Lo sucedido en Nueva Orleans se ha convertido en una macabra metáfora de lo podrido e inicuo de un sistema, que hace de las lacras antedichas exaltación y sinónimo de virtud. No voy a insistir en aspectos relativos a la masacre que allí se ha producido porque se ha dicho tanto, que resultaría redundante. Se ha responsabilizado al grupo de poder de la presidencia de no haber firmado el convenio de Kioto y sufrir las consecuencias, de carencia de planes de emergencia, de evacuación, de respuesta ante la destrucción masiva, de recorte de fondos para reforzar los diques de una urbe que en su setenta por ciento se ha construido varios metros por debajo del nivel del mar, etc. Se ha dicho -¡ahora!- que los soldados hacían falta allí y no en Irak, como los recursos que a ello se destinan.
Todo este rosario de invectivas podría resumirse en algo que en estas páginas se dijo hace tiempo: la primera víctima del gobierno estadounidense es su propio pueblo. De pronto mucha gente que se ha creído lo que el cine hecho propaganda les muestra y lo que tantos pequeños esbirros de su poder airean, han visto con escándalo que era mentira. Nueva Orleans contenía enormes bolsas de miseria similares a la de los países más deprimidos, tasas de violencia, de drogadicción, de desapariciones, escalofriantes. Es lógico que los providencialistas hayan invocado súbito la variante del castigo divino a tanto desastre, pero hay que joderse con esa divinidad aludida que se lleva por delante a los pobres, a los desamparados, a los más débiles y deja que la procacidad de los responsables quede impune.
En su primera aparición, las palabras iniciales de Bush fueron: «Estamos luchando contra el terror...» Al parecer nadie le había cambiado el soniquete de tanta palabrería huera, ni informado que el «Katrina» era un huracán, no un grupo cualquiera de terroristas. Parece un boxeador sonado, nunca me ofreció otro aspecto. Una madre cuyo hijo soldado murió en Irak, quiere que le reciba este sujeto para responderle cuando le diga defendiendo la democracia y la libertad, que miente. Ya es mayoría la proporción de ciudadanos estadounidenses que están contra la guerra de Irak y de Nueva Orleans. ¿Quién estaba en lo cierto cuando millones de ciudadanos de todo el mundo se manifestaron contra esa barbarie y las consecuencias que ha provocado?
Los reaccionarios de nuestro tiempo que con frecuencia tanto invocan la democracia, la entienden simplemente como forma de elegir un caudillo. Consienten que haya un periodo para la reyerta, que no el debate, y luego le otorgan al vencedor -sean cuales sean los medios utilizados- poderes casi absolutos. Consideran el diálogo y el acuerdo como una debilidad y exigen un «liderazgo fuerte» como garantía de que el dominio de los que dominan seguirá siempre igual. Muchos estadounidenses quisieran que su presidente fuera como el que oficia en El ala oeste de la Casa Blanca, pero cuando eligen lo hacen por su antítesis, que ha llegado a extremos patéticos y paródicos con un tal George W. Bush. Las primeras víctimas son ellos y en ocasiones sólo lo alcanzan a comprender a través del dolor.