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ADE-Teatro 97 ADE-Teatro

María Teresa León y la Guerra Civil española (De teatro y otros textos)

por Gregorio Torres Nebrera
ADE-Teatro nº 97, septiembre-octubre 2003

Número de páginas: 5
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En aquel lugar entran y salen -como si lo concibiéramos a modo de drama histórico- los personajes de aquella tragedia, como "el comandante Carlos con su sonrisa criticona errándole por las mejillas", o el portuense Modesto o Enrique Lister o el "joven oficial de Estado Mayor a quien le preocupaban las Bellas Artes", Paco Ciutat, o el general Kleber, de las Brigadas Internacionales, entre los militares; Xavier Farías, Emiliano Barral, Gori Muñoz, León Felipe, los fotógrafos Capa y Gerda Taro, o el poeta negro Langston Hughes, o el músico Acario Cotapos, o Erns Toller o el crítico Christian Zervos, especialista en el Greco, entre los intelectuales... y como "traidores de opereta" trasvasados a un drama demasiado serio, los quintocolumnistas, esa catelfa de traidores agazapados contra los que la novelista María Teresa dirigió en varias ocasiones su más mordaz crítica y denuncia, respondiendo a una preocupación de los responsables de la defensa madrileña que veían en aquellas gentes la cizaña de la deserción, de la cobardía y el temido riesgo del sabotaje de toda laya. Ya en Contra viento y marea encontramos un largo pasaje que retrata una sórdida escena de traición civil protagonizada por una indigna quiromántica, y buena parte de la novela Juego Limpio (a la que luego me referiré más en detalle) saca a relucir a un pobre lunático que vive escondido en los desvanes del palacete de los Heredia Spínola aguardando impaciente la llegada de un ejército fascista que lo libere y le premie la zapa de ridículo sabotaje que ha puesto en marcha, silbato en boca, por los desvanes laberínticos de la sede de la Alianza.
Aunque fue el teatro lo que más decididamente ocupó la actividad digna e intensa de María Teresa durante la Guerra Civil, no fue su única preocupación. León se vio directamente implicada -con notable responsabilidad- en la evacuación de las pinturas del Prado y en la incautación, traslado y protección de varios cuadros del Greco diseminados, y por tanto en grave peligro, por varios pueblos toledanos. Y fue esa actuación la que ocupó el primer ejercicio de su memoria en el exilio con el folleto -verdadera rendición de cuentas de una actuación gubernativa- titulado La historia tiene la palabra, impreso en 1944. Allí, en su párrafo final, está prefigurada una situación teatral vista con brillantez y pasión, y que doce años después la supo aprovechar, como punto de partida, Alberti en su "agua fuerte escénico" Noche de guerra en el museo del Prado:
" En tres ocasiones estuve en contacto con la Junta de Protección del Tesoro Artístico. ¡Cuánto más que yo podrán contar los que tuvieron a su cargo la tarea perseverante de todos los días! Pero nadie tal vez haya visto tan de cerca la belleza de un grupo de hombres atareados en salvar lo que no entendían, lo que antes les había sido negado en el reparto de bienes comunes. Allí comprendí mejor que nunca que la cultura es la conducta viva y en movimiento de los hombres de un país, siendo la nuestra tan vieja y tan actual, que les hacía tener conciencia del rango primerísimo que ocupaban en la escala de la civilización".
Sin figuras de los cuadros redivivas, sino con los hombres anónimos que heroicamente trabajaron por aquel salvamento, María Teresa fue testigo sin excepción de una de las escenas más teatrales de aquella guerra infausta: la noche de un museo deshabitado y amenazado por bombas incendiarias.
Pero fue el teatro, como decía antes, el mejor lenitivo para unos días de cerco, hambre y bombas, y la mejor actividad que pudo llevar a cabo María Teresa León en apoyo de aquella causa. El teatro y la guerra, un binomio que tenía que dar por fuerza un teatro de agitación y propaganda acentuado en el "Teatro de Urgencia", un teatro de trinchera, y por tanto un "teatro de guerrillas" que, en opinión de Alberti, debía ser un teatro sujeto a una serie de condicionantes formales y temáticas de obligatorio cumplimiento para conseguir su eficacia:
" una pieza de este tipo no puede plantear dificultades de montaje ni exigir gran número de actores; su duración no debe sobrepasar la media hora. En veinte minutos escasos, si el tema está bien planteado y resuelto, se puede producir en los espectáculos el efecto de un fulminante".
Pero a la vez que formulaba esas exigencias que el autor de la pieza de urgencia debía tener en cuenta, Alberti, autor él mismo de algunas de las obritas mejores de aquel teatro de guerra, reconocía que la situación teatral en los casi dos años de lucha (sus opiniones están publicadas en febrero del 38) no había estado a la altura de las circunstancias:
" Lo que hasta ahora ha caído en mis manos no responde a las exigencias actuales ni a los medios de que disponemos para su realización. Las piezas que se vienen representando por diversos grupos teatrales, bien de brigadas u organizaciones, además de ser, por lo general, complicadas y malas, reflejan en muy poco la lucha, la transformación, la nueva fase creadora de nuestro pueblo".
María Teresa salió al paso de esos mismos defectos desde la opinión -como corresponsable del teatro que debía programarse en los días de guerra- y desde la práctica -como promotora y directora de algunos espectáculos que llegaron a ser de lo mejor que entonces pudo ofrecerse. De hecho, desde finales de julio del 36 en Cataluña, y a lo largo del año 37 desde el Gobierno central, abundan las disposiciones gubernativas sobre el teatro en relación con las excepcionales condiciones de guerra. Así el 22 de agosto del 37 se crea el Consejo Central del Teatro por un decreto del Ministerio de Instrucción Pública y Sanidad, y firmado por Manuel Azaña y Jesús Hernández. Allí se declara inicialmente que "es necesario también que el teatro, en los actuales momentos, sea un medio de propaganda al servicio del Frente Popular para ganar la guerra". Al amparo de toda esa normativa, María Teresa León publicó varios artículos en las revistas de aquellos días -El Mono Azul, Boletín de Orientación Teatral, Nueva Vida, Defensa Nacional, etc.1- en los que nos fue ofreciendo un ramillete de opiniones acerca de cómo entendía la escritora y directora de escena que había sido (y cómo había funcionado) el teatro en tiempos de guerra y cómo debía hacerlo, por tanto, en aquella guerra que tan cerca de ella sucedía. Y nuestra autora mira hacia el teatro ruso, que admiraba profundamente desde que viajara a Moscú en 1932 para conocerlo de primera mano, recordando algo que se notaba que ella hubiese querido hacer equivalente en la situación española de aquel momento:
" La Revolución necesitaba del Teatro. Tenían que aliarse a él para propagar la cultura y la gran nueva de la Revolución. Lenin da un decreto, que lleva también la firma de Lunacharski, para nacionalizar los teatros y entregarlos al pueblo. La gran ópera continúa abierta. El pueblo, que jamás había pasado de las rejas de los palacios y de la puerta de los teatros, llena las salas de espectáculos, asombrados de la ficción escénica [...] Maiakovski y los jóvenes revolucionarios escriben, no con mucha fortuna, para comenzar los tiempos modernos del teatro revolucionario. Se necesita poner el teatro en la hora de la utilidad. Meyerhold se encarga de formar cuadros de verdaderos combatientes teatrales [...] Todos los jóvenes rivalizaron para expresar teatralmente la nueva vida".
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