Una de las lacras heredadas del franquismo que sobrevive pertinaz en nuestro
país y lastra, cuando no impide, nuestro desarrollo democrático,
es el mantenimiento de los conceptos dominantes en aquel periodo sobre esta
materia. Así se acuñó una forma de actuar en que el desempeño
de estos cargos estaba ligado exclusivamente al control de sus superiores, a
la discrecionalidad personal de quien lo ostentaba y al nulo contacto con la
sociedad civil, por muy incipiente que fuera, que se sustituía por relaciones
individuales con amigos, conocidos o grupos de poder, con frecuencia, empresarial.
Bajo ese sistema autoritario, discrecional e indiscutido, hasta podían
permitirse algunos la apariencia de ser liberales. Aunque las personas puedan
ser otras, si no se modifican dichos procedimientos la situación seguirá
siendo la misma en su fundamentación y la tendencia al autoritarismo
y la arbitrariedad, bien por ignorancia bien por torva ambición, seguirá
pendiente de nuestras cabezas. Las tentaciones de prepotencia o desdén
que generan son incompatibles con los comportamientos democráticos más
elementales. En ningún país europeo de tradición democrática
las cosas se producen de este modo.
Aún a riesgo de ser contumaz en el empeño, quisiera invocar una
vez más la cuestión de la sociedad civil, en particular la cultural
y más específicamente la teatral. Ello supone que la sociedad
se articula en entidades representativas. Hablar con un individuo no supone
hacerlo con un segmento social agrupado en aras de unas convicciones y también
de unos intereses y objetivos. Este diálogo entre gobierno y sociedad
civil para avanzar en proyectos de gobernación, realizaciones y reformas
estructurales es uno de los procedimientos más atractivos y ecuánimes
que pueden desarrollarse para llevar a cabo transformaciones que tiendan hacia
la justicia y la igualdad de oportunidades.
En ocasiones caemos en la trampa de creer que España fue siempre lo que
nos legó el franquismo: sencillamente no es verdad. Los avances que se
dieron en este sentido durante la Segunda República, nos pasan con frecuencia
inadvertidos. Les pondré un ejemplo: He reconstruído las instancias
que intervinieron en el nombramiento de Valle-Inclán como Director de
la Academia de Bellas Artes en Roma. Se emitieron cinco informes de otras tantas
entidades culturales, a partir de las cuales la Junta de Relaciones Culturales
del Ministerio de Estado, elaboró un informe conclusivo. Sólo
entonces se hizo el nombramiento de Valle-Inclán. España sí
había comenzado una auténtica modernización, sólo
que el franquismo fue desolador.
La ADE ha querido asumir siempre su condición de ser sociedad civil.
Podría enunciar lo que nuestra entidad ha hecho en diversos campos, a
veces con carácter exclusivo, pero entiendo que son bien conocidas. Más
importante sin duda es nuestra aspiración a ejercitarnos como un intelectual
orgánico, como decía Gramsci, en el ámbito de la acción
cultural. Y eso desde nuestra condición asociativa es un reto permanente.
En aras de estos principios podemos exigir -que no pedir: somos ciudadanos no
vasallos- el diálogo constructivo con las administraciones. Tarea ímproba
al parecer si no existe voluntad para ello. Pero dialogar no es simplemente
hablar. Se puede hablar por hablar sin que sirva para nada y eso me ha sucedido
ya muchas veces. Dialogar supone saber sobre qué, para qué, con
quiénes, con qué objetivo y si lo concluido va a tener incidencia
en la decisión. Lo demás es charla insustancial, como hubiera
dicho en ocasión como ésta Manuel Azaña.
Son muchas y de notable calado las cuestiones que nos inquietan. Las de mayor
urgencia a nuestro modo de ver pasan por la elaboración de un plan nacional
e integral para el teatro, que configure un programa de acción de gobierno
a corto, medio y largo plazo. Que no sea un simple enunciado de intenciones
sino una propuesta de la administración que pueda ser discutida por las
entidades representativas de la sociedad civil teatral y que estructure sus
vías y plazos de aplicación. En segundo lugar por la revisión
del concepto de propiedad intelectual respecto a la autoría de la escenificación.
Por último, dentro de la inminencia, el sentido, responsabilidades, titularidad,
organización, objetivos programáticos, relaciones con la sociedad
civil, optimización de recursos, etc., de los teatros.
3
Hace algún tiempo, una persona joven y estudiosa me hablaba de un libro
que iba a publicar, en el que analizaba el teatro como forma de conocimiento.
Sentí una curiosa vibración cuando me lo dijo. Durante años
enuncié con estos mismos términos uno de los más importantes
sentidos del hecho escénico. Después dejé de hacerlo, un
tanto aburrido ante la esterilidad y porque el panorama que tenemos a la vista
nos obliga a movernos en propuestas de mínimos. Aquello me llevó
nuevamente a considerar la problemática de la Ilustración española.
El desprecio a la Ilustración que ha habido en nuestra historia ha sido
casi una constante que se ha desbocado en el presente, en aras del dinero como
valor máximo y supremo, que puede justificar todas las indignidades.
La defensa de la Ilustración de entonces y de ahora es un objetivo en
el que la ADE se ha comprometido desde hace tiempo en foros muy distintos, nacionales
e internacionales.
Concluiré: Lo que no tiene sentido, lo que no nos causa ningún
placer, lo que pensamos que es una pérdida de tiempo que no nos merecemos
es vernos abocados a llenar la Plaza del Rey de colegas vociferantes pidiendo
que se nos escuche. Parece que sólo así caen en la cuenta algunos
de que existimos. Es un absurdo y un despropósito. Supone constatar que
se gobierna de forma contraria a las planteadas por el Presidente del Gobierno.
Proclamamos nuestra voluntad de diálogo constructivo y sólo encontramos
un pétreo muro de silencio más macizo que nunca. ¿A quién
sirve una actitud así? Desde luego no a la cultura ni al teatro, ni a
usted tampoco señor Presidente. Más bien lesionan su crédito
ante un segmento significativo de la ciudadanía, y el respeto que sus
palabras y hechos nos producen las más de las veces. ¿A quién
entonces? Usted, señor Presidente, debería hallar respuesta a
esta pregunta. Pero en cualquier caso, usted más que yo debería
reflexionar seriamente sobre las palabras de Jaime Vera.
La despedida
Por Juan Antonio Hormigón
Hay un soneto de Leandro Fernández de Moratín, La despedida,
que me causa siempre que lo leo una honda emoción. Lo he dicho muchas
veces pero no me importa reiterarlo. Fue escrito poco antes de que su autor
partiera hacia el exilio del que nunca retornó. La persecución
política decretada por Fernando VII era razón suficiente pero
quizás no le afectara tanto como la hosquedad que percibía en
su país, el triunfo pavoroso de la incultura, el fanatismo, la tosquedad
y el arribismo por todas partes. "Adiós, ingrata patria mía",
concluye, tan profundo era el daño que sentía.