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ADE-Teatro 124 ADE-Teatro

No hay que salvar a los bancos sino a la humanidad

por Juan Antonio Hormigón
ADE-Teatro nº 124, Enero / Marzo 2009

Número de páginas: 3
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1
En 1958 los científicos chinos descubrieron la actividad terapéutica de la Artemisa Annoa, para el tratamiento de la malaria. En la Grecia antigua se utilizaba ya esta planta para el tratamiento de las disfunciones menstruales, algias y otras dolencias. En China desde hace mil quinientos años se conocía la acción de las infusiones de Artemisa contra la malaria, pero según la información proporcionada por TVE, fue a finales de los años cincuenta cuando los científicos de dicho país expusieron sistemáticamente sus capacidades para enfrentarse a una enfermedad que mata a millones de personas, treinta niños cada diez minutos por ejemplo.
Los Estados Unidos de América del Norte no aceptaron el descubrimiento. Eran años de lo que se ha denominado eufemísticamente Guerra fría, y no podía darse por bueno un hallazgo que viniera del "enemigo", aunque su aplicación supusiera salvar tres millones de vidas cada año. Por otra parte la industria farmacéutica con su ausencia de sentido social -al fin y al cabo, me dirán, es un negocio que sigue las leyes del mercado-, tampoco era demasiado proclive a asumir un producto que podía ser barato y benéfico para masas de población depauperadas y enfermas.
Sólo treinta años más tarde se reconoció el valor de la Artemisa como preparado contra la malaria con resultados excelentes. Hace años ya que se investiga en la materia, con la oposición de las multinacionales farmacéuticas que siguen intentando silenciarlo. Su intención comercial es seguir colocando los antibióticos que fabrican aunque son ineficaces. En el extremo contrario y gracias a la inversión pública, el Centro Tecnológico Agroalimentario de Extremadura lleva adelante un importante proyecto de implantación de la Artemisa para la fabricación de fármacos contra el paludismo. Es una iniciativa destinada al beneficio social.
Esta es la naturaleza del sistema en que vivimos. El negocio se supedita a cualquier consideración humana. Si hay que eliminar población y vender, da igual que se lleve a cabo mediante las guerras o privándoles de terapias que respondan a las pandemias que padecen o quizás, en ocasiones, se les provocan.
Contaré algo personal. Hace años ya, un cardiólogo al que conozco bien y fue compañero mío en el colegio y la universidad, me habló del carácter benéfico del vino tinto tomado con moderación: una botella a la semana, dijo, para la prevención de enfermedades cardíacas. Y añadió: "No podemos decirlo porque los americanos (estadounidenses) se niegan; son muy puritanos". Ahora esta cuestión es comúnmente aceptada.
 
2
Hemos vivido distantes e impotentes la barbarie padecida por la población palestina de Gaza. Hemos padecido aquí la sinfonía de plumíferos y tertulianos que defendían con ardor el derecho de Israel a defenderse, aunque lamentaban con jeremíaco cinismo la cantidad de niños muertos. Algunos sin embargo mostraban su queja: "Siempre nos enseñan las mismas imágenes". Quisieran, como hizo la administración Bush, matar y que no se vea. Los muertos, y más de una forma tan despiadada, suelen provocar náuseas y cólera en la población, eso es lo malo de estas cosas. Recuerdo la imagen de uno de estos personajes del sexo femenino, que denunciaba con énfasis que los niños israelíes en sus colegios tienen el refugio bajo sus pies. Y no le daba vergüenza considerar que los palestinos sólo tenían las bombas y la muerte a su alrededor. ¡Cómo no le iban a molestar las imágenes!
Se ha calificado la respuesta como "desproporcionada" por parte de quienes no son abiertamente de extrema derecha. Son ganas de seguir con los eufemismos. No voy a comparar cifras, ni a hacer balances. Quién no quiera ver que las fuerzas israelíes responden con ametralladoras, artillería y blindados a quienes les lanzan piedras; que al lanzamiento de cohetes de poca eficacia se le opone bombardeos de violencia feroz y sostenida, con ataques por mar, con artillería, más blindados e infantería invasora, poco hay que decirles. De todos modos ese es el escenario preferido para este tipo de mentalidad: ellos tienen la fuerza y la aplican cuando quieren y donde quieren, y nadie los detiene, y les importa un pito tanto la opinión pública internacional como las tímidas peticiones de los gobiernos europeos.
Todo esto es importante recordarlo pero se ha insistido sobradamente en ello. La cuestión es por qué esta atrocidad sin límites se ha podido ejecutar ahora con tanta impunidad. Lógicamente se ha aludido a la proximidad de las próximas elecciones como causa principal: los candidatos hacen méritos ante los electores apoyando ciegamente los bombardeos. Es cierto sin duda, pero no hay que olvidar que lo hicieron los días justos anteriores al fin de la presidencia de Bush. La Ministra de Exteriores de Israel pudo ir a visitar a Condoleezza Rice un minuto antes de que desapareciera del cargo, para recibir su apoyo explícito. Del mismo modo, declararon el alto el fuego tres o cuatro antes de que tomara posesión el nuevo Presidente Obama. A nadie se le ha pasado por alto la siniestra utilización de estas fechas y plazos.
No obstante, la necesidad de consumir armas ha sido igualmente decisiva. La fabricación de armas es uno de los rangos que se consideran productivos en los datos macroeconómicos, es el primero en Estados Unidos. Pero para que los fabricantes vendan es necesario que se las compren los gobiernos con recursos del erario público, no se olvide, y si los almacenes están llenos no hay nada que hacer. Hasta que esta miserable situación no se resuelva, seguirá habiendo guerras para poder vender armas que se les pagarán con dinero de los contribuyentes. ¿No ha sido éste uno de los elementos básicos de la crisis que se originó en Estados Unidos y ahora padece el mundo?
Todo ello nos permite afirmar que el gobierno israelí es de una amoralidad extrema, así como de una carencia de ética que lo enajena de todos aquellos países que utilizan criterios civilizados en sus actuaciones. Lo malo de estas carnicerías, como en otros casos, es que los muertos no son partidarios de los discursos filosóficos, sólo saben que han sido asesinados.
Para certificarlo basta recordar unas imágenes emitidas por TVE y que no se volvieron a repetir. En un monte frente a la frontera con Gaza, un grupo de israelíes, jóvenes muchos de ellos, se habían reunido con mesas y máquinas de café, quizás también música, a ver cómo se bombardeaba el territorio palestino. Al fondo se veían las grandes humaredas provocadas por las bombas y los incendios. Era un espectáculo obsceno y repugnante el que ofrecían aquel grupo de individuos.
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