Cualquier persona puede hacerse las fotos que estime oportunas, pero cuando esa persona tiene responsabilidades políticas derivadas de una elección popular, no debe olvidar los compromisos del cargo que ocupa. Creo que a los ciudadanos y ciudadanas les debiera importar un rábano las preferencias de las ministras en el tema de los modistos y modistas (eso debiera formar parte de su vida privada, que ellas, curiosamente, insisten en hacer pública), pues lo que debiera preocuparles es el trabajo de esas mujeres en cuanto ministras. Y así llegamos al meollo de la cuestión, a la obra de William Shakespeare de la que ya hablamos en otro momento: Much ado about nothing ( Mucho ruido y pocas nueces ). Me temo que una de las características de su gobierno sea la de hacer uso indiscriminado de los fuegos de artificio, de los juegos florales y del ruido mediático, y esto último lo pudimos ver este verano en un programa realizado y emitido por TVE1 en el que la Señora Vicepresidenta del Gobierno entonaba una loa laudatoria a los logros de su gobierno que resultaba patética y en cuyas palabras no dejaba de asomar una y otra vez el sonsonete "trajimos a las tropas de Irak". Y mientras la señora vicepresidenta repicaba con lo de "las tropas de Irak", por esas mismas fechas, El País se hacía eco del manifiesto en el que once intelectuales reunidos en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo reclamaban una "cultura de calidad" y criticaban abiertamente muchas de las decisiones tomadas recientemente desde el Ministerio de Cultura, entre ellas el nombramiento de personas sin "la preparación profesional adecuada". ¿No sabe Usted, señor Presidente, que uno de los principios del republicanismo es proponer para el gobierno de la República a personas sin tacha y dedicados al bien común, renunciando además al trato de favor y escuchando los consejos y opiniones de quienes le rodean? ¿A qué se deben determinados empeños centrados en determinadas personas? Entre esos doce valientes estaban Juan Goytisolo, Vicente Verdú, Jorge Herralde, Rosa Olivares, Francisco Jarauta o Ernesto Caballero. El hecho de que a pocos meses de iniciada la actual legislatura arrecien las críticas en relación con la política cultural del Ministerio de Cultura, nombramientos incluidos, es un indicativo de que la estrategia en la acción del gobierno parece centrarse más en lo adjetivo que en lo substantivo, como si lo importante fuese el envoltorio y no la forma y el contenido. La moda, Sr. Presidente, no deja de ser un envoltorio, y eso lo saben bien las gentes de teatro que aprecian el valor de un buen actor o una buena actriz, si bien en este gremio también hay personas para las que los cortinajes, los faralaes y la azabachería lo son todo. Mientras tanto los investigadores e investigadoras, esa miríada de personas anónimas que dedican los mejores años de su vida a mejorar nuestra calidad de vida, sumidos en el más atroz desamparo y en ocasiones en no poca penuria económica, reclaman ayudas mínimas que no llegan, pese a tanta y tanta promesa. No le aburriré con la situación de la "investigación teatral", pero esa es otra de las muchas urgencias de un sistema que tal vez haya llegado ya a un punto de no retorno, situación ante la que desde el Ministerio no se ha sabido ni ha querido elaborar un informe diagnóstico para arbitrar las medidas necesarias para su mejora y su pleno desarrollo. Ese manifiesto firmado en Santander no deja de ser un grito desesperado que no ha encontrado más respuesta que algún gesto despectivo y los comentarios típicos de los que carecen de otro argumento que la negación de la realidad cuando ésta no les gusta: "ya están los de siempre quejándose". Eso mismo se hacía y decía desde las filas del Partido Popular.
La excepción y la regla
Pero el pasado verano nos dejaba otra polémica mucho más substantiva, en la que Mario Vargas Llosa criticaba con dureza el concepto y la práctica de la "excepción cultural", siguiendo los dictados de los cursos de verano celebrados por la FAES, de la que es un activo militante el intelectual posmoderno Luis Alberto de Cuenca, ahora consejero áulico y protegido de la Ministra de Cultura (¡Vivir para ver!, que no dijo Federico Trillo, pero que podría haber dicho para decir lo mismo que dijo). No debemos olvidar el hecho de que el término "excepción cultural" se integraba en alguna de las frases estrella que Vd. pronunció en su discurso de investidura y que la Ministra de Cultura también ha utilizado en alguna ocasión. Con todo, la crítica de Vargas Llosa es perfectamente comprensible e incluso asumible en tanto la "excepción cultural", formulada en abstracto, no deja de ser una medida proteccionista que puede derivar en simple endogamia, pero que además considera la cultura desde posiciones reduccionistas que ya no se justifican.Una versión actual de la "excepción cultural" la practican los agricultores franceses que vuelcan los camiones de tomates murcianos en las autopistas de toda Europa. No olvidemos que cuando Jack Lang invoca el principio de la "excepción cultural" lo hace como protección a las culturas francesas en lengua francesa, en una lucha feroz por la hegemonía frente a las culturas de expresión inglesa.
La cuestión de fondo está tanto en la "excepción", que denota un estado de ausencia de normalidad y que es un síntoma evidente de disfunciones socioculturales, cuanto en el modelo o los modelos de política cultural que se pretenden implementar y que siempre remiten a modelos sociales, económicos y políticos. La excepción cultural sólo tiene sentido en una sociedad que considera la cultura como algo "excepcional", lo que nos indica que en realidad la solución no vendría tanto por apostar por esa excepcionalidad sino por convertir lo que ahora es excepción en regular, habitual, cotidiano, lo que exige una nueva forma de entender la cultura y, por ende, la sociedad. Y en lo tocante a los aspectos fiscales, financieros o económicos de la tal "excepción", siempre resulta mejor declarar la creación cultural y sector estratégico de la economía y actuar en consecuencia y de forma consecuente. Aquí volvemos, si usted quiere, a Pettit, porque hablar de modelos culturales también implica hablar de modelos de sociedad, y está claro que la excepción cultural nace de modelos económicos liberales y ultraliberales, y en ese marco el argumentario de Vargas Llosa es inapelable. La idea de construir una república, en tanto que res publica , exige repensar y reformular muchas cosas, entre ellas la cultura, que se debiera entender como espacio de creación, comunicación y participación de modo que la ciudadanía convirtiese lo que es "excepción" en habitus y capital. No es lo mismo hablar de "excepción cultural" que declarar que la creación y la difusión cultural constituyen un sector estratégico en el proyecto sociocultural y en el proyecto económico del gobierno.
Y en esa dirección, ¿qué modelos de política cultural se contemplan desde el Ministerio? Más allá de cuatro simplezas, un par de boutades y alguna ruidosa y aparatosa salida de pista (con cristalería incluida), nada se ha dicho. Volvemos al problema del vestuario y de los pases de moda: se ha hablado de envoltorios, pero para nada se han sentado las bases de un plan de acción cultural que permita lograr unos objetivos y formular otros de forma permanente, como consecuencia de los que se van cumpliendo. Es aquí donde los ministros y ministras y los directores o directoras generales deben mostrar su valía y competencia, donde es necesario oír su voz, pues su vida privada, insisto, es lo de menos. Y es aquí justamente donde nada se dice. Veamos, con todo, alguna otra cuestión relativa a la excepción cultural y a la necesidad de superar ese modelo y apostar por otras líneas de trabajo, por otro paradigma.