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ADE-Teatro 97 ADE-Teatro

María Teresa León y la Guerra Civil española (De teatro y otros textos)

por Gregorio Torres Nebrera
ADE-Teatro nº 97, septiembre-octubre 2003

Número de páginas: 5
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"¿ Y cómo no iban a creer en nosotros, que les dedicábamos todas nuestras horas? El actor que tenían delante no era un hombre cómodo que esquivaba la guerra en un trabajo de retaguardia. El actor soldado fue una variante afortunada del actor profesional. Los actores y actrices estaban sometidos a una disciplina. Disciplina que obligaba al abandono de muchos vicios teatrales. El sueldo que recibían era el de un soldado. Los caminos, como en los tiempos de Lope de Rueda, eran su descanso. No sabían, al salir, cuando les tocaría volver, ni si volverían. Se acostumbraron a los ametrallamientos de las carreteras; a continuar las representaciones mientras volaban sobre ellos los junkers alemanes; a no sentir fatiga; a dejar prioridad a las ambulancias cuando comenzaba una batalla, aun a riesgo de tener que retroceder bajo el fuego enemigo. Representábamos en todos los lugares que nos ofreciesen: iglesia rota, campo libre, bosque o patio de cuartel. Espectadores con arma al brazo, sentados o rodilla en tierra, nos escuchaban absortos, prontos a entrar en acción, mientras otros batallones de su unidad combatían no lejos de allí [...] El actor de las "Guerrillas del Teatro" fue una creación feliz. Creo que también lo fue su repertorio".
Una empresa, una experiencia, una aventura cuya fuerza había de tener su registro literario merecido en la literatura de la León. Nada menos que una de las más personales -por distinta- de las muchísimas novelas que nuestra Guerra Civil generó: Juego Limpio. Sobre un cañamazo argumental que apenas se separa de la verdad documentada en las crónicas de aquellos años, y como si fuese un adelanto del ejercicio compensatorio del recuerdo que será Memoria de la Melancolía, un fraile agustino encerrado en el exilio interior de una celda escurialense purga su sufrimiento de hombre enamorado que recrea, en una escritura íntima y secreta, los días de su inseparable experiencia como "guerrillero" del teatro que capitaneaba una tal María Teresa:
" Al sentarme de nuevo veo que el sol me ha favorecido dorándome estas páginas. Hace meses que debieron ser rotas, pero me detuvo el no saber dónde tirarlas, aunque tengo un estanque, un gran estanque que llamamos la balsa, justo a los pies de mi celda".
Aquel Camilo, otrora sacerdote escondido en una carbonera y por unos meses convencido actor de las "Guerrillas" (figura que se basa en un personaje real, según testimonio del actor Salvador Arias, aunque no hay que excluir un cierto reflejo del director falangista Felipe Lluch, preciado colaborador de María Teresa en aquellas lides) cuenta una singular aventura de guerra y teatro en la que la misma novelista aparece como personaje. Y en esa novela se recrea, con todo el arte que la identificación cordial provee, la formación del grupo, los ensayos en los sótanos del palacete de la calle Marqués del Duero, el divertimento en los ensayos del Enfermo imaginario, las representaciones de Numancia y de la Cantata que Alberti escribió para despedir en homenaje a los brigadistas... y los peligros de ser ametrallados en cualquier carretera... y las satisfacciones de representar un entremés del clásico Quiñones en el amplio y destartalado corral de un pueblo conquense ante unos entregados y hambrientos espectadores. Un episodio (este último referido) que nos da una imagen bastante aproximada de lo que vinieron a ser tantos ejemplos de representaciones en las trincheras y en las retaguardias como se celebraron en el país dividido por la guerra, herederas directas de aquellas campañas republicanas de las "Misiones Pedagógicas" que Casona llevó por las tierras de Sanabria, y en el que resuena el modelo del Retablo de las Maravillas, pero sin la acidez burlesca de la joyita cervantina:
" Subimos con la misma buena fe de siempre a nuestro tablado. Cantamos. ¡Oh qué mal cantamos! En primera fila nuestros antiguos apedreadores y algunos perros de los que nos habían perseguido. Ni unos ni otros nos guardaban rencor. Inmediatamente llegaron las autoridades que habían pasado sobre las mujeres hasta sentarse en el mejor lugar, que era un pesebre. Los cuatro viejos y el alguacil se pasaban de cuando en cuando un jarrillo de vino. ¿Y las mujeres? Mujeres solas, tristes, de ojos con poca voluntad para escucharnos. Parecían decirnos: "¿De dónde vienen ustedes tan jóvenes, de qué país son que no están en el frente?". Y nosotros cantábamos cantos de arada, de molienda, de soldados, de camino, y ellas seguían fruncidas, con el pañuelo sobre la boca para ahogar el temblor de su conversación. Cantamos cosas risueñas, y no se rieron. Para reír, debían pensar, no se va al teatro. ¡Cantar! ¿Pero si eso es lo que se oía antes todos los días? Claudio estaba a punto de desmayarse y las chicas sudaban [...] Con fiebre comenzamos el entremés del Perro. Allí me tocaba a mí lucirme. Quiñones de Benavente no sonó nunca a cosa más extraña que en aquella oquedad del Corral del Tío Tocana en Montilla."
Volvamos al artículo sobre aquellas "Guerrillas" tan cosidas a la vida de María Teresa, para releer otro pasaje:
" puede que algún día nadie recuerde su nombre [el de las Guerrillas], reducido a dos líneas en los manuales de historia, su heroísmo de aleluya, pequeño y audaz. Mujeres fuertes desarmaban a los hombres cobardes. Tenía todo algo de carnaval, de día de toros y de entierro. El hombre malo y el hombre bueno; el valiente y el temeroso. Madrid sacaba su capa de grana, la que le conoció Napoleón, y parecía decirle al tiroteo: embiste. La aleluya madrileña era manola y varonil, arrogante y cortés. Yo la he visto dirigirse a una fiesta imaginaria, a unos fuegos artificiales. Sacaba el pie y bailaba. Tenía teatros, cafés, bares con agua de Lozoya, y un rumor de mercado por las calles donde casi nada había que vender, y desfiles reclamando cosas mal definidas que hacían llorar... En ese ambiente hicimos nuestro ensayo de teatro para las masas".
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