No se trata de sembrar alarmas, como lo hace la oposición y la prensa irresponsable,
la del sindicato del crimen y sus allegados, sobre todo aquella que callaba cuando
Franco reinaba en sus redacciones, pero sí de considerar el punto en que
nos encontramos para evitar aventuras que tal vez no tengan vuelta atrás,
pues tan grave puede ser declarar el estado de excepción o suspender la
autonomía vasca como insistir en una vía de libre asociación
que parte literalmente el cuerpo social del País Vasco y lo divide en dos
mitades, una de las que se condena inmediatamente al ostracismo o se invita a
emigrar (y eso se llama, lisa y llanamente, movilidad étnica). Es posible,
pero nada deseable, que todo esto desate una espiral de crispación y de
violencia verbal que puede echar al garete todo lo que se ha conseguido en estos
veinticinco años. Y en ese sentido, el Sr. Ibarreche es muy listo, buen
aprendiz de hecho del jesuita hijo del requeté, y nos recuerda que para
no resolver el problema a tortas, mejor dialogar siguiendo el gesto y la dirección
de su mano, lo cual no deja de ser un chantaje que finaliza con un comentario,
tan velado como alucinado, al uso de la violencia. ¡A tal grado de despropósito
se ha llegado en el desvarío identitario! La nota cómica, y un tanto
esperpéntica, la ponía el Sr. Carod Rovira, en plenas navidades,
con su acto de desagravio al cava catalán y a los excelentes vinos que
produce esa tierra, y que la gente sensata, y con el poder adquisitivo suficiente,
ha seguido consumiendo con sumo placer.
Iniciamos así un año que, en lo político, va a resultar sumamente
complejo y complicado y no estaría de más que la clase política
aprendiese a vivenciar, como en el teatro, las razones del otro, lo que en el
caso de las fuerzas nacionalistas de uno y otro signo implica abandonar el uso
abusivo del nosotros, pensar el vosotros y entender el ellos. Hace muy bien José
Luis Rodríguez Zapatero proponiendo diálogo y deliberación,
y los dirigentes y militantes del nacionalismo vasco y sus allegados, en un ejercicio
de cristiana humildad, también debieran hacer examen de conciencia, como
manda su Santa Madre Iglesia y el Padre Ignacio, para ver hasta dónde han
llegado con su Estatuto, que les sitúa en una relación prácticamente
federal con el Estado, y todo lo que les ha aportado una Constitución que,
con sus defectos, ha servido para transformar y modernizar España y a todas
y cada una de las comunidades autónomas que la integran, pero sobre todo
a Euzkadi, desde su economía al proceso de recuperación y normalización
lingüística. Y tanto en tan poco, en veinticinco años. Ojalá
la negación incomprensible de ese presente no suponga la destrucción
del futuro de todas y todos: el suyo, el vuestro y el nuestro. ¡Máis
sentidiño, please!
Cultura y acción cultural
Por Juan Antonio Hormigón
La Escuela Nueva fue una sociedad creada en 1911 por el historiador y maestro
de futuros investigadores, Manuel Núñez de Arenas. Sus objetivos
aparecen implícitamente enumerados en la definición fundacional:
«Asociación de Cultura, formada por profesores y literatos, que
se inspira en las necesidades y tendencias de la Casa del Pueblo, donde tiene
su domicilio.» Intelectuales provenientes de campos ideológicos
dispares, participaron en sus cursos y debates, entre ellos Jaime Vera, Fernando
de los Ríos, Besteiro, Leopoldo Alas (hijo), José Ortega y Gasset,
García Quejido, Américo Castro, García Morente, Rafael
Urbano, Fabra Ribas, Meliá, Araquistain, Adolfo A. Buylla, L. Bejarano,
Cossío, Tomás de Elorrieta, María de Maeztu, Pablo Iglesias,
Torralba Beci, Unamuno, Largo Caballero, R. Carande, Azaña, Morato, Alvarez
del Vayo, Luzuriaga, etc.
Las intenciones de Núñez de Arenas y de su inspirador, el neurólogo
socialista Jaime Vera, eran las de construir una alternativa cultural amplia,
abierta, polémica y creadora frente a las corrientes arcáicas
o caducas. En la conferencia inaugural escrita por el anciano doctor, uno de
los primeros intelectuales que se adhirió al PSOE a finales del pasado
siglo, aseguró:
«La transformación social no se engendra directamente por la cultura.
Se engendra por la aplicación de la cultura. Y la aplicación de
la cultura es acción inteligente, pero acción... No basta con
la marcha natural de las cosas, debemos conocer la marcha natural de las cosas
para propulsarlas con la acción...»
Estas palabras, como todas las afirmaciones con meollo, enjundia y convicciones
en su substrato, siguen teniendo indudable operatividad. No basta con enunciar
la cultura, vienen a decirnos, sino que es necesario transformarla en acción
cultural para que sirva de herramienta transformadora de la sociedad. Lo que
Vera no dice, quizás porque lo da por supuesto, es que algo así
nace de la convicción, se articula mediante proyectos y programas, se
propone mediante pautas instrumentales y funcionales y tiene un horizonte de
objetivos: la esperanza de cualquier acción política consecuente
y progresista.
2
Siempre confiamos en que un cambio político debe traer aparejadas modificaciones
positivas y constructivas en el ámbito cultural y teatral. No me refiero
a un frívolo cambiar por cambiar, que en ocasiones puede ser sinónimo
de vuelta atrás, sino a transformar los conceptos, las formas de organización,
el modo de tomar las decisiones, etc.
El candidato a la presidencia del gobierno Rodríguez Zapatero, destapó
el tarro de algunas esencias en su discurso de investidura. Ninguno de sus predecesores
había dedicado tanta atención y espacio al enunciado cultural.
Pero además y con expresión decidida, planteó otra forma
de gobernar. Es una cuestión ésta sobre la que ha vuelto en repetidas
ocasiones. Quizás incluso haya conseguido implantarla en algunos ámbitos
de la gobernación, de eso no tengo duda, pero no en otros muchos y no
parece que en ningún caso en la cultura. Todavía en su último
discurso parlamentario respondiendo al Lehendakari Ibarretxe, recordaba algo
elemental en una democracia pero tan necesario de que se repita entre nosotros:
nadie puede tomar las decisiones de forma arbitraria o unilateral, siempre existen
otros organismos que relativizan e impiden la adopción de comportamientos
autoritarios.
El autoritarismo no supone el ejercicio de la autoridad legítima, imprescindible
para que los caminos se amplíen, sino la arbitraria y prepotente toma
de decisiones sin diálogo ni explicación de los antecedentes y
razones por las que se adoptan. Observando lo que sucede en el ámbito
cultural tenemos la impresión de que los enunciados del Presidente no
son desarrollados de forma adecuada por los cargos intermedios que deben aplicar
los criterios emanados de la presidencia. Esto no puede sino preocuparnos en
sumo grado porque está arruinando las expectativas que se abrieron en
su día.
A nuestro modo de ver, la cuestión estriba en el correcto enunciado de
la definición de las condiciones que deben ostentar y las responsabilidades
que deben asumir los cargos públicos, así como las relaciones
que es necesario articular entre el gobierno y la sociedad civil para que se
aúnen de modo fructífero y constructivo. De estas cuestiones se
habló mucho hace unos meses en los círculos relacionados con la
cultura, aunque al parecer sirvió de poco tanto entonces como ahora.