Basta planear con rápida ojeada sobre la mayor parte de la obra literaria
de María Teresa León para entender que la experiencia de los
tres años de guerra, vividos en la "capital de la gloria",
fue la más intensa y decisiva de su vida, tanto por los antecedentes
de que se vio anunciada -las seis semanas de la peligrosa y romántica
aventura en los montes ibicencos- como por la larga memoria que la acompañó durante
la travesía del exilio.
La Guerra -o mejor, los "desastres de la Guerra" (en clave de Goya)-
ocupó una buena parte de las imágenes que María Teresa
seleccionó desde la atalaya iluminadora de su memoria. Y en la Guerra
nuestra autora mantuvo una actividad continua y de primer orden, ejerciendo
con la máxima dignidad y eficacia las responsabilidades que asumió como
secretaria de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, como vicepresidenta
del Consejo Central del Teatro y como una de las responsables de la evacuación
y salvación del patrimonio artístico español.
La Guerra como tal la empezó a vivir María Teresa León
en el espacio paradisíaco de una isla mediterránea -Ibiza- llena
de vestigios fenicios, de rebaños de hermosas y níveas borregas,
frondosas higueras y olorosas ramas de pino parasol. El impacto de aquella
casual (y providencial, al tiempo) ocultación a la pareja de civiles
que se desplazaron al molino donde veraneaban los dos destacados escritores
y militantes de izquierdas como eran Rafael Alberti y María Teresa León,
dejó dilatada huella en la literatura de ambos. Alberti la transformó -apenas
diferente de como fue, y la ha reconstruido documentalmente Antonio Colinas-
en un relato de guerra -Historia de Ibiza- incluido en el único (e importantísimo)
número de la revista Cuadernos de Madrid, una espléndida publicación
auspiciada por la Delegación de Propaganda de la Alianza de Intelectuales
Antifascistas, impresa (febrero del 39) cuando ya la guerra estaba casi perdida
y para amparar el número cuadragésimo séptimo -y último-
de El Mono Azul, periódico de guerra en el que María Teresa tuvo
importante protagonismo en cuestiones relacionadas con la situación
del teatro en los tres años de contienda.
Como se decía en la anónima hoja preliminar de "presentación" de
la revista antecitada, aquella Madrid a punto de sufrir el decisivo golpe de
Casado, que la ponía en las manos del rebelde Franco, era ya un terreno
vivencial y cultural que se sentía herido y aislado, y clama por un
compromiso ético en torno a su significación y su suerte: " Hace
ya más de dos años que los escritores españoles, cerrando
sus oídos al llamamiento interior de la vocación, escucharon
el estrangulado grito de su sangre pisoteada y salieron de sí para publicar,
unificando su voz, la verdad española contra viento y marea".
Una pequeña fotografía de un monumento madrileño y castizo,
como la Puerta de Toledo, preside la cubierta del único número
habido, una puerta -arco de triunfo que se hizo levantar el represor Fernando
VII- rodeada (defendida) por sacos terreros. La guerra está presente
en toda la publicación, que por ello se abre con un recorte de la vida
del leal Miaja o una reseña de Louis Aragon acerca de la visión
de la guerra que dejó plasmada el católico francés Bernanos
en su novela Los grandes cementerios bajo la luna o el poema dramático
de Bleiberg -un ejemplo notable del teatro de guerra que aunaba compromiso
y calidad- titulado Amanecer. Como decía allí está incluida
la memoria- apenas disimulada en forma de relato novelado -del estallido del
conflicto en la Ibiza en la que estaban veraneando María Teresa y Rafael.
Durante tres años la comprometida mujer que fue María Teresa
León vivió día a día las continuas exigencias que
las perentorias circunstancias iban marcando sin pausa. Desde su puesto de
responsabilidad en el palacete de los Heredia Spínola, en la madrileña
calle de Marqués del Duero, en las proximidades de la fuente de Cibeles
cubierta hasta su cima por un protector castillete de ladrillos y arena contra
la metralla, aquella mujer que siempre defendió el juego limpio de la
lealtad y la heroicidad, trabajó incansable por mantener una limpieza
en materia de arte y literatura que tan difícil era de sostener en aquellos
días de tenebrosa cotidianidad llena de sobresaltos continuos.
En la cita anterior sacada de la hoja que presentaba Cuadernos de Madrid había
una expresión de voluntariedad -"contra viento y marea"-
que nuestra autora hizo suya como lema y título de su primera manera
de narrar aquellos días de guerra -desde el entusiasmo épico
del asalto al cuartel de la Montaña a los bombardeos que arrasaron su
barrio- de niña y de mujer -de Argüelles. En efecto, Contra viento
y marea es una de las más tempranas rememoranzas (y mejor, testimonio
casi en vivo) de lo que había sido la guerra desde la mirada de una
mujer, ya perdedora, ya exiliada, cuando empezaba a echar raíces nuevas
en tierras americanas: y dada la fecha temprana de su edición -1941-
es verosímil pensar que una buena parte de esta larga novela -la que
recupera los primeros meses del cerco madrileño- fue redactada en las
noches de escaso sosiego de aquellos días rojos y difíciles,
cuando la escritora se recreaba en los espejos complementarios de dos personajes
femeninos -la proletaria y la burguesa-, entre los que María Teresa
repartió el mucho coraje que puso sobre el tablero de una experiencia
que se resistiría siempre a olvidar, a silenciar... mientras la memoria
la acompañó y la consoló.
Son muchas las páginas que María Teresa dedicó a la experiencia
personal -y también colectiva- de la guerra en su impagable Memoria
de la melancolía. En ese libro la escritora teje la escenografía
de sus recuerdos bélicos y el elenco de personajes que compartían
la escena de una ciudad sitiada (que ella misma ayudó a identificar
con el símbolo de Numancia). Este párrafo, por ejemplo, referido
al palacete incautado en donde se instaló la Alianza, equivale a la
acotación inicial de un drama que tuvo a María Teresa entre sus
más destacados personajes:
"
Aquellos salones solemnes y oscuros, pesados de muebles que seguían
conservando su negrura a pesar de nuestra risa, fueron durante tres años
nuestro escenario".