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La cultura pasa por aquí
ADE-Teatro 109 ADE-Teatro

Como en tiempo pasado

por Juan Antonio Hormigón
ADE-Teatro nº 109, Enero-Marzo 2006

Número de páginas: 2
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Para conseguir este objeto es necesario que el pueblo responda a la capción y al soborno rechazándolos con inquebrantable energía; es necesario que se compenetre de su autonomía, es necesario que haga práctico un sufragio que si le fue concedido con determinadas restricciones mentales, debe tomarlo como real y efectivo [...]»
Coda
Quisiera resumir a modo de coda algunas de las cuestiones que considero nos asuelan en nuestro presente cultural.
La primera es la falta de correlación entre las siglas de los partidos y los personajes que las representan en un lugar concreto. Con frecuencia observamos que muchos de quienes aparecen en puestos de responsabilidad en nombre del PSOE, tienen criterios de actuación propios de la derecha más obtusa y del neoliberalismo más estricto. Por el contrario algunos de los situados en la órbita del PP, mantienen posiciones mucho más abiertas y constructivas, con mayor consideración por el sentido de la cultura como patrimonio y bien público, con actitudes más respetuosas hacia los sujetos culturales. Esta contradicción se da con mayor frecuencia de lo que sería deseable, hasta el punto de que las más veces las siglas ya no reprensentan nada y debemos atender a lo que cada persona que ocupa un cargo formula, propone y desarrolla.
Sería injusto no reconocer que hay socialistas que se comportan como tales en este terreno y otros del PP que exprimen a su vez sus mejores esencias conservadoras, cuando no abiertamente reaccionarias en la materia. Sin embargo, aun en estos casos, los comportamientos de unos y otros entre los que se agrupan en la misma formación, pueden ser francamente dispares. Por ejemplo, no es raro observar como tras unas elecciones en que triunfan las mismas siglas que gobernaban, el nuevo equipo de cultura se afana por hacer lo contrario que el anterior e incluso por destruir sañudamente lo que pudo llevar a cabo.
Obviamente estas actitudes erráticas responden ante todo a una falta de coherencia ideológica entre los integrantes de una formación. Para ellos, un partido político es simplemente un club clientelar para la ocupación de cargos públicos. A la vez puede constatarse igualmente la inexistencia de un programa de acción común. Los ciudadanos se sentirían más confortables si pudieran vislumbrar que las convicciones de los políticos y la fidelidad programática generan comportamientos coherentes, en lugar de ese habitual repertorio de caprichos arbitrarios que se ocultan tras un rostro siempre sonriente, dispuesto a rasgarse las vestiduras en loor del club pero por ninguna convicción.
La segunda de las cuestiones se refiere a la competencia que demuestran los ocupantes de cargos públicos, electos o por designación, en el ejercicio de sus funciones. El análisis de todo ello nos llevaría muchas páginas y la casuística es amplia, quizás inacabable. Por ello me limitaré a decir que la sustitución de la política por la publicidad en las ofertas electorales, nos ha conducido a una situación extrema. Ya no importa la condición, los conocimientos, la capacidad del candidato para el desempeño de sus funciones, lo que cuenta es su apariencia. Como no va a tener que aplicar un programa fundamentado en planteamientos ideológicos sino crear imagen, hacer que escucha y ver si alguna idea de las que se lanzan conviene a sus intereses, cualquiera que no tenga demasiados principios puede aprovechar la coyuntura que el amigo/a le propone.
Por supuesto y concluyo por el momento, poco de todo esto se observa en aquellos ministerios, funciones o tareas que el sistema entiende como serios: economía, interior, justicia, hacienda, industria, asuntos exteriores, etc. ¿Pero qué es la cultura para ellos sino un adorno? Un banderín de enganche para gentes dispuestas a movilizarse con cierta rapidez, que pueden servir en ocasiones los intereses de unos u otros, sin propuestas programáticas tampoco y con demasiada propensión a ir a beber a las fuentes de quienes ocupan accidentalmente los cargos de responsabilidad gubernativa. Una cosa es llegar a acuerdos programáticos y otra aceptar la beneficencia.
¿No es desolador que haya transcurrido más de un siglo desde aquel editorial de la Revista Gallega , y tengamos que hablar de estas cosas en términos casi idénticos?
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