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La cultura pasa por aquí
ADE-Teatro 104 ADE-Teatro

Las razones del otro / Cultura y acción cultural/ La despedida

por Manuel F. Vieites / Juan Antonio Hormigón
ADE-Teatro nº 104, marzo 2005

Número de páginas: 4
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No se trata de sembrar alarmas, como lo hace la oposición y la prensa irresponsable, la del sindicato del crimen y sus allegados, sobre todo aquella que callaba cuando Franco reinaba en sus redacciones, pero sí de considerar el punto en que nos encontramos para evitar aventuras que tal vez no tengan vuelta atrás, pues tan grave puede ser declarar el estado de excepción o suspender la autonomía vasca como insistir en una vía de libre asociación que parte literalmente el cuerpo social del País Vasco y lo divide en dos mitades, una de las que se condena inmediatamente al ostracismo o se invita a emigrar (y eso se llama, lisa y llanamente, movilidad étnica). Es posible, pero nada deseable, que todo esto desate una espiral de crispación y de violencia verbal que puede echar al garete todo lo que se ha conseguido en estos veinticinco años. Y en ese sentido, el Sr. Ibarreche es muy listo, buen aprendiz de hecho del jesuita hijo del requeté, y nos recuerda que para no resolver el problema a tortas, mejor dialogar siguiendo el gesto y la dirección de su mano, lo cual no deja de ser un chantaje que finaliza con un comentario, tan velado como alucinado, al uso de la violencia. ¡A tal grado de despropósito se ha llegado en el desvarío identitario! La nota cómica, y un tanto esperpéntica, la ponía el Sr. Carod Rovira, en plenas navidades, con su acto de desagravio al cava catalán y a los excelentes vinos que produce esa tierra, y que la gente sensata, y con el poder adquisitivo suficiente, ha seguido consumiendo con sumo placer.
Iniciamos así un año que, en lo político, va a resultar sumamente complejo y complicado y no estaría de más que la clase política aprendiese a vivenciar, como en el teatro, las razones del otro, lo que en el caso de las fuerzas nacionalistas de uno y otro signo implica abandonar el uso abusivo del nosotros, pensar el vosotros y entender el ellos. Hace muy bien José Luis Rodríguez Zapatero proponiendo diálogo y deliberación, y los dirigentes y militantes del nacionalismo vasco y sus allegados, en un ejercicio de cristiana humildad, también debieran hacer examen de conciencia, como manda su Santa Madre Iglesia y el Padre Ignacio, para ver hasta dónde han llegado con su Estatuto, que les sitúa en una relación prácticamente federal con el Estado, y todo lo que les ha aportado una Constitución que, con sus defectos, ha servido para transformar y modernizar España y a todas y cada una de las comunidades autónomas que la integran, pero sobre todo a Euzkadi, desde su economía al proceso de recuperación y normalización lingüística. Y tanto en tan poco, en veinticinco años. Ojalá la negación incomprensible de ese presente no suponga la destrucción del futuro de todas y todos: el suyo, el vuestro y el nuestro. ¡Máis sentidiño, please!
Cultura y acción cultural
Por Juan Antonio Hormigón
La Escuela Nueva fue una sociedad creada en 1911 por el historiador y maestro de futuros investigadores, Manuel Núñez de Arenas. Sus objetivos aparecen implícitamente enumerados en la definición fundacional: «Asociación de Cultura, formada por profesores y literatos, que se inspira en las necesidades y tendencias de la Casa del Pueblo, donde tiene su domicilio.» Intelectuales provenientes de campos ideológicos dispares, participaron en sus cursos y debates, entre ellos Jaime Vera, Fernando de los Ríos, Besteiro, Leopoldo Alas (hijo), José Ortega y Gasset, García Quejido, Américo Castro, García Morente, Rafael Urbano, Fabra Ribas, Meliá, Araquistain, Adolfo A. Buylla, L. Bejarano, Cossío, Tomás de Elorrieta, María de Maeztu, Pablo Iglesias, Torralba Beci, Unamuno, Largo Caballero, R. Carande, Azaña, Morato, Alvarez del Vayo, Luzuriaga, etc.
Las intenciones de Núñez de Arenas y de su inspirador, el neurólogo socialista Jaime Vera, eran las de construir una alternativa cultural amplia, abierta, polémica y creadora frente a las corrientes arcáicas o caducas. En la conferencia inaugural escrita por el anciano doctor, uno de los primeros intelectuales que se adhirió al PSOE a finales del pasado siglo, aseguró:
«La transformación social no se engendra directamente por la cultura. Se engendra por la aplicación de la cultura. Y la aplicación de la cultura es acción inteligente, pero acción... No basta con la marcha natural de las cosas, debemos conocer la marcha natural de las cosas para propulsarlas con la acción...»
Estas palabras, como todas las afirmaciones con meollo, enjundia y convicciones en su substrato, siguen teniendo indudable operatividad. No basta con enunciar la cultura, vienen a decirnos, sino que es necesario transformarla en acción cultural para que sirva de herramienta transformadora de la sociedad. Lo que Vera no dice, quizás porque lo da por supuesto, es que algo así nace de la convicción, se articula mediante proyectos y programas, se propone mediante pautas instrumentales y funcionales y tiene un horizonte de objetivos: la esperanza de cualquier acción política consecuente y progresista.
2
Siempre confiamos en que un cambio político debe traer aparejadas modificaciones positivas y constructivas en el ámbito cultural y teatral. No me refiero a un frívolo cambiar por cambiar, que en ocasiones puede ser sinónimo de vuelta atrás, sino a transformar los conceptos, las formas de organización, el modo de tomar las decisiones, etc.
El candidato a la presidencia del gobierno Rodríguez Zapatero, destapó el tarro de algunas esencias en su discurso de investidura. Ninguno de sus predecesores había dedicado tanta atención y espacio al enunciado cultural. Pero además y con expresión decidida, planteó otra forma de gobernar. Es una cuestión ésta sobre la que ha vuelto en repetidas ocasiones. Quizás incluso haya conseguido implantarla en algunos ámbitos de la gobernación, de eso no tengo duda, pero no en otros muchos y no parece que en ningún caso en la cultura. Todavía en su último discurso parlamentario respondiendo al Lehendakari Ibarretxe, recordaba algo elemental en una democracia pero tan necesario de que se repita entre nosotros: nadie puede tomar las decisiones de forma arbitraria o unilateral, siempre existen otros organismos que relativizan e impiden la adopción de comportamientos autoritarios.
El autoritarismo no supone el ejercicio de la autoridad legítima, imprescindible para que los caminos se amplíen, sino la arbitraria y prepotente toma de decisiones sin diálogo ni explicación de los antecedentes y razones por las que se adoptan. Observando lo que sucede en el ámbito cultural tenemos la impresión de que los enunciados del Presidente no son desarrollados de forma adecuada por los cargos intermedios que deben aplicar los criterios emanados de la presidencia. Esto no puede sino preocuparnos en sumo grado porque está arruinando las expectativas que se abrieron en su día.
A nuestro modo de ver, la cuestión estriba en el correcto enunciado de la definición de las condiciones que deben ostentar y las responsabilidades que deben asumir los cargos públicos, así como las relaciones que es necesario articular entre el gobierno y la sociedad civil para que se aúnen de modo fructífero y constructivo. De estas cuestiones se habló mucho hace unos meses en los círculos relacionados con la cultura, aunque al parecer sirvió de poco tanto entonces como ahora.
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