No hace tanto, noviembre de 2006, que Warren Buffett, especialista en amasar dinero, afirmaba ante la prensa, The New York Times, la existencia de las clases sociales y la pervivencia de la lucha de clases, confirmando finalmente que era la suya, la de los ricos, la que estaba ganando. No vendría a contradecir las tesis de Daniel Bell, de Francis Fukuyama, de Gonzalo Fernández de la Mora o de Jean-François Lyotard en torno al fin de las ideologías, de la historia y del pensamiento crítico, sino a confirmarlas, en tanto lo que todos ellos afirman y defienden es la lógica del capitalismo global que ha desarrollado un nuevo relato que a todas luces se presenta e impone como el nuevo dogma: la ineludible tiranía del mercado. Aquí no hay relativismo que valga.
Resulta curioso que la crítica posmoderna a los grandes relatos se oriente fundamentalmente hacia los derivados de la modernidad ilustrada, nunca hacia los generados por la modernidad liberal, defendida por Karl Popper en sus tesis sobre la denominada "sociedad abierta", base de una auténtica sociedad dual. Hace tiempo que Pierre Bourdieu exponía en su conocido estudio La distinción, cómo el capital escolar o cultural de la persona deriva de su posición en el espectro social, lo que viene a mostrar en qué medida el capital económico conforma a los otros dos. La exclusión y la pobreza tienen causas económicas, de clase.
En efecto, los ricos son los que ganan, y no sólo eso, ganan incluso cuando en su afán de ganar nuevas cotas de mercado provocan crisis que acaban pagando los que menos tienen. Las hemerotecas están llenas de ejemplos de cómo aquellos ejecutivos que provocaron la quiebra de tantas entidades financieras hace unos años, abandonaron sus cargos con cuantiosas indemnizaciones, y sin rubor alguno. Un dato reciente y tal vez colateral pero muy indicativo apunta en esa dirección: la venta de berlinas y coches deportivos de lujo en España, según un reputado diario de noticias, vive momentos de verdadero esplendor en medio de la crisis general del sector y la activación del sector de segunda mano en muchos frentes.
Es curioso que agencias que valoran y prorratean nuestro futuro, cada día más incierto, y que hacen negocio con sus fluctuaciones, las de nuestro futuro, o que instituciones como el Fondo Monetario Internacional, no supiesen que la crisis se estaba desatando, mientras los gobiernos vivían ajenos a la necesidad de regular los mercados para evitar lo que finalmente ha ocurrido: en la actualidad son las fuerzas que gobiernan los mercados las que se han situado por encima de los gobiernos, dictando e imponiendo su ley. Se habla del Club Bilderberg pero es probable que haya otros foros y grupos que hayan tenido mucho que ver en este proceso imparable de empobrecimiento global que conlleva igualmente la disminución de cotas de participación de la ciudadanía. Los ataques constantes y permanentes a los sindicatos y el interés por laminar la sociedad civil apuntan en la dirección del objetivo más preciado, que no es otro que, por utilizar las palabras de Antonio Gramsci, generar una sumisión global legitimada por los propios sometidos. Durante muchos años se ha señalado que los países del socialismo real eran émulos del mundo recreado por George Orwell en su obra 1984, pero tal vez ese mundo horrendo sea más parecido al que ahora se está organizando, un nuevo orden mundial marcado por el asentimiento ante la reificación de todo. Por todas partes se ven signos de cómo se están deconstruyendo mitos como el del conocimiento, de la libertad o de la igualdad, en una estrategia mediática en la que intervienen muy diversos medios. Y cada día aumenta el dominio de Estulticia, de una cultura alienante para las masas que no persigue otra cosa que la reificación del ser, su conversión en objeto, y con ella la aceptación definitiva de la dominación.
Como ya señalamos en otra ocasión, en el libro de Jacob Hacker y Paul Pearson, el titulado Winner-Take-All Politics: How Washington Made the Rich Richer - and Turned Its Back on the Middle Class, considerado en los Estados Unidos de América como una de las aportaciones del siglo, se analiza una tendencia que se genera en los años setenta y que consiste simplemente en lograr el control absoluto del poder ejecutivo, del poder legislativo y del poder judicial, por parte de las fuerzas económicas para utilizarlos en su beneficio. La lucha de clases de Buffett. Los resultados están a la vista de todos. No olvidemos, por ejemplo, que la familia Bush tiene empresas petrolíferas, y el modo en que los beneficios de éstas se han incrementado con la invasión de Irak y con la aprobación de la explotación de las reservas naturales de Alaska. El Estado al servicio del lucro corporativo.
Hay numerosos datos que vienen a confirmar la existencia de una gran alianza que tiene como objetivo el dominio global. Una de sus estrategias consiste en la vuelta atrás en las políticas educativas orientadas a favorecer que la escuela sea un elemento capaz de generar una igualdad de oportunidades real. Los ataques permanentes que sufre la enseñanza pública, la reducción de los ciclos de formación (como la desarrollada desde Bolonia) son muestras fehacientes de que la hoja de ruta se orienta hacia la instalación de un nuevo sistema educativo en el que el principio básico sea la segregación y el copago. La insistencia de tantas personas "de bien" en la importancia del "cheque escolar" para favorecer la supuesta "igualdad" y el derecho de los padres a elegir en "libertad" el centro de sus hijos, pero con la financiación del Estado, es una muestra más de las perversiones del lenguaje, y de los usos interesados que esas personas de "bien" están dispuestas a desplegar para alcanzar su objetivo, que no es otro que regresar a la sociedad estamental y piramidal. La verticalidad que defendía Karl Popper frente a la horizontalidad que reclamaba Habermas.