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Turia 85-86 Turia

Laín Entralgo «desde dentro»

por Diego Gracia
Turia nº 85-86, Marzo / Mayo 2008

Número de páginas: 6
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Hay una segunda nota muy característica de esta década. La propia evolución de la política española, el final de la vida de Franco y el comienzo de la transición democrática, le devuelven a la preocupación por España y, de algún modo también, a la arena política. Se considera en la obligación moral de explicar su conducta anterior, su pasado falangista, nunca franquista, y su filonazismo o filofascismo de los años inmediatamente ulteriores a la guerra civil. Y escribe Descargo de conciencia (1930-1960) , aparecido en 1976. Su propia evolución le obliga, por otra parte, a revisar la propia idea de España, y para eso escribe A qué llamamos España (1971). Y lo que es quizá más importante, el abandono en 1956 del «pluralismo por representación» a favor del «pluralismo auténtico», se convierte ahora en una opción decidida por el pluralismo democrático. Y como la Constitución de 1978 legaliza los partidos políticos y organiza elecciones generales, se le plantea el problema de a qué partido votar. Ya conocemos cuáles habían sido desde su juventud las opiniones de Laín sobre los distintos partidos políticos. Nunca se pudo identificar con las derechas reaccionarias. Tampoco podía transigir con las izquierdas revolucionarias. La falange se definió a sí misma como un movimiento revolucionario, si bien su revolución era la de los valores personales. Ya no cree en eso como programa político, aunque sí como actitud humana. Y entre la reacción y la revolución, opta por ese intermedio que es la reforma progresista. Eso es lo que ve en el socialismo democrático, una vez que el partido socialista español renunció al marxismo, en 1979. Su voto será para el socialismo. ¿Raro, extraño? En absoluto. Les pasó a muchos falangistas. No en vano José Antonio, en el ya citado discurso fundacional del teatro de la Comedia, tras describir los males del liberalismo, había dicho: «Por eso tuvo que nacer, y fue justo su nacimiento (nosotros no rescatamos ninguna verdad), el socialismo. Los obreros tuvieron que defenderse contra aquel sistema [el liberal], que sólo les daba promesas de derechos, pero no cuidaba de proporcionarles una vida justa. Ahora que el socialismo, que fue una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal, vino a descarriarse, porque dio, primero, en la interpretación materialista de la vida y de la historia; segundo, en un sentido de represalia; tercero, en una proclamación de la lucha de clases». El socialismo democrático, a la altura de 1979, había abandonado el marxismo, y con él el principio de la lucha de clases. ¿Qué de extraño tiene que buena parte de los viejos falangistas acabaran entregándole su voto?
Cuerpo, alma, espíritu
Última etapa. Laín se jubila de su cátedra el año 1978. Pasa a la situación administrativa de jubilado. Pero no abandona la vida intelectual. Se lo exige la fidelidad que se debe a sí mismo. De hecho, la libertad y el tiempo de que ahora goza le permiten nada menos que iniciar un nuevo proyecto antropológico. Vuelve a su vieja vocación, la antropología, la que nunca abandonó ni le ha abandonado, y se propone reasumir todo lo realizado en fases anteriores, a lo que no renuncia, en un proyecto nuevo, complementario, evitando el excesivo sesgo idealista del enfoque propio de los años cincuenta y sesenta. No se trata de un rechazo de todo lo anterior, pero sí de un complemento necesario. Para ello, siguiendo la consigna de Nietzsche, se propone seguir «el hilo conductor del cuerpo». Frente a idealismo, corporalismo. Tal es la tesis de la serie de libros que van de El cuerpo humano: Oriente y Grecia antigua (1987) a Qué es el hombre: Evolución y sentido de la vida (1999). Entre ambos, El cuerpo humano: Teoría actual (1989), Cuerpo y alma: Estructura dinámica del cuerpo humano (1991), Alma, cuerpo, persona (1995), Ser y conducta del hombre (1996), e Idea del hombre (1996).
¿Cuál es la nueva idea del ser humano que Laín expone en esos libros? Por lo pronto, han cambiado sus mentores intelectuales. Ya no se trata de Dilthey, ni de Scheler, ni incluso de Ortega y de Heidegger. El liderazgo indiscutible lo detenta ahora Zubiri. Éste, a partir de 1960, había iniciado la publicación de su filosofía madura, un realismo de nuevo cuño, que él consideraba superador de los idealismos y culturalismos tan frecuentes en el campo fenomenológico. Laín se entusiasma con este enfoque zubiriano, que le permite ir más allá y completar sus anteriores planteamientos. El año 1968 Zubiri dictó un curso titulado Estructura dinámica de la realidad. El curso apareció publicado en forma de libro el año 1989, justo cuando Laín está comenzando esta nueva etapa. No es un azar que su libro de 1991 lleve como subtítulo «Estructura dinámica del cuerpo humano». No hay duda que está siguiendo de cerca a Zubiri. Esto le permite, por una parte, integrar lo que siempre había anhelado, ciencia y filosofía. Y, por otra, elaborar una antropología a la vez realista y dinámica, o estructural y dinámica. Dos conceptos de Zubiri, «de suyo» y «dar de sí», le resultarán fundamentales en tal empeño. El hombre es una realidad de suyo, por tanto, sustantiva; es una sustantividad. La unidad de la realidad es la sustantividad. Y al final de su vida Zubiri afirma sin lugar a dudas que no hay más unidades reales que ésa. Por tanto, la doctrina aristotélica, escolástica y moderna de la sustancia no se sostiene. Esto obliga a replantear el viejo problema del alma. La tesis clásica era que el ser humano es una sustancia compuesta por dos coprincipios, el cuerpo y el alma, y que al morir esta última se desprende del cuerpo y permanece como sustancia. Esto, dice ahora Laín apoyado en Zubiri, es imposible. El hombre es una realidad una y única, es una sustantividad, y por tanto no puede aceptarse la teoría del alma como una sustancia dentro del cuerpo. Lo cual no obsta para que esta realidad que llamamos ser humano haya alcanzado una complejidad estructural tan elevada, que «da de sí» eso que llamamos vida del espíritu o vida personal. Pero todo esto surge de la materia por pura complejización de sus estructuras. El propio dinamismo de la materia da de sí el espíritu. De ahí que Laín acabe denominando a su sistema «dinamicismo estructurista».
Laín, vocación y destino
Hasta aquí llegó. Ésta fue su vida intelectual. Vista desde el final, aparece toda ella en una nueva perspectiva. Nos propusimos estudiar a Laín «desde dentro», identificando su «vocación» o su «destino» e intentando ver si le había sido fiel. Ahora, al final, hemos de hacernos la misma pregunta, pero en sentido inverso. Hemos recorrido rápidamente su vida, hemos visto sus cambios, las etapas por las que ha ido pasando en el intento por ser eso que tenía que ser. Y lo que comprobamos es la tremenda coherencia del personaje con su destino. ¿Cuál fue éste? Que la vida hay que vivirla con fe, con esperanza y, sobre todo, con amor. Y que esto es lo que hace posible la «comprensión». El paso del tiempo le fue enseñando que eso no es todo, que la realidad es más compleja y que confundir los niveles conduce directamente al idealismo. Eso no es todo, pero sí lo más importante. Para él, el centro de su vida. En fecha tan temprana como la de 1941, Laín escribió en el prólogo del libro programático de toda su actividad ulterior, Medicina e Historia, estas palabras: «Si en todos los libros va impresa y expresa el alma de su autor, de la mía ha salido, en cuanto al hombre le es dado el ejercicio de conocerse, ese ímpetu por trabar y unir lo disperso en el pensamiento y en los hombres. Creo servir con ello al designio de mi generación española, tan arduo y espinoso en esta España nuestra, vieja, hendida y propensa a la engallada bandería. Sirvo, en todo caso, al ser que Dios me dio, y ahí quiero encontrar límite y honra».
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