La constatación inicial que podemos hacer es que la condición
democrática contiene mecanismos electorales para escoger a los gobernantes
por parte de la ciudadanía, pero a su vez una extensa serie de procesos
y mecanismos garantes de su participación y corresponsabilidad en
la toma de decisiones y en el ejercicio de la opinión. Los elementos
de índole antidemocrática instaurados desde los centros de
poder gubernativo, económico, mediático, político,
etc., pueden reducirlos a simple anécdota, convirtiendo el conjunto
en un puro formalismo carente de fundamento. Alcanzar un desarrollo estimulante
de las estructuras e instrumentos de la democracia es uno de los grandes
retos a que se enfrentan nuestras sociedades.
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Un amigo escritor, alto cargo en una institución cultural importante,
me asegura con vehemencia que basta con que se produzca el acto electoral
para que la democracia exista. No declara, porque lo da por supuesto, que
se refiere a unos sistemas electorales concretos, cuanto más estadounidenses
mejor, desdeñando cualquier otro mecanismo electoral. Le respondo
que ese es un instrumento más, que la democracia es algo más
profundo y complejo que el simple acto electoral.
Añado que no pocas dictaduras -cito la de Stroessner en Paragüay,
por poner un ejemplo- han coexistido con la supervivencia de partidos y
elecciones periódicas. Del mismo modo que con alguna frecuencia constatamos
que individuos elegidos en procesos electorales aceptablemente limpios incluso,
adoptan comportamientos autoritarios y antidemocráticos. En casos
concretos así se han instaurado dictaduras
Desde hace años ya, diferentes politólogos han reflexionado
sobre la profunda crisis del sistema democrático tal y como está
planteado. Somos muchos los que opinamos que el sistema democrático
propone una serie de derechos y garantías deseables y defendibles,
pero también que cuando se hace caso omiso de sus fundamentos y
pervierte sus mecanismos, se esclerosa en un simple retoricismo formalista.
La idea de que las elecciones son en definitiva lo único que determina
la democracia, trae como consecuencia la práctica detestable del
electoralismo que emerge esplendoroso en todas las formas de populismo.
La democracia supone entre otras cosas, el ejercicio de labores ideológicas
de las formaciones políticas respecto a la ciudadanía, a fin
de transmitirle sus propuestas programáticas para la gobernación,
sus concepciones de la existencia, las relaciones internacionales, etc.,
para que los ciudadanos/electores escojan la opción que consideren
más justa y apropiada a sus convicciones. Ciudadanos/electores que
por otra parte, aunque no militen en ninguna formación política,
tienen en que su voz es valorada y el tejido social democrático posibilite
su participación en las tareas gubernativas por caminos muy diferentes.
El electoralismo conduce al abandono de todos estos planteamientos. Prima
la obtención de los votos a cualquier precio, sin un firme compromiso
alguno posterior. La consecuencia más ostensible es el abandono de
la política que se ve sustituida por la publicidad. Se publicita
un dirigente o un partido como si se tratara de un producto. Lo que dice
o propone es lo de menos, pues se limita a emitir una serie de mensajes
para la compra del voto. Quizás por eso es frecuente que el discurso
de ciertos políticos suenen más a la retahíla de un
vendedor que a una propuesta para la gobernación de la comunidad.
Quizás por eso las campañas las diseñan expertos en
marketing y carecen deliberadamente de calado político. Ideología
sí tienen, porque una actitud así responde al segmento de
la derecha que ya no cree en nada salvo en el poder en sí mismo y
el dinero como objetivo vital.
La primera vez que oí hablar explícitamente de electoralismo
en España, fue curiosamente a un dirigente, entonces carrillista,
del PCE, en una encuentro masivo que se celebró en el Pozo del Tío
Raimundo. Eran todavía tiempos de semiclandestinidad y aquel sujeto
hizo una proclama del electoralismo. Duró en aquella formación
lo justo: fue candidato en las primeras elecciones generales y no resultó
elegido; se trasvasó al PSOE y lo fue en las siguientes. Debió
sentirse satisfecho.
A fines de los años ochenta, un alto cargo del PSOE en la Comunidad
de Madrid nos espetó una variante a un grupo de gente de teatro.
En una reunión celebrada en un ministerio, ante una serie de preguntas
y comentarios críticos que hacíamos nos señaló
que ya votábamos en las elecciones y que hasta las siguientes no
teníamos nada que decir. Para este otro sujeto todavía en
activo, la actividad política de los ciudadanos debía reducirse
a votar y después callar.
En la actualidad asistimos en nuestro país a una impregnación
electoralista de grandes proporciones en el Partido Popular, aunque no es
el único. En la abdicación de aquellos principios que dicen
fundamentar sus comportamientos políticos, estriba parte del problema.
Mucho más grave es sin embargo la eliminación del discurso
y el debate político, en una actitud simplificadora que conduce a
su substitución por un permanente enunciado de expresiones rotundas,
que asemejan un prontuario aprendido con prisa por todos en el departamento
de Aoportunidades y publicidad@, similar al reclamo vocinglero de los charlatanes
de feria, con mis excusas anticipadas hacia los profesionales que a ello
se dedican. Las intervenciones del señor Arenas son a mis oídos
el paradigma de lo que acabo de enunciar.
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Sentado frente a mí se encuentra un veterano hispanista que transmite
sus saberes en una prestigiosa universidad estadounidense. Hablamos de diversas
cuestiones, incluida la guerra de Irak y la situación interna de
Estados Unidos. Nada parecido al tono contundente de las conversaciones
mantenidas en España sobre dichos temas. De pronto me dice: "No
creas que allá puedo hablar como hago contigo. Sólo lo hago
con algún amigo de mucha confianza. Hay que tener mucho cuidado con
lo que dices. Además las televisiones cuentan todas lo mismo y no
informan de lo que sucede. Durante la guerra sólo veía la
BBC para tener noticias". Me dijo más cosas de este mismo tono.
Este profesor es una persona liberal y humanista, ajena a toda estridencia
y ponderada en sus afirmaciones. Confiaba y creía en la democracia
estadounidense, al menos en algunos aspectos. No es esa su opinión
en la actualidad. Hace ahora algo más de dos años, en medio
de una comida familiar, me expresó sin ambages: "Estados Unidos
vive una degradación social terrible". Me puso varios ejemplos
relacionados con los objetivos y valores de muchos estudiantes, cuáles
eran los objetivos en su vida... Me sonreí, no era todo aquello para
mí precisamente una sorpresa.