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La cultura pasa por aquí

ADE-Teatro 110 ADE-Teatro

La convergencia teatral con Europa

por Juan Antonio Hormigón
ADE-Teatro nº 110, Abril-Junio 2006

Número de páginas: 3
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En numerosas ocasiones he manifestado que la transición democrática que con mayor fortuna se hizo en el terreno político, en la economía, en la gestión de las instituciones representativas, etc., nunca tuvo lugar en el teatro. Hubo áreas de la cultura española que recibieron benéficos impulsos e incluso transformaron positivamente sus infraestructuras y sistemas organizativos. Unas pocas, es cierto, pero en el teatro, salvo algún intento tímido e incompleto de crear algunas instituciones y de aumentar los recursos ínfimos que antes había, lo demás fue maquillaje costoso, ostentación y supervivencia de los atávicos sistemas heredados.
Hasta ahora y durante años, hemos escrito, perorado y debatido; hemos realizado reuniones, encuentros, seminarios y congresos sobre la cuestión pero todo ha sido inútil. Parece que nadie de los que tienen la capacidad de legislar o tomar decisiones escuche, proyecte o quiera cuando menos enterarse de la situación Parece que desde las formaciones políticas la cultura sea una cuestión molesta y espinosa con la que no se sabe que hacer, menos aún del teatro en particular; por eso lo más cómodo es que todo siga como está, con los mismos vicios, argucias e inconsistencia de siempre y a vivir, que son dos días. Sólo les sirve como lugar común al que referirse o como una colección de rostros «conocidos» que enseñar cuando les conviene.
No todo es así, por supuesto. A lo largo de los treinta años de vida democrática, he encontrado a unos pocos políticos y cargos públicos, quizás puedo contarlos con los dedos de una mano, que consideran de verdad que la cultura no es una mercancía. Su voluntad ha logrado alguna acción parcial, incluso algún logro, pero no ha hecho granero. Hay demasiadas gentes interesadas en que todo siga igual. También debo constatar que hay sectores de la cultura en que se han dado algunos pasos importantes, no en el teatro desde luego, en donde el inmovilismo es desolador.
El desarrollo musical
Hace unas semanas escuché una entrevista que hicieron en Radio Clásica a José Luis Turina, director de la Joven Orquesta Nacional de España (JONDE). Esta institución fue creada en el primer mandato del PSOE, si mi memoria no me falla, y se ha ido consolidando a lo largo de los años disponiendo de un apoyo creciente de los sucesivos gobiernos. No aparece en las páginas de los periódicos en demasía ni promueve escándalos a fin de dejarse ver, sino que realiza un trabajo tenaz, metódico y centrado en unos objetivos que se van cumpliendo de forma paulatina. Tan bien se hicieron las cosas en su día, que ni tan siquiera la actual ministra del ramo tan fascinada por el heavy metal , ha podido acabar con ella.
Turina habló de la orquesta como un proyecto maduro y con evidente y legítimo orgullo. No sólo hizo referencia a sus actividades sino que centró sus comentarios en algunas cuestiones intrínsecas a su propia constitución. Señaló por ejemplo el número creciente de solicitudes de jóvenes músicos para integrarse en la orquesta que se han multiplicado por diez. Igualmente aludió a cómo se han modificado los planes de formación, aumentando las horas lectivas en cuanto al estudio del intérprete orquestal. Hasta hace no muchos años, los alumnos de los conservatorios recibían una formación en la que predominaban los aspectos solistas, aunque la mayoría se integrara después en orquestas o conjuntos camerísticos. Ahora las cosas han cambiado y lo han hecho desde el plano estrictamente formativo.
Estas reflexiones le condujeron a señalar algunos de los objetivos alcanzados. Uno, el aumento de público en las manifestaciones musicales denominadas clásicas. Otro, de gran calado, se refiere a los instrumentistas. Durante años las secciones de cuerda se nutrieron de intérpretes provenientes de países del este de Europa, checos, polacos, rusos, etc. En este momento son mayoría ya los españoles, porque en este campo el desarrollo ha sido notable. En definitiva todo ello ha desembocado en la creación de numerosas instituciones orquestales en nuestro país, además de las existentes en Madrid y Barcelona de larga trayectoria. Algunas como las de Galicia, Extremadura, o Castilla y León dependen de las Comunidades; otras como las de Granada, Bilbao, Córdoba, Málaga, Valencia, etc., de los municipios. En general el nivel alcanzado por todas ellas es muy notable. Por último planteó la apertura de la orquesta hacia jóvenes directores, para incremetar igualmente su formación y desarrollo profesional.
Escuchando a Turina se me vino a la memoria un cometario difícil de olvidar. Cuando en 1985 se intentó crear el Centro Dramático de Aragón, el señor Labordeta escribió un comentario en la revista Andalán en el que decía que si una Comunidad autónoma no quería una tener una orquesta sinfónica no tenía por qué crearla. Más allá de que una cuestión como ésta no debe ser motivo de referéndum sino de la convicción ilustrada de los gobernantes que la impulsan para generar y difundir la cultura musical, lo cierto es que Aragón sigue siendo una de las que no tienen una institución de ese tipo. Quizás así se encuentren mejor y puedan dilapidar recursos en macroconciertos muy «visibles», que vienen, se van y nada dejan, en lugar de crear tejido cultural para su propia región y para su país.
Una comparación desoladora
Pero pensé igualmente en nuestro mundo teatral, tan distante en su situación de lo que nos refería el director de la JONDE. Cuando se creó la orquesta, recuerdo que se suscitaba igualmente la creación de un Joven Teatro Nacional de España, aunque este nombre fuera tan sólo tentativo, a la manera del Young Vic Theatre británico. No prosperó. Cuando se habla de teatro parece que todo es demasiado costoso a la par que innecesario. Mucha responsabilidad recae no obstante sobre el propio mundo escénico, que ha carecido de la capacidad y la convicción para presionar en una dirección adecuada.
Del mismo modo que se han creado orquestas sinfónicas podrían haberlo sido instituciones teatrales: ¿Dónde reside el problema? A mi modo de ver hay un aspecto inicial que pasa por la óptica que se tiene sobre el concepto profesional de músicos y gente de teatro. Los conocimientos y la técnica que exige la utilización solvente de un instrumento confiere a los ejecutantes una especificidad incuestionable. Todos observamos con admiración, incluso los políticos, la maestría con que el violinista, el trombonista o el percusionista extrae de su instrumento con maestría sonidos extraordinarios capaces de transmitir profundidad y lirismo a un tiempo. Esta labor no es susceptible de engaños simplistas. Alguien puede ser «amiguito/a», «loquito/a» o de la cofradía de la coca, pero si su ejecución instrumental es deficiente o desconoce las pautas de trabajar en una orquesta, no será contratado. El rigor profesional no es susceptible de estas manipulaciones deleznables.
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