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ADE-Teatro 103 ADE-Teatro

Pensar el futuro..., y construirlo

por Manuel F. Vieites García
ADE-Teatro nº 103, noviembre-diciembre 2005

Número de páginas: 4
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Hablaba antes de que se trata de un modelo que entiende la cultura desde posiciones reduccionistas. En efecto, por una parte hay una visión muy patrimonialista de la cultura, en tanto se orienta a fomentar la creación y la difusión de aquello que se ha llamado la "alta cultura", pero ahora también apuesta por los productos derivados de lo que se denomina "industrias culturales". Es decir, se trata de potenciar los bienes y productos culturales creados por un grupo reducido de ciudadanos que tienen carisma, o ese don gratuito que las musas conceden a algunas personas para beneficio de la comunidad, con lo que la segunda característica que apunta la excepción cultural es la de las políticas carismáticas. Patrimonialismo y carisma, dos características de las políticas más conservadoras, tanto en su acepción política de tradicionalistas como en su otra acepción, la de conservar y mantener inalterable el patrimonio. Políticas que nada tienen que ver con el ideal republicano, que más que apostar por las excepciones y mantenerlas, entiende que habría que construir utopías posibles y hacer del ejercicio de la ciudadanía, en tanto participación y corresponsabilidad, el bien más preciado para los individuos y las comunidades libres.
Verá Usted, Sr. Presidente, el martes 24 de agosto de 2004, Adela Cortina publicaba en El País un artículo titulado "Democracia deliberativa" en el que presentaba, con la brillantez que la caracteriza, cuestiones de considerable interés para cualquier persona interesada en la educación social, en la acción cultural y en la construcción de una sociedad más libre, justa y solidaria. Divulgadora en España de los trabajos de los diversos autores vinculados a la Escuela de Frankfurt (aquellos que reclamaban o reclaman todavía una revisión crítica del ideario ilustrado), los trabajos de la profesora Cortina son una referencia obligada en campos como la ética, la educación o la política. Curiosamente algunas de las aportaciones más substantivas que se han hecho en los últimos años en esos campos, como la idea de deliberación o la del propio republicanismo, tienen su raíz en Grecia, la civilización donde el teatro constituía no sólo una manifestación artística sino, y antes que cualquier otra cosa, un instrumento de conocimiento, un recurso para el estudio de la alteridad y de los otros y una escuela de ciudadanía. El teatro, en tanto espacio, constituía el ágora principal de la ciudad, y de ahí su capacidad; por eso precisamente, la ciudad había previsto el acceso de los ciudadanos sin recursos. Se dice que fue Pericles el que creó esa especie de "impuesto escénico". El teatro era un sector estratégico en aquella república.
Un pacto por el teatro
En la actualidad no podemos hablar de "impuesto escénico" pero sí se pueden tomar otras medidas que permitan, como hemos repetido tantas veces, aumentar la visibilidad del teatro, situarlo en el centro de la vida comunitaria y multiplicar el "capital teatral" de la ciudadanía. Y para ello, mucho más que invocar la excepción cultural, se precisa iniciar un nuevo ciclo, con ideas nuevas para hacer frente a problemas ya viejos y se necesita definir un programa de acción de gobierno centrado en aquellos ámbitos que se consideran fundamentales para el desarrollo integral del sistema teatral. Y como ya apuntamos en otro momento se hace igualmente necesario trasladar esos programas, propuestas e ideas a los diferentes ámbitos de la administración, en ese gran Pacto por el Teatro que agrupe a las instituciones estatales, autonómicas y locales, y que necesariamente implique a otros ministerios e instituciones y a otros ámbitos de decisión como el europeo. Lo cual implica crear marcos de encuentro, deliberación y consenso.
Un Pacto por el Teatro que pudiese tener su concreción en un Plan Federal de Teatro desde el que formular una serie de objetivos mínimos y una serie de actuaciones centradas en los campos trascendentales: la formación, la creación, los públicos, la distribución y la exhibición, la gestión de los teatros públicos, la animación, la coordinación y la cooperación interautonómica e internacional, la proyección exterior... Un Plan Federal de Teatro capaz de trascender e ir mucho, muchísimo más allá, de los intereses no siempre legítimos de determinados agentes sociales, incapaces de entender el teatro desde una perspectiva global y compleja, y de superar las deficiencias diversas de la propuesta de Plan General de Teatro que se impulsó y desarrolló desde el INAEM en la pasada legislatura, con el plácet de no pocos supuestos compañeros de viaje del actual gobierno. La función del Ministerio, la responsabilidad del INAEM no reside únicamente en limitarse a gestionar su ámbito competencial (y habría que ver por qué tipo de gestión se apuesta), sino en generar discurso, crear espacios de encuentro y establecer pautas de debate que permitan desarrollar y poner en marcha una nueva política teatral, iniciar un nuevo ciclo para las artes escénicas a través de ese Plan del que todos, sin excepción, saldremos beneficiados, porque la creación de un tejido teatral sólido, rico y diverso, en todo el territorio del Estado, y partiendo de principios como la no-centralización y de conceptos como el de sistema, permitiría que las artes escénicas recuperasen un mayor protagonismo y su verdadero espacio en el centro de la esfera pública. Y en el impulso y el desarrollo de ese Plan es dónde debieran centrar sus fuerzas y sus esfuerzos los actuales responsables del Ministerio de Cultura y del INAEM.
Entienda, Señor Presidente, que nada tenemos contra las preferencias de esas personas en el terreno de la moda ni contra su pasión compulsiva por el viaje o por vestir y viajar el cargo y aprovechar así las múltiples plusvalías no dineradas que comporta. Tan sólo nos preocupa que hagan su trabajo y que lo hagan medianamente bien (¡que para eso les votamos!), pues algunos ya no aspiramos a que consideren principios básicos como la deliberación o el diálogo, que debieran ser la norma de su gobierno en todos y cada uno de los ministerios, en todos y cada uno de sus departamentos, de todas y cada una de las personas con responsabilidades en el territorio de lo público. El diálogo obligado con los agentes sociales para entre todos buscar caminos de mejora del actual estado de cosas en la república (disculpe que utilice su retórica, pero son sus palabras). Y tenga en cuenta que, en el fondo, la acción deliberada de "no recibir", de "no convocar" de no crear marcos de "deliberación y diálogo" ante una situación caótica como la que padecemos en el territorio de las artes escénicas tiene implicaciones muy diversas. En primer lugar denota un talante que contradice todo cuando Usted ha venido predicando desde su llegada al poder, en el partido y en el gobierno; supone un miedo al diálogo y al intercambio de ideas que puede ser un indicio de lo que no pocos suponemos: la falta de programa; indica falta de hábitos de organización del trabajo y en la planificación de las agendas; anuncia modos y maneras que fueron propios del período anterior y que tal vez sigan instalados en los mismos departamentos con diferentes partidos; deteriora gravemente el tejido asociativo y sus posibilidades de encuentro, debate y deliberación; se traduce en una carga de profundidad contra cualquier tentativa de análisis y de propuestas de mejora. ¿De verdad interesan las artes escénicas a esas personas?
Sé perfectamente que Usted no ha leído ninguna de estas cartas, pero tampoco era esa mi intención ni abrigué en ningún momento semejante expectativa. También sé que los responsables de las artes escénicas tampoco les han prestado atención alguna, pero tampoco esperaba que concitasen el más mínimo interés, pues soy consciente de que sus preocupaciones son otras.
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