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ADE-Teatro

Florilegio de Cuestiones varias sobre asuntos de peso

por Juan Antonio Hormigón

ADE-Teatro nº 151, Julio Septiembre 2014

Las elecciones europeas que se celebraron en España el pasado 25 de mayo, han producido canguelo entre buena parte de aquellos que han venido controlando la política, la economía y los medios de comunicación en nuestro país. Las formaciones políticas de la izquierda lograron un avance significativo y rotundo. Los partidos mayoritarios que han sido los ejes de la gobernación a lo largo de los años en que ha regido la Constitución de 1978, han quedado en su conjunto ligeramente por debajo del 50 por ciento. Canguelo es la palabra que mejor cuadra a lo que he observado en semblantes, gestos, tartamudeos, malas verónicas verbales, invectivas, destemplanzas, pérdidas de control de representantes políticos, asesores y tertulianos que protagonizan los tiempos menguados que vivimos.

 

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El resultado más sorprendente ha sido el de una nueva formación denominada "Podemos", que ha alcanzado un millón doscientos mil votos. Ha utilizado un lenguaje diferente al de otras formaciones y mucha comunicación electrónica. Practica habitualmente el asambleísmo, lo cual, se diga lo que se quiera, puede corresponder quizá al inicio de un proceso pero entraña riesgos futuros. Digo esto con prudencia, respeto y sabiendo de sobra que es una cuestión que a ellos y sólo a ellos compete decidir.

Se puede o no estar de acuerdo con sus propuestas, personalmente comparto muchas de ellas, la mayor parte. Pero, insisto, se puede estar en desacuerdo y argumentar en contrario. También respecto a otros. A estas alturas es lógico que así fuera tras tantos años de andadura "democrática". Pero no; la España de la caspa y del oscurantismo, que se cree castiza porque utiliza el desplante y la chulería como únicos argumentos supuestamente raciales; la que se cierra cerril creyendo que unas concepciones fanáticas representan lo que para ellos es la "España eterna", no pierde ocasión de manifestarse a través de algunos cargos públicos, empresarios, columnistas y tertulianos en términos sonrojantes.

El éxito electoral de "Podemos" ha traído aparejada una cantidad nada despreciable de descalificaciones puramente personales, "ad hominem". El dirigente más visible de esta formación ha sido calificado de "el coleta", se le ha recomendado que se lave el pelo, o se ha mentido sobre sus horas de trabajo o sus nóminas y se han dictaminado disensiones insalvables entre sus más connotados dirigentes. Algunos provocadores que se disfrazan de periodistas creen que todo vale y actúan de este modo. Actúan porque les deja quien les da cobijo y siguiendo órdenes de quien les paga.

Recuerdo en estas ocasiones un comentario que nos hizo hace muchos años a algunos estudiantes, un veterano profesor de la universidad de Zaragoza. Don Nicolás Ramiro Rico era granadino, fue parte del Consejo de Redacción de la Revista El Estudiante, creada por Jiménez Siles en Salamanca. Era catedrático de Derecho Político y en mi caso oficiaba como un maestro externo porque yo no estudiaba Derecho. Pues bien, en una ocasión se puso más serio que de costumbre y nos dijo: "Hay gente que no puede soportar que alguien lleve unos zapatos amarillos, ese es el origen del fascismo". Podría haber añadido que eso era la falta de respeto, el encono, incluso el odio al diferente, porque en ello radica el germen de la casposidad ibera. Lo descubrí enseguida.

 

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Uno de los riesgos que planean sobre nuestro futuro es quizá, que fructifica en segmentos numerosos de la población la idea de que las transformaciones que se precisan pueden ser fruto del espontaneísmo. Quienes en la actualidad propalan este dislate, sabiendo como saben que de ello nunca emanan actitudes firmes y coherentes, puede que estén llamados a ser sus primeras víctimas. Además responde con frecuencia a una actitud oportunista, que oculta los problemas que emanan de conductas de este tipo.

En 1902 en su libro ¿Qué hacer?, Lenin argumentaba brillantemente en contra del espontaneísmo que, según su análisis, sólo conducía al intento de resolución de cuestiones coyunturales, y en ningún caso a la fortaleza ideológica y organizativa necesaria para acometer la lucha por el socialismo. Curiosamente, particular importancia concede en sus reflexiones a una extensa cita de Kautsky.

Antonio Gramsci a su vez dedicó en 1931 un luminoso artículo a dicha cuestión,  "Espontaneidad y dirección consciente", incluido en sus Escritos Políticos. En el mismo señala que "el elemento de la espontaneidad es característico de la «historia de las clases subalternas»". Aunque entre la espontaneidad y la dirección consciente propone una interrelación dialéctica para que el fruto sea productivo, reflexiona sobre ello en términos que vale la pena explicitar:

"Descuidar -y aun más, despreciar- los movimientos llamados espontáneos, o sea, renunciar a darles una dirección consciente, a elevarlos a un plano superior insertándolos en la política, puede a menudo tener consecuencias serias y graves. Ocurre casi siempre que un movimiento espontáneo de las clases subalternas, coincide con un movimiento reaccionario de la derecha de la clase dominante, y ambos por motivos concomitantes: por ejemplo, una crisis económica determina descontentos en las clases subalternas y movimientos espontáneos de masas, por una parte, y, por otra, determina complots de los grupos reaccionarios, que se aprovechan de la debilitación objetiva del gobierno; para intentar golpes de estado. Entre las causas eficientes de estos golpes de estado, hay que incluir la renuncia de los grupos responsables a dar una dirección consciente a los movimientos espontáneos para convertirlos así en un factor político positivo".

 

Halagar el espontaneísmo popular en los tiempos que corren y con toda la historia de luchas políticas y sociales que tenemos a nuestras espaldas, puede ser un acto irreflexivo e inútil. Pero también, lo que es peor, una añagaza de las clases dominantes para interferir en las propuestas de transformaciones reales. A pesar de la experiencia acumulada, muchas veces me pregunto si percibimos con claridad a dónde son capaces de llegar las clases dominantes cuando se trata de defender sus intereses, sus privilegios y el control de las naciones.

 

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La mayor parte de los españoles propugnamos la democracia y concebimos las urgentes transformaciones que se precisan, a través de procedimientos electorales junto a movilizaciones o actuaciones que genéricamente podemos denominar cono hechos culturales. Los cambios de conciencia se generan a la par por las condiciones concretas en el sistema productivo que afectan al individuo, así como por el desarrollo intelectivo fruto de la formación y la adquisición constante de conocimientos. La educación y la cultura juegan por tanto un papel decisivo en la configuración de la conciencia tanto social como cívica.

Así las cosas, es comprensible que el ataque a la educación y la cultura, las públicas en particular, para convertirlas en mercancías con las que lucrarse mediante su privatización, forma parte de un plan preciso para hacer retroceder a la población a periodos que creímos superados. Se trata de restringir o impedir a sectores mayoritarios de la sociedad su disfrute, o de darles educación de mala calidad, dirigida exclusivamente a las necesidades de la producción que precisa el gran capital. Por lo que toca a la cultura, se dirige a la ciudadanía hacia el consumo de la mediocridad sensiblera y rancia, la banalidad estéril o directamente la bazofia, a la que se atreven a denominar cultura porque todo vale.

 

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Alberto Garzón, economista de formación y diputado de izquierda Unida por Málaga, ha escrito un libro sobre la III República española. En la Casa del Libro de Madrid a principios de junio, hizo la presentación. Su discurso, que vi y escuché grabado en vídeo en su integridad, tenía ante todo una tonalidad pedagógica inapelable. Habló de la democracia y la política en la historia, así como de las contradicciones del presente y de esa República futura.

Sus palabras fueron sabias y sencillas, sin el menor rastro de populismo, sin la menor concesión al empleo de trucos mediáticos, de artimañas zalameras hacia el público que escuchaba. Su libro está escrito bajo el tono dominante de la razón consciente y de la necesidad de la dirección igualmente consciente de los procesos de cambio histórico. Y concretó, el profundo valor e importancia de la cultura para el proceso de cambio social.

 

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Alberto Garzón en el exordio de su libro, planteó de forma directa y nítida el problema de la actual Ley electoral. Lo enunció para señalar su insuficiencia, lo que hace que la voluntad de los votantes se vea alterada fuertemente en el número de representantes obtenidos. Me produjo gran satisfacción escucharlo porque no es frecuente oír hablar de ello.

Es un tanto sorprendente el silencio que existe a este propósito. Sabemos que existen formaciones que lo han exigido en el pasado pero que ahora guardan silencio. ¿Por qué? Y sin embargo, la Ley electoral vigente es el instrumento prioritario para la supervivencia y preservación del bipartidismo. Reconozco que no entiendo cómo no se da una reclamación constante de esta anomalía. Gracias a su existencia, en las últimas elecciones generales el Partido Popular, con el 42 por ciento de los votos emitidos, que representaban el 37 por ciento de la totalidad del electorado, obtuvo una amplia mayoría absoluta en el número de escaños. Gracias a ello, una y otra vez se repite en los medios la tabarra de que al PP lo votó la mayoría de los españoles. Las formaciones políticas que enuncian regeneración y cambios en sus programas, debieran pronunciarse de modo contundente sobre la modificación de la ley electoral para que se respete de modo fehaciente la voluntad popular.

 

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Por el contrario se habla mucho de listas abiertas y de primarias, con una insistencia digna de mejor causa. La lista abierta no es más que un mecanismo para que el elector pueda marcar el orden de los postulantes en su papeleta. Nuestras elecciones al Senado se configuran en una lista abierta y no podemos presumir de que el resultado reconforte. Por otra parte, las listas abiertas allí donde se han empleado, no alteran en mucho el orden propuesto porque son pocos los electores que lo modifican. En definitiva, sólo son un atributo más del elector que poco resuelven.

Lo de las primarias es harina de otro costal. Es más propio de plataformas electorales que de partidos políticos organizados. Los denominados partidos estadounidenses, son más plataformas que gestionan elecciones y configuran grupos de poder, que otra cosa. Es eso lo que se intenta introducir como moda y además darle el rango de instrumento salvador. Incluso algunos tertulianos, ¡quién si no!, exigen a los partidos que las pongan en práctica.

Pero todo este debate constituye una añagaza para eludir los problemas de fondo y además, un ataque sordo y voraz contra la propia constitución de los partidos como elaboradores de propuestas que someter a los votantes, a la par de ser instrumentos organizados que permitan la consecuente aplicación de sus programas. Desleír es una forma bien conocida de ejercitar una destrucción paulatina.

Una cosa es que exista una democracia interna, flexible y amplia en el seno de las formaciones políticas y otra bien distinta que sufran descalificaciones porque un candidato no emane de una elección en que participe quien quiera. Cabe preguntarse: ¿Y en dónde queda entonces el valor y el sentido de los militantes, de quienes constituyen y piensan un partido como propuesta programática? Pero los tertulianos y quienes los dirigen, saben bien que ese camino conduce a la nada y ese, y no otro, es su objetivo.

 

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El término "pueblo" puede servir para todo. La reacción más negra o los orates románticos no dudan en mencionarlo y atribuirse su representación. El voto fue un mecanismo que se introdujo para saber lo que el pueblo opinaba realmente. Pero el término pueblo expresa muchas veces la masa inerte, aborregada, inmovilista, en la que se producen de tiempo en tiempo motines que no provocan transformaciones reales. La historia es prolija en estas historias. Por eso, lo que es justo y preciso es hablar del "pueblo organizado y articulado", lo cual representa una garantía de acción coherente y eficaz. La organización es un instrumento para transformar y construir, siempre que no la controlen mafias o intereses extraños. O los medios de comunicación, convertidos en instrumentos canalizadores de intereses de grandes corporaciones, se crean con el derecho a dirigirlo y manipularlo.

 

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Nunca he visto tanta gente que proclamando tener un alma republicana, apoye la monarquía. En la vida política oficial como en la arqueología o la cosmología, hay misterios insondables. También lo es que algunos trileros se disfracen de cargos y ex altos cargos de la cosa pública. ¡Cuánta perplejidad!

 

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En diciembre de 1870 se estrenó en el Teatro del Circo, sito en la Plaza del Rey de Madrid, y que ocupaban "Los Bufos de Arderius", la zarzuela en tres actos titulada El Potosí submarino. La música era de Emilio Arrieta y el libro del entonces corrosivo García Santisteban. El espectáculo tenía un gran despliegue escenográfico y de vestuario, pero además era lo más opuesto a un simple entretenimiento. Contaba la historia de un gran estafador de cuello blanco y frac impecable, llamado Misisipí, al que entre burlas disparatadas y lances inverosímiles, va descubriendo y cercando un joven marinero apellidado Cardona. Al final, éste se dirige al malhechor y al público con estas palabras:

 

"Que alguna vez

comprendan estos malvados

que hay en los hombres honrados

el valor de la honradez.

Si a altos puestos se encaraman

e insultan con su osadía,

es sólo por la apatía

de los que honrados se llaman.

¡Arriba los hombres buenos,

no amilanarse jamás!

¿Por qué, si somos los más,

dejar que triunfen los menos?"

 

Un final muy escénico. El teatro, en ocasiones, es lugar de reflexión en donde se habla por derecho.

 

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