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Última actualización: (CET)
por Gregorio Torres Nebrera
ADE-Teatro nº 97, septiembre-octubre 2003
"¿ Y cómo no iban a creer en nosotros, que les dedicábamos todas nuestras horas? El actor que tenían delante no era un hombre cómodo que esquivaba la guerra en un trabajo de retaguardia. El actor soldado fue una variante afortunada del actor profesional. Los actores y actrices estaban sometidos a una disciplina. Disciplina que obligaba al abandono de muchos vicios teatrales. El sueldo que recibían era el de un soldado. Los caminos, como en los tiempos de Lope de Rueda, eran su descanso. No sabían, al salir, cuando les tocaría volver, ni si volverían. Se acostumbraron a los ametrallamientos de las carreteras; a continuar las representaciones mientras volaban sobre ellos los junkers alemanes; a no sentir fatiga; a dejar prioridad a las ambulancias cuando comenzaba una batalla, aun a riesgo de tener que retroceder bajo el fuego enemigo. Representábamos en todos los lugares que nos ofreciesen: iglesia rota, campo libre, bosque o patio de cuartel. Espectadores con arma al brazo, sentados o rodilla en tierra, nos escuchaban absortos, prontos a entrar en acción, mientras otros batallones de su unidad combatían no lejos de allí [...] El actor de las "Guerrillas del Teatro" fue una creación feliz. Creo que también lo fue su repertorio".
" Al sentarme de nuevo veo que el sol me ha favorecido dorándome estas páginas. Hace meses que debieron ser rotas, pero me detuvo el no saber dónde tirarlas, aunque tengo un estanque, un gran estanque que llamamos la balsa, justo a los pies de mi celda".
" Subimos con la misma buena fe de siempre a nuestro tablado. Cantamos. ¡Oh qué mal cantamos! En primera fila nuestros antiguos apedreadores y algunos perros de los que nos habían perseguido. Ni unos ni otros nos guardaban rencor. Inmediatamente llegaron las autoridades que habían pasado sobre las mujeres hasta sentarse en el mejor lugar, que era un pesebre. Los cuatro viejos y el alguacil se pasaban de cuando en cuando un jarrillo de vino. ¿Y las mujeres? Mujeres solas, tristes, de ojos con poca voluntad para escucharnos. Parecían decirnos: "¿De dónde vienen ustedes tan jóvenes, de qué país son que no están en el frente?". Y nosotros cantábamos cantos de arada, de molienda, de soldados, de camino, y ellas seguían fruncidas, con el pañuelo sobre la boca para ahogar el temblor de su conversación. Cantamos cosas risueñas, y no se rieron. Para reír, debían pensar, no se va al teatro. ¡Cantar! ¿Pero si eso es lo que se oía antes todos los días? Claudio estaba a punto de desmayarse y las chicas sudaban [...] Con fiebre comenzamos el entremés del Perro. Allí me tocaba a mí lucirme. Quiñones de Benavente no sonó nunca a cosa más extraña que en aquella oquedad del Corral del Tío Tocana en Montilla."
" puede que algún día nadie recuerde su nombre [el de las Guerrillas], reducido a dos líneas en los manuales de historia, su heroísmo de aleluya, pequeño y audaz. Mujeres fuertes desarmaban a los hombres cobardes. Tenía todo algo de carnaval, de día de toros y de entierro. El hombre malo y el hombre bueno; el valiente y el temeroso. Madrid sacaba su capa de grana, la que le conoció Napoleón, y parecía decirle al tiroteo: embiste. La aleluya madrileña era manola y varonil, arrogante y cortés. Yo la he visto dirigirse a una fiesta imaginaria, a unos fuegos artificiales. Sacaba el pie y bailaba. Tenía teatros, cafés, bares con agua de Lozoya, y un rumor de mercado por las calles donde casi nada había que vender, y desfiles reclamando cosas mal definidas que hacían llorar... En ese ambiente hicimos nuestro ensayo de teatro para las masas".
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