En consecuencia, y no olvidando el ejemplo de ese teatro soviético que
fue capaz de estar a la altura de la revolución y sus colectivas exigencias,
María Teresa afirma convencida: "hay que hacer del teatro un servicio
de guerra". Y advierte sobre el peligro de las acomodaticias excusas
("el público no viene a las cosas actuales", "el público
no quiere alusiones a la guerra", "el público quiere olvidar")
que acaban cayendo en una suerte de sabotaje tan involuntario como desmoralizador,
al pensar que los espectáculos en días de guerra deben conducir
al iluso olvido de que se vive bajo el riesgo de bombardeos, en asedio de hambre,
en peligro de muerte:
"¿
Pero es posible olvidar la hondísima tragedia española? ¿No
parece como si una consigna de la quinta columna soplase sobre los espectáculos
públicos?".
Como había aprendido del teatro que los soviets pusieron en práctica
desde el año 17, "no se ganan batallas con teatro, pero se aumenta
la moral, el fervor, la tensión nacional". El teatro como "industria
de guerra", como necesaria "industria de guerra", y como
cualquier industria comprometida en la buena marcha de las operaciones militares,
debe evitar el "sabotaje" a toda costa: y -asegura María
Teresa- "más de los deseables hay repartidos en el mundo teatral.
Muchos porque no han comprendido nada de lo que sucede; otros porque aguardan
no sabemos qué inconfesables soluciones de la guerra; los más
porque han creído que la revolución es un asunto de bolsillo".
Y el modo de salir al paso de las falacias de un teatro que traiciona, por
irresponsabilidad, el compromiso social que se le presume y los niveles artísticos
que, pese a las "urgencias", debía tener, lo declaraba la
articulista en un contundente artículo inserto en la activa publicación
El Mono Azul, bajo el epígrafe "Gato por liebre". Pensaba
la subdirectora del Consejo Central del Teatro en los años de nuestra
Guerra Civil que a ese "teatro van los avisados y los ingenuos; los primeros
todo lo reciben con reservas; si con mayor número, pueden llegar a producir
la frialdad colectiva, aunque se esté representando una obra maestra
del teatro universal"; y, por tanto, "si la taquilla acusa un estado
de corrupción o desmoralización de las costumbres, son los hombres
colocados al frente de las responsabilidades teatrales los que deben guiarse
por ella para remediarlo". Esta premisa, fruto de una fina observación
acerca de las contradicciones inherentes al teatro como hecho de comunicación
de masas, debe poner en guardia a quienes rigen el mejor destino de la escena
y su más deseable función cultural y social, que nunca debe perder
de vista su mayor limpieza ética. Por ello "es un pretexto demasiado
cómodo el achacar el estado actual de nuestros escenarios al mal gusto
del público"; antes bien, ese teatro -tanto en tiempo de paz como
en tiempo de lucha, y sobre todo en la segunda- ha de servir siempre "para
educar, propagar, adiestrar, distraer, convencer, animar, llevar al espíritu
de los hombres ideas nuevas, sentidos diversos de la vida, hacer a los hombres
mejores. Para ello el teatro ha de seguir vivo con la vida de su tiempo, buscar
afinidades con el teatro antiguo, y para cumplir con nuestro deber estrictamente
revolucionario deberíamos evitar que pasasen gato por liebre, llamando
teatro a la basura inmunda, equivocando a los camaradas de buena fe".