Alguien puede pensar que un escritor de apariencia tan ponderada y ecuánime
como Moratín el mozo, con su construcción impecable, su sentido
equilibrado de las proporciones, su ausencia de desmesura, difícilmente
logre transmitir algo más que placer reposado, sosiego y quizás
gélida racionalidad -siempre la gélida razón tan aludida
despectivamente por la sensiblería populachera que osa autodefinirse
como romántica-. Sin embargo una emoción casi primaria me inunda
cuando leo este poema y en ocasiones me produce un cierto ahogo que me impide
hablar. He llegado a la conclusión de que me siento implicado por lo
que allí se expresa y lo demás es su consecuencia.
Sin duda debe ser esta la razón por la que ese poema me conmueve: sentirme
en ocasiones en una situación similar. No porque me vaya de mi país,
que al menos de momento no tengo intención, sino por percibir la marginación
interior, el desdén, la misma hosquedad por parte de quienes tienen la
obligación de hacer que la ciudadanía sienta lo contrario. Nuestro
mundo es felizmente muy distinto al que padeció Moratín, pero
las inquietudes, las prepotencias y los desafueros pueden ser similares.
En definitiva estoy hablando de un sentimiento, de la sensación del tiempo
que pasa inútilmente sin que las cosas posibles y deseables se hagan,
de tanto esfuerzo que no encuentra cauce para fructificar, de los derroches
absurdos que nos encogen el ánimo, de que la desfachatez petulante o
la ambición disfrazada con afeites diversos sean quienes encuentran el
camino franco para sus manejos. Una época en que el trabajo tenaz y consecuente
tiene menos crédito que el del vago e indocto que derrocha hueros y vacuos
gracejos. Estoy hablando de cultura, de la cultura que todo lo impregna y cuando
no es así el pueblo se hace horda fanática, rebaño sumiso
o apática multitud pero no ciudadanía.
Moratín supo encontrar la palpitación en su ánimo de todo
esto en un soneto admirable.: "Pero si así las leyes atropellas,
si para ti los méritos han sido culpas..." escribe. El sabor de
un mundo en que la impunidad prevalece y se enseñorea puede ser así
de amargo.