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La cultura pasa por aquí
ADE-Teatro 109 ADE-Teatro

Como en tiempo pasado

por Juan Antonio Hormigón
ADE-Teatro nº 109, Enero-Marzo 2006

Número de páginas: 2
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En el curso de mis investigaciones en torno a Valle-Inclán me he topado de forma accidental con el artículo de fondo del número 9 de la Revista Gallega (12 de mayo de 1895), que se publicaba en La Coruña en los amenes del siglo XIX. Su lectura me ha dejado perplejo. Las razones que allí se exponen me han producido cierta zozobra, porque son idénticas en gran parte a las que podemos aducir ahora. Ha pasado más de un siglo.
Ciertamente la situación general es muy distinta. Aquella España consumida por las guerras coloniales en el exterior y la atonía y la carencia de horizonte en el interior por lo que toca a sus estratos dirigentes, sucumbía asfixiada por el caciquismo y los fraudes electorales. No creo que exista ahora lo segundo, aunque padezcamos una ley electoral urgentemente mejorable, y lo primero, el caciquismo, no merece el nombre de tal dado que adopta formas y métodos más subterráneos.
Por lo que respecta sin embargo a la cuestión de fondo, las capacidades y condiciones de las gente que optan a los puestos destinados a la gobernación de la comunidad, diputados nacionales y provinciales, concejales, altos cargos de ministerios, diputaciones, ayuntamientos o entidades públicas, el análisis es pertinente en relación a muchos de los que hoy están investidos de tamaña «potestas» aunque estén horros de la más elemental «autoritas».
A lo largo de los últimos meses, desolado por la profunda decepción -seamos corteses-, que nos ha producido la gobierno presidido por el señor Rodríguez Zapatero en materia cultural, he pensado largamente sobre estas cuestiones. Es relativamente sencillo enunciarlas y constatarlas, ni tan siquiera existe ya el mínimo decoro por hacerlas menos visibles, pero encoge el ánimo sopesar su dificultosa corrección en los tiempos que corren.
Transcribimos casi en su totalidad el artículo y concluiré con un segundo comentario.
 
«[...] En España el sufragio universal solo existe en el nombre, y una presión superior a toda voluntad es la que induce a los pocos que todavía se acercan a las mesas electorales.
En esto de representantes del pueblo hemos ido retrocediendo hasta el punto de que un derecho, tal vez el más serio que en la vida ejercen los hombres, ha llegado a ser una especie de farsa incompatible con la dignidad.
Un tiempo hubo en que, según frase feliz de un célebre político, hacían falta hombres para los destinos, hoy se precisan destinos para los hombres, tantos son los que se consideran aptos para desempeñar el más elevado cargo que la suficiencia puede apetecer.
Y vemos que por semejante causa, en vez de tener en las casas del pueblo personas que sepan velar por los intereses que a su custodia les son confiados, acuden a los ayuntamientos a hacer política , a obtener favores para sí y para sus paniaguados, a acrecentar su influencia por medio de humillaciones y apostasías que reprueba toda conciencia honrada.
Ha pasado ya la época en que los electores rogaban con encarecimiento a los que querían encumbrar que aceptasen la representación que se les ofrecía, y costaba titánicos esfuerzos el decidir a los elegidos a que se sacrificasen por sus conciudadanos distrayendo, en bien de éstos, parte de las horas que necesitaban dedicar a sus trabajos. Ha pasado aquella época y ahora, por el contrario, vénse los electores asaltados noche y día por los que ambicionan el sentarse en las poltrocurules, rogándoles con toda clase de ruegos sus votos para vencer a sus rivales políticos, que a tanto ha llegado la inmoralidad y a tanto y tan bajo descendió el barómetro del decoro en esto de elecciones de todas clases.
De aquí el que al presente echemos muy de menos aquellos ministros de la Corona que al finalizar sus funciones de tales, se retiraban a sus casas rodeados de una aureola de probidad que hoy ha llegado a ser un mito.
De aquí el que al presente veamos desempeñando las direcciones generales y otros empleos de confianza y de categoría, a personas cuyo mérito no se basa en sus aptitudes sino en el servilismo del que han sabido hacer escala y por ella ascender hasta alcanzar el logro de sus codicias. [...]
Y de aquí, finalmente, el que el más negado de los ciudadanos presuma tener sabiduría suficiente para regir los destinos de la nación y de una comarca con el cargo de diputados a Cortes o provinciales, o el de concejales en el municipio que más problemas tenga que resolver y para los cuales se necesitan un tacto especial y una superior inteligencia.
Y todos se sacrifican .
Y ninguno puede con el peso de su trabajo.
Y todos reniegan de la labor que les abruma.
Y ninguno, en beneficio del pueblo , tiene tiempo ni aun para respirar.
¡Oh, amor patrio!
¡Oh abnegación sublime que así obliga a los hombres a abdicar sus intereses a favor de los que sienten verdadera necesidad de paz, de justicia, de moralidad!...
Y no es esto lo peor de lo que les sucede a aquellos mártires .
¡El pueblo ingrato no agradece su sacrificio!
¿Habráse visto cosa igual? Pues a pesar de todo, no bien se inicia el periodo electoral, ved a los candidatos no darse punto de reposo para reunir votos; vedlos ir de casa en casa solicitando la aquiescencia de amigos y conocidos, y admiradlos ansiosos de continuar sacrificándose repetimos, en beneficio de sus conciudadanos.
[...]
La relajación política que todo lo corrompe y contamina, que todo lo desnaturaliza y prostituye, retrae a los hombres que tienen algo que perder, de ejercitar sus derechos, esos derechos inherentes en todo individuo nacido en un país que se rige por las leyes calcadas en la democracia.
Ante tal retraimiento únicamente toman parte activa en las contiendas electorales los agitadores de oficio por aquello de que: a río revuelto, etcétera ; y hacen hincapié para la satisfacción de sus ardientes y egoístas anhelos, en la bonhomie y en la pasividad de los que sienten repulsión de entrar en luchas en las que los que acuden de buena fe llevan la peor parte; la parte que corresponde al que le toca pagar los vidrios rotos.
Necesítase por lo tanto, una saludable reacción, y que los hombres de bien se impongan a los que no lo son, e importa que el reinado de la razón recupere los prestigios que ha ido perdiendo paso a paso; que si dejamos seguir entronizados a los revoltosos de todos los matices políticos, día llegará en el que no habrá ni un solo ciudadano honrado que esté conforme con su tranquilidad, que se acerque a las urnas a depositar en ellas los nombres de las personas que deban asumir en sí la representación popular.
[...]
Venga, pues, la reacción para que la confianza adquiera su justo predominio, pero venga por medio de la persuasión y el convencimiento de que todos estamos obligados, a medida de nuestras fuerzas, a contribuir al buen gobierno de nuestro país que pierde su crédito debido a la malicia de los unos y a la pasividad de los otros.
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