La sabiduría y preparación que un ministro precisa no es siempre de carácter académico, o al menos no sólo. Indalecio Prieto de quien hablábamos antes, fue Ministro de Obras Públicas en dos gobiernos consecutivos de la Segunda República, presididos ambos por Manuel Azaña. Su composición incluía republicanos y socialistas. Su desempeño abarcó desde mediados de diciembre de 1931 a septiembre de 1932. Prieto carecía de estudios universitarios pero poseía una gran inteligencia y una enorme astucia y capacidad política. No obstante en el gobierno provisional fue Ministro de Hacienda y al frente de las obras públicas hizo un trabajo encomiable. Posiblemente supiera poco de la materia pero conocía sus limitaciones y lo que era urgente y necesario. Era consciente del problema que padecía España con sus sequías cíclicas, una escasa capacidad de producción eléctrica, la ausencia de territorios de regadío y, en consecuencia, una agricultura extensiva de bajo rendimiento.
Prieto reunió en su entorno a los más prestigiosos y competentes ingenieros hidráulicos del momento, y les instó a que confeccionaran un plan hidrológico a medio y largo plazo que cambiara la faz de España. No pudo realizarlo ni tampoco sus sucesores, sobre todo a consecuencia de la guerra civil, pero la construcción de pantanos que el franquismo llevó a cabo y que tanta gracia amarga nos hacía a muchos, era la aplicación de aquel plan que los facciosos vencedores se encontraron en los cajones del ministerio.
La historia de España nos ha ofrecido sin embargo ejemplos bien distintos. Podemos establecer una larga lista de ministros que representan todos los vicios y ligerezas imaginables, todas las sinrazones que podamos intuir y cuya ejecutoria fue lamentable. Nuestra esperanza consiste siempre en que un gabinete en su conjunto y los ministros uno a uno, respondan a los parámetros enunciados. Son nada más que los propios de una sociedad democrática desarrollada, respetuosa con la condición de ciudadanía, que desea ser eficaz, que tiene objetivos y se toma en serio la gobernación: parece que aún nos falta mucho para llegar a eso. Bien es verdad que la cosa va por barrios. No deja de ser curioso que en los ministerios económicos no haya titulares de los mismos ni altos cargos que sean mujeres. ¿No las hay capacitadas o alguien presupone que con las cosas serias e importantes no se juega, con las otras qué más da?
Como remate diré que del mismo modo que el presidente del gobierno es responsable del nombramiento de los ministros de su gabinete, estos lo son de los altos cargos de su departamento. Sus errores y deficiencias son igualmente los suyos. Sus incompetencias y sus actitudes también. De todo ello se deriva la acción de gobierno y eso es lo que deberían percibir los ciudadanos. Nada de todo esto es cuestión de talante, sino de programas, de modos de comportamiento, de decisiones adecuadas, de gestión solvente. Algo que es exigible para cualquier gobierno, pero más aún cuando dice ser la izquierda y representar tus propias convicciones.
La España ilustrada existe, no es una quimera ni utopía, ni depende tampoco del talante. Sin embargo se percibe con dificultad tras una selva mediática que dice lo que quiere y no lo que realmente es, que miente si es necesario en aras de los intereses y objetivos de sus propietarios y del sistema que sostienen, y que oculta tras la bazofia la realidad del país. De eso hablaré otro día.