Todos hemos visto, especialmente en los últimos años, amplios reportajes fotográficos y televisivos sobre los efectos de violentos tsunamis, terremotos y otras catástrofes naturales. Su conversión en espectáculo a través de los medios de comunicación se encuentra cada vez más codificada como género y empieza a exigir el uso sistemático y recurrente de algunas fórmulas retóricas. Una de ellas es la presentación del antes y del después de la catástrofe. Sea con imágenes "reales", sea con la ayuda de brillantes simulaciones de ordenador, las páginas de los diarios y las pantallas de los televisores nos muestran los perfiles o las vistas aéreas de edificios en pie y, a continuación, los esqueletos retorcidos, fragmentados o anegados de esos mismos inmuebles, una vez devastados por la catástrofe.
Nos muestran el antes y el después, pero rara vez -salvo, quizá, con ocasión del aniversario del incidente- el después del después; es decir, en qué estado se hallaba la zona meses o años después de la catástrofe. El motivo de este olvido ha sido ampliamente estudiado por los teóricos del periodismo y viene a consistir en que un hecho actual e insólito se considera noticia, al igual que sus efectos inmediatos; pero no así sus consecuencias o secuelas a largo plazo... salvo que otro hecho insólito las ponga otra vez de actualidad. La noticia generalmente no se sigue porque, una vez que puede ser seguida, es decir, avanzada, ya no es noticia.
No obstante, aunque las reglas del periodismo nos hurten normalmente las imágenes del después del después de una catástrofe, es fácil suponer cómo deben ser. O, al menos, cómo no deben ser.
Indudablemente, las imágenes del después del después serán bien diferentes de las que nos muestran el antes. Quiero decir que a lo mejor habrá casas de nuevo en el lugar de la zona, pero que con toda seguridad no serán iguales a las que estaban allí antes edificadas. O quizá se haya decidido no construir nada de nuevo en ese lugar, ante el temor de que se produzcan en él catástrofes estacionales. O quizá se hayan desarrollado nuevos edificios, más sólidos, más altos o más bajos, pero en todo caso mejor preparados para resistir terremotos. O quizá los solares hayan caído en las garras de la especulación y antiguas casas de pescadores, es un poner, se hayan visto sustituidas por hoteles de cinco estrellas... En todo caso, es obvio que el perfil, el panorama o el paisaje de la zona jamás volverán a ser idénticos a los que existían antes de la catástrofe. Quizá mejores, quizá peores; pero nunca iguales.
Paul Krugman, un premio Nobel de Economía, sostiene que las crisis económicas pueden y deben ser analizadas, al igual que las catástrofes naturales, como sistemas complejos. No me extenderé aquí en sus razonamientos, porque nos llevaría muy lejos, pero son francamente consistentes. Y una de sus conclusiones más relevantes es que, en las crisis económicas, al igual que en los sistemas complejos que se ven sometidos a modificaciones estructurales, la desaparición de los factores que las causan jamás devuelve el sistema afectado al mismo estado inicial que éste presentaba antes de la catástrofe.
Un consenso tan amplio como incompleto
No se impaciente el lector, que ahora mismo empezamos a hablar de teatro. Viene la anterior reflexión a cuento -si es que viene- de las reacciones mentales y factuales que está teniendo una buena parte de los agentes de nuestro sector frente a los efectos de la crisis económica sobre el sistema teatral.
Cualquier encuesta que hagamos sobre su opinión al respecto arrojará como resultado abrumadoramente mayoritario que los impagos de los Ayuntamientos es el peor efecto de esa crisis y un factor que amenaza con destruir una parte no precisamente menor o irrelevante del tejido empresarial y profesional del sector.
Quienes así piensan tienen obviamente razón. De manera sorprendente y seguramente reveladora, la crisis económica no se he llevado por delante el mercado teatral español (las cifras de ingresos y de localidades vendidas muestran de momento una relativa fortaleza, sobre todo en términos comparativos con otros sectores culturales), pero los impagos de los Ayuntamientos y los recortes de los presupuestos públicos amenazan con conseguir lo que la desfavorable evolución del consumo privado nacional no ha logrado.
Las cifras -o, al menos, la pavorosa magnitud de las estimaciones- son de sobra conocidas. A finales del año 2009, se hablaba ya de que las deudas por impagos o por morosidad de larga duración de los Ayuntamientos superaban los 6 millones de euros; y la excelente encuesta anual de la Asociación de Empresas de Artes Escénicas de Andalucía (ACTA) señala en su última edición que el nivel de morosidad municipal que soportaban las empresas y compañías teatrales andaluzas en ese mismo año superaba ya el 12% y que más del 47% de los pagos efectivos se conseguía sólo con plazos de más de 6 meses.
En un sector sostenido básicamente por PYMES que disponen de muy baja capitalización y de suficientes alternativas de financiación, fuertemente dependiente de los recursos públicos y en el que más del 70% de las empresas tiene un presupuesto anual de menos de 50.000 euros, las consecuencias de ese fenómeno no pueden ser más que devastadoras; ni conducir a otro final que no sea la desaparición de un elevado número de empresas. Un síntoma: entre 2009 y 2010, el número de peticiones de subvención solicitadas al INAEM cayó en más de un 17%; y los rumores que corren por la Corte apuntan a una caída del mismo tenor en 2011. Salvo que pensemos que, en medio de la crisis y de la falta de recursos, a las compañías teatrales les ha dado un inútil ataque de solidaridad patriótica y han decidido seguir trabajando sin ayudas públicas, a fin de que éstas puedan dedicarse a la solución de problemas sociales más urgentes, la hipótesis más plausible es que un buen número de las empresas más profesionales del sector ha decidido echar el cierre. Bueno, el INAEM parece más proclive a pensar que el descenso en el número de peticiones de subvención se debe más bien a una imparable oleada de concentraciones empresariales y proyectos de coproducción, pero, qué quieren que les diga, hipótesis por hipótesis, la primera me parece más consistente.
Un problema de visibilidad
De modo que sí, que es cierto que los impagos de los Ayuntamientos son el elemento más grave y pernicioso que nos ha traído la crisis económica. Los agentes del sector no se equivocan a la hora de señalar la herida por la que éste se desangra. Pero ¿aciertan plenamente con el diagnóstico? Me temo que no. Pocas veces como en ésta, los árboles impiden ver el bosque. O el humo impide ver el bosque y los árboles.