La reportera se dirigió a una muchacha para que le diera su opinión y ésta, con rostro risueño, no dudó en afirmar: "Lo mejor es que los maten a todos". La respuesta me sobrecogió. ¿Conoce esa criatura lo que ha sido la historia del pueblo judío? ¿Qué les enseñan en las escuelas de Israel a sus niños y jóvenes? Esas imágenes me trajeron a la memoria la de aquellas señoras que se consideraban la "gente de orden", que iban a hacer punto en los lugares en que los fascistas fusilaban a quien se les venía en gana en la Guerra incivil española. También ellas y ellos hubieran querido matar a todos, aunque hay cosas que se sueñan pero que son imposibles. Qué pensará esta gente que toma café y comenta entre risas la extinción, de los dictados de su dios. Entre esta gente y los nazis que quisieron hacer lo propio con su pueblo, hace tiempo que no existe diferencia.
¿Qué hacer? Antonio Elorza escribía no hace mucho que es preciso que Israel vuelva a las fronteras de 1967, para que pueda darse una solución al conflicto. Estoy de acuerdo. Los gobiernos israelíes han hecho caso omiso de todas de las resoluciones de la ONU, las de la Asamblea General, claro está, porque en el Consejo de Seguridad siempre los Estados Unidos han impuesto su veto. Por eso creo, como otros muchos, que los gobiernos de los países que defienden la civilización y el derecho internacional deben decirle claramente a Israel: Hasta aquí han llegado. Deben impedirles que actúen con impunidad, como si existiera una especie de culpa colectiva que les permite hacer lo que quieran. Justamente es por eso, por esa conducta, por lo que acabarán enajenándose de los gobiernos, porque de gran parte de la ciudadanía ya lo están.
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No soy dado a enaltecer de forma gratuita la acción del Gobierno de España, más bien intento no perder mi sentido analítico, pero me escandalizan las operaciones de agitación y descrédito emprendidas por los agentes mediáticos de la derecha extrema. Desde que esta crisis se instaló con todas sus consecuencias, la campaña obedece a una sistemática denigración del Presidente del gobierno en la que todo vale, al igual que de varios de sus ministros. No es un asunto banal, sino que refleja muy bien lo que algunos entienden por acción política o periodística, que al fin y a la postre sólo es mediática,
He dicho muchas veces, no se me cansen, que hacer oposición no es estar en contra de todo aquello que los que gobiernan proponen, sino hacer análisis críticos y aportar soluciones alternativas. Los electores tienen derecho a saber cuáles son los proyectos para la gobernación de aquellos por los que vota. Esta práctica es casi inexistente en España, por mucho tono altisonante que se dé a lo que se dice. A mi parecer, el Partido Popular comete el error notable de hacer una crítica acerba del gobierno, al que hace responsable de la crisis, sin proponer ningún plan propio a la situación. ¿Pero alguien puede proponer un plan? ¿Hay alguien que encuentre una salida al laberinto?
La cuestión consiste en que esta crisis, hasta donde podemos colegir, se inició en los Estados Unidos por problemas en apariencia ligados a la especulación bancaria, pero fruto de los procedimientos ensalzados por aquellos deplorables "neocons" y todos quienes siguieron sus pasos en el ancho mundo, el sr. Aznar y sus fieles en grado sumo. Excepto la administración Bush que permitió todos los desafueros imaginables, los gobiernos del mundo se han visto arrastrados por la hecatombe estadounidense. Los episodios locales, que los hay, son minucias en relación a la substancia de los hechos. Incluso es legítimo pensar sin el menor asomo de política-ficción, si la crisis no ha sido inducida por quienes pretenden erigirse en gobierno mundial en su empeño por limpiar las caballerizas con vigor hercúleo, pero esta es cuestión para otro momento y carecemos de datos precisos. En estas circunstancias, el PP debería celebrar el hecho de no gobernar, porque sólo podría hacer lo mismo o provocar graves situaciones de violencia social.
Sin embargo se ha adoptado una línea argumental en que además de calificar al señor Rodríguez Zapatero de "mentiroso" pertinaz -¡cuánto calvinismo oculto circula!-, se le hace responsable de todo. Hay espacios televisivos y radiofónicos dedicados a largar sin cuento ni medida, sin datos ciertos y puras opiniones de barra de bar, en los que se le acusa de todo lo que sucede. Hasta del mal tiempo y las nevadas he oído decir, lo juro.
Es de suponer que el PP quería atraer intenciones de voto de la situación, pero para ello se ve obligado a contar con los extremos más derechistas de la turba liberal-conservadora -¡qué magnífico frenesí el de esta denominación!-. Y burla burlando, estos energúmenos cuyo fin era ante todo el de derribar al señor Rajoy de la presidencia del PP, aparecen ahora sin máscara. Por eso han llegado a esgrimir el interrogante "¿donde está la oposición?", cuando Rajoy pretende establecer algún acuerdo estratégico con el partido gobernante.
La situación es grotesca. Muchos consideramos al señor Rajoy como persona ponderada aunque no lo votáramos, y gentes de su partido o en los aledaños sociológicos pretenden destruirlo y humillarlo. Podemos no votarlo pero lo respetamos, cosa que ese quiste ultraderechista no hace. Creyendo que sirve a sus propósitos obsesivos de ocupar el poder, han propalado toda suerte de profecías catastróficas que han servido para crear una sensación de miedo entre quienes no debían tenerlo. No dudan en hacer trabajo de agitación para denunciar que los sindicatos no se alzan en pie de guerra, como si hubiéramos olvidado lo que dicen cuando simplemente se movilizan.
Esta situación no tiene salidas en solitario y nadie vislumbra cuál puede ser la colectiva. Los gobernantes no cejan en su ilusión de mantener lo existente, aunque se haya hundido en el desdoro y la miseria, aunque la contribución del Estado se solicite a gritos por quienes quisieron reducirlo a escombros. Los límites entre lo público y lo privado se desdibujan siempre a su gusto y a su favor. Quienes determinaron entre gritos triunfales que se privatizara todo, Repsol o Iberia, por ejemplo, pretenden que se comporten y se les trate como si fueran públicas. Los bancos mismos, dedicados a hacer negocio, son entidades privadas que hacen lo que responde a sus intereses. Otra cosa es si debe ser así, si los ciudadanos deben tolerar que ciertas entidades dedicadas a su lucro privado tengan consideraciones privilegiadas sin llegar a un acuerdo que confiera una inequívoca dimensión social a sus actividades.
Habría que buscar, para hallar salidas al laberinto, opciones que cambiaran el sentido de muchas cosas, muy en particular del sentido de la vida y la felicidad. Antes, a todo esto se lo denominaba: soluciones revolucionarias. ¿Pero tiene alguno de los gobernantes europeos el valor cívico y político de enunciarlas? Para vergüenza de todos, quienes representan los rostros de esta crisis se van a ir de rositas como nos descuidemos.