María Teresa León fue una total convencida de la dignidad estética
y moral que debía adornar y generar la escena en los días de
cerco y lucha. Por ello sacó fuerza de flaqueza y logró un espectáculo
como el de Numancia, en el que todo un clásico de nuestro teatro se
sentía como el contemporáneo más comprometido con la realidad
pura y dura que se empeñaba en hacer de la cercada Madrid un espacio
absolutamente equiparable con el espacio ficcional que María Teresa
levantó -con la ayuda de Ontañón- en el escenario del
Teatro de la Zarzuela: la vida real y la vida fingida del teatro se hacían
una en el ánimo y la experiencia de los sufridos espectadores y ciudadanos:
numantinos todos. Y no sólo acudió -para hacer del teatro un
inmejorable ejemplo de moral y resistencia en la dignidad de los que tenían
toda la razón de su lado- al ejemplo del pasado remoto, sino que también
echó mano de casos del pasado inmediato que venían a insistir
sobre esa conexión -más que nunca necesaria- entre lo visto y
lo vivido, entre escena y compromiso cotidiano. Así fue, y así se
explica, la elección de una de las muchas obras del agit-prop soviético
que admiró y difundió María Teresa, la Tragedia optimista
de Vichnievski , el segundo espectáculo de altas miras estéticas
y políticas que María Teresa León dirigió, al frente
de la compañía "Teatro de Arte", en uno de los históricos
escenarios de Madrid. Y en uno de esos artículos sobre teatro de guerra
explicó y justificó claramente la oportunidad de su elección
y de su montaje en el Madrid que tanto ejemplo a seguir podía recibir
de aquel otro caso de heroica resistencia bolchevique: "Ahora nosotros
aprovechamos una obra soviética para mostrar los problemas de nuestra
guerra". Aquella comisaria (María Teresa encontró su debilidad
feminista en aquel texto de Vichnievski) que muere y proyecta ejemplo y lección
en el desmoralizado destacamento que dirige, "es el símbolo del
sacrificio consciente, de la vida entregada a la gran idea de salvación
humana. ¡Tantos han muerto en esta tierra de España de esa misma
admirable muerte!". María Teresa dirigió con pericia y
con amorosa entrega una obra que para ella resultaba ser el símbolo
de la misma lucha en la que también la mujer debía implicarse
en primera fila (lo que poco después desarrollaría en la novela
antecitada Contra viento y marea) y por tanto "cuando algunos meses más
tarde levantamos el telón de la Zarzuela para representar en español
esa misma obra, una gran emoción me ganaba al paso de las escenas".
La tragedia optimista fue uno de los escasos, pero sobresalientes, ejemplos
del teatro de guerra (en la guerra) que León fue persiguiendo en aquella
cruzada personal por la calidad estética aunada con la eficacia pedagógica
("un teatro culto, real, lleno de enseñanzas") consiguiendo
la primera victoria en la batalla contra "lo chabacano, lo inculto, lo
mediocre". Tal vez un exceso de confianza en la labor de extensión
cultural que ocupó a la República en la encrucijada de la Guerra
le hizo creer y proclamar a María Teresa que "un campesino nuestro
comprende cualquier obra de teatro clásico; tiene los oídos llenos
de canciones antiguas magníficas, que es una cultura que los siglos
dejaron y transmitieron de padres a hijos". El hispanista Robert Marrast
se hace eco, en su importante estudio sobre el teatro durante la guerra civil
de 1978 (El teatre durant la Guerra Civil espanyola, pág.57) de una
entrevista realizada a María Teresa en el diario Ahora del 24 de octubre
del 37, en la que la directora del espectáculo que comento se mostraba
enormemente satisfecha por haber dado a conocer un texto que era paradigma
de lo que había defendido en el artículo arriba aludido "Gato
por liebre": ofrecer piezas que fueran una inteligente síntesis
entre vanguardia y compromiso ideológico, ejemplos de verdadero "teatro
de masas" en el que la calidad no estuviese reñida con la eficacia
comunicativa en una dirección ideológica determinada: "La
Tragedia Optimista nos ha parecido una obra de vanguardia -¡fuera los "ismos" donde
se oculta la ineptitud!-, de un teatro actualísimo, de gran valor artístico,
aun cuando cumpla preceptos de orden social, que también la humana y
virtual sociología es arte, y tienda a hacer una propaganda efectiva
en las conciencias, pero no una propaganda de visos pornográficos y
tempestuosos, ni frases de latiguillo mitinescas".
Pero fueron las "Guerrillas del Teatro" lo que más ganó el ánimo
y el corazón de la luchadora María Teresa León, desde
la plataforma valiosísima que fue la Alianza de Intelectuales Antifascistas.
En aquellos escritos de los primeros años del exilio en los que se iba
ejercitando la memoria de María Teresa, en un proceso preparatorio de
su ulterior Memoria de la Melancolía, hubo un artículo sobre
aquellas "Guerrillas", el grupo de actores-soldados del que, al
final de su vida de escritora, su directora e inspiradora pudo decir orgullosa: "si
a algo estoy encadenada es al grupo que se llamó Guerrillas del Teatro
del Ejército del Centro". En aquel artículo inserto en
la revista bonaerense Latitud (abril del 45) María Teresa reconstruye
el propósito de la formación ("fuimos hacia nuestros espectadores
con una gran preparación sentimental. El amor y la fe eran las características
de aquellos días. Estábamos seguros de que el instinto de nuestro
nuevo público sabría comprender nuestros propósitos, que
-¡oh sueño del retorno teatral a sus orígenes inocentes!-
estaban basados en restituir el teatro al pueblo") y la experiencia que
enriqueció aquel propósito ("nos pareció que aquellos
hombres cansados, que nos proponían como espectadores, no tenían
su espíritu propicio para ejercicios estéticos, puesto que parecían
haber regresado a una edad incierta de la infancia, donde el miedo ocupaba
otra vez un gran lugar. ¿Con qué lenguaje hablarles a los que
volvían de burlar la muerte? ¡Qué extraño espectador!
Se agrupaban todos iguales, con una sola cara, uniformados de ojos y maneras. ¿Qué hacer
para entregarles nuestra mercancía? Mercancía de papel de colores
y trajes rutilantes, mercancía de bailes, música y palabras,
consuelo de niños, gracia de las metamorfosis. Se sentaron dócilmente,
y comenzó la representación y el milagro"). La identificación
-mutuo reconocimiento- entre aquellos cómicos/guerreros de la legua
y los espectadores tan extraños a los teatros al uso fue tan espontánea
como sincera: se reconocían mutuamente en el marco de un mismo compromiso
histórico: