan inciertos, tan singulares, tan poco replicables, que tal pretensión resulta ridícula, si es que no peligrosa para la propia creación escénica. En efecto, cualquier lector estará en estos momentos haciendo recuento de un buen número de proyectos escénicos que debieran haberse estrellado en buena lógica por sus discutibles planteamientos y que, sorprendentemente, generaron al final un espectáculo excelente.
Pero los sistemas no avanzan sobre la bases de sus excepciones, sino de sus reglas. Un individuo tan poco sospechoso en este terreno como Jean-Luc Godard venía a decir, a comienzos de los 60, que de un buen guión podía resultar una mala película, pero que jamás un mal guión podría dar lugar a una buena película.
Seamos un poco más tolerantes en nuestro caso. Limitémonos a decir que, en teatro, un buen proyecto o proceso escénico no asegura un buen espectáculo, pero también que sólo excepcionalmente, cuando se da una especial conjunción de talento y oportunidad, un mal proyecto o proceso escénico suele dar lugar a un buen espectáculo.
Por ello, tiene todo el sentido y viabilidad tratar de aplicar en el teatro sistemas de control de calidad "ex-ante", por dificultoso que sea. A un proyecto escénico -sea de creación o de gestión- se le puede pedir eficacia, es decir, que los recursos de que dispone aseguren la viabilidad artística, económica y material del espectáculo; en otras palabras, que éste pueda ser finalmente materializado. Se le puede pedir eficiencia, es decir, que la dimensión y disponibilidad de esos recursos sea proporcional a los resultados esperables, sin tratar de matar moscas a cañonazos, ni dar lugar a despilfarros. Se le puede pedir racionalidad, es decir, que sus características y dimensiones permitan su distribución y adecuación a los espacios escénicos y redes de exhibición disponibles. Se le debe pedir profesionalidad en su gestión y planteamientos económicos, a fin de que parta de un presupuesto elaborado, un plan de medios, un programa producción y distribución, un control de ingresos y costes, etc. Se le debe puede pedir rigor en sus recursos artísticos, es decir, criterios de selección de texto, actores, actrices, directores, etc. suficientemente argumentados. Se le debe pedir una programación racional, a medio plazo, transparente, responsable, orientada a objetivos sociales y culturales declarados. Se le debe exigir un estricto cumplimiento de la legalidad vigente en materia laboral, fiscal, de seguridad en el trabajo, etc.
El turno de la defensa
Adelantémonos en lo posible a algunas objeciones muy pertinentes.
La primera: ¿aseguraría todo ello la calidad del producto final? Ya hemos dicho que no. Simplemente, reduce las posibilidades de fiascos o despilfarros. Y otorga al proyecto escénico una impronta de rigor y seriedad que debiera serle favorable a la hora de obtener recursos públicos o privados, acceso a los espacios, impacto público, etc. Así ocurre cuando se aplican estos esquemas a otros productos o servicios ya que, si no fuera así, es decir, si tal aplicación no produjera ventajas comparativas y competitivas, nadie lo haría.
La segunda: ¿no supone todo esto una inevitable merma de la creatividad? Véase el párrafo siguiente.
La tercera: ¿debe ser exigido todo esto a todos los proyectos escénicos? Sin duda, no. Sí a los que se generan en el sector público, por su directa responsabilidad ante la comunidad como depositarios y gestores de recursos públicos. Sí debería constituir una ventaja para la obtención de subvenciones, por el mismo o parecido motivo. Lo mismo para convertirse en compañía residente de un local de titularidad pública. Lo mismo para ser contratado como gestor o programador (el famoso contrato-programa, que debiera ser inexcusable en todo centro público). Pero no "urbi et orbe". A las demás empresas de productos y servicios no se les obliga más que a la aplicación de la legalidad vigente. Todo lo demás son iniciativas voluntarias que reciben reconocimiento y proporcionan ventajas. Pero que no son legalmente exigibles. De la misma forma, no se puede ni debe exigir a ningún creador escénico el cumplimiento de esos esquemas o la obtención de un sello de calidad. Debiera ser siempre muy libre de hacer al respecto lo que le viniera en gana, sobre todo si considera muy razonablemente que esos controles pueden suponer un corsé para su creatividad. Pero, eso sí, asumiendo al mismo tiempo algunas consecuencias inevitables en lo que se refiere a la disponibilidad de recursos públicos (menor facilidad de acceso a las subvenciones, a los locales de las Administraciones, etc.) y la posible desventaja competitiva respecto de quienes sí aplican esos controles.
La cuarta: ¿y quién el pone el cascabel al gato?, es decir, ¿quién sería la benemérita institución encargada de la certificación o de la emisión de sellos de calidad? No las Administraciones, desde luego, que son parte interesada. No el propio sector, por los mismos motivos. Como en las demás actividades industriales y de servicios, la emisión de esos certificados debería depender de organismos independientes de autoridad reconocida. No hay problema: o ya existen, o se podrían establecer a imagen y semejanza de los existentes.
La quinta: ¿y quién hace de aprendiz de brujo?, es decir, ¿a partir de dónde y cómo podría elaborarse una norma de calidad aplicable al teatro? En la actualidad existen dos normas muy extendidas: la Norma ISO 9001:2000 y la Norma EFQM, cuya aplicación a otras actividades sociales y culturales está siendo ya desarrollada y que podrían y deberían ser adaptadas a determinados procesos de la creación y la realización teatral. Algunos profesionales de nuestro sector, como es el caso de Manuel Vieites y Robert Muro, llevan ya tiempo analizando la cuestión y bueno sería animarles a que compartieran públicamente sus reflexiones.
Lo que está en juego
No diré yo que nada de esto sea fácil. Ni que las críticas antes formuladas no estén exentas de algún que otro exceso. Ni que los argumentos empleados carezcan de ciertas dosis -o dosis ciertas- de economicismo, dogmatismo y cuantos ismos lamentables se nos puedan ocurrir. Pero conviene abrir el debate, por incómodo o impopular que resulte.
Volvamos al inicio de estas líneas. Vivimos en un edificio teatral en pie, pero francamente destartalado. Podemos echarle la culpa, con toda razón, al arquitecto, a la empresa constructora y a los contratistas de servicios. Pero, en su deterioro, los inquilinos tenemos también una gran responsabilidad, trufada de dejación.
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