¿Puede existir la democracia cuando los ciudadanos tienen miedo,
cuando no se les valora por el trabajo que realizan o su contribución
a la comunidad desde cualquier ámbito sino por su anuencia servil
a quienes detentan el poder? Es evidente que un ciudadano que siente temor
hacia el poder está fatalmente constreñido en su ejercicio
democrático.
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Un notable investigador y publicista literario, que ostenta un cargo
directivo de un importante evento cultural que se celebra año tras
año -tuvo desempeños de importancia también con los
gobiernos socialistas-, me dice: "(Es que escribes unos editoriales!"
Le respondo: ")Digo algo que no sea verdad?". "No, no, claro",
murmura. Deduzco que lo que le inquieta o molesta no es que sea pertinente
e incluso evidente lo que escribo, sino que se diga por escrito. La perturbación
se produce quizás porque sus contradicciones quedan mucho más
al descubierto.
En el diario El País del 8 de agosto, leo que Al Gore,
vicepresidente con Clinton, pronunció una conferencia en Nueva York
en la que "criticó la falta de honestidad y de competencia de
Bush, pero también el fracaso de los demócratas como oposición.
Lamentó la inanidad del Congreso y la falta de auténtico debate
parlamentario antes de la invasión de Irak, en la que, afirmó,
se cometieron fallos estratégicos y errores históricos.
(...) enumeró las mentiras de Bush, que prefirió calificar
de falsas expresiones. (...) Creo que estas cosas ocurren porque
los actuales gobernantes se sienten en posesión de la verdad y no
tienen interés en conocer ningún dato que pueda contradecirles.
(...) Este es el peor gobierno que EE. UU. ha soportado en más de
200 años de historia, dijo, y su política económica
no es una política normal, sino una forma de saqueo.
¿Por qué el propio Al Gore y el partido demócrata
no hablaron antes?, pienso. Todo indica que tenían miedo a una opinión
soliviantada y azuzada por unos medios de comunicación puestos al
servicio de un poder electoralmente ilegítimo y no de la verdad,
la prudencia, la democracia o la causa de la humanidad. Ya sé que
todo esto les da risa, a ellos y a quienes se autodefinen como pragmáticos,
pero hay que repetirlo una vez más para hacer ostensible lo evidente.
El electoralismo potencial del Partido Demócrata ha puesto por encima
la salvaguarda de unos cuantos votos a la defensa de unos principios básicos,
como son los de la democracia, y ésta ha salido herida profundamente
de este embate. Siempre les queda el recurso de hacer películas en
las que se muestre que su sistema es la perfección de las perfecciones.
Colijo de por otra parte que muchos de quienes denuncian el antiamericanismo
aquí, en realidad piensan que los Estados Unidos son la extrema derecha
republicana. En ocasiones se les escapa.
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¿Puede existir una democracia saludable cuando los gobernantes
mienten? El hecho de que el sistema se fundamente con frecuencia en la mentira
y la desinformación, arduamente disfrazadas de proclamaciones de
honradez y de acopio informativo, no hace sino agravar el problema. Todo
ello se acompaña de la creencia reverencial por parte de ciertos
representantes del pueblo y de sectores de la ciudadanía, de que
los gobernantes dicen la verdad. Bien es cierto que cuanto más conservadores
son o más de derechas si se prefiere, mayor es la credibilidad que
se les otorga.
En la mentira ahora ostensible, urdida y propalada respecto a la existencia
de armas de destrucción masiva en Irak. algunas instituciones británicas
han dado muestras de un funcionamiento democrático saludable. Curiosamente,
bastantes diputados que apoyaron al Primer Ministro Blair votando en el
parlamento la invasión y la guerra, dicen ahora que no lo hubieran
hecho de haber sabido lo que ahora saben y de haber tenido los datos que
ahora tienen. )No los sabían ni tenían? )Hasta dónde
se extienden las mentiras? Lo peor de casos como éste es que los
muertos y asesinados ya no podrán darse nunca el placer de modificar
su postura.
Como decía al inicio, las condiciones de la democracia son diversas
e imprescindibles: respeto escrupuloso a las minorías parlamentarias
y a las opiniones políticas dispares, tanto de los cargos electos
como de la ciudadanía; ausencia de miedo político y social
de los ciudadanos; responsabilidad de las diferentes formaciones en la selección
de candidatos y confección de las listas electorales; aceptación
leal de las reglas de juego establecidas, eludiendo los modos ineducados,
los insultos, las actitudes despectivas, chulescas o de altanería
estúpida hacia el oponente; asunción de que la democracia
se sustenta sobre los pactos y los acuerdos; diálogo entre las fuerzas
políticas y entre gobiernos y la sociedad civil. A todo ello habría
que añadir un largo etcétera, más difícil de
alcanzar que de enumerar.
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La más grave de todas las agresiones a la democracia estriba en
hacer caso omiso del resultado electoral. No reconocerlo supone negar la
naturaleza del propio proceso electivo. Intentar confundir a los incautos
asegurando incluso a gritos y en sede parlamentaria, que se han "ganado
las elecciones" cuando solamente se ha sido el partido más votado,
minoría mayoritaria se denomina, es una actitud de trileros de la
política. Negar o vituperar el legítimo derecho a los pactos
entre diferentes fuerzas políticas a fin de estructurar mayorías
de gobierno, intrínseco al funcionamiento democrático, supone
un rechazo de las reglas de fuego.
Peor aún, lo que explica las actitudes expuestas, es considerar
que España les pertenece, que ellos son dueños de castillos,
vidas y haciendas, y que no van a consentir que unos facinerosos, todos
los que no son ellos, vayan a gobernar aquello. Esa sí que es una
práctica anticonstitucional que da la impresión de contener
cosas todavía más oscuras.