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Turia 85-86 Turia

Laín Entralgo «desde dentro»

por Diego Gracia
Turia nº 85-86, Marzo / Mayo 2008

Número de páginas: 6
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Tras lo dicho, queda claro que la guerra civil cortó los proyectos del joven Laín y le implicó en una actividad política que, con vicisitudes varias, no finalizó hasta febrero del año 1956. Esos veinte años de la vida de Laín cabe dividirlos en dos subperiodos. Uno primero va de 1936 hasta 1946. En ellos, Laín cree posible lo que ha llamado «la asunción unitaria», e intenta colaborar a su realización recuperando todo lo positivo de la cultura española del último medio siglo, lo que él denominó el «mediosiglo de oro» de la cultura española. Son los trabajos que luego reuniría, en 1956, en el volumen España como problema.
A la altura de 1946, da esa esperanza por perdida. Y se concentra en su actividadad universitaria como profesor de Historia de la medicina. Quiere aprovechar su cátedra para hacer Historia de la medicina, pero también Antropología médica. No es lo que se había propuesto en 1936. La guerra le ha impedido licenciarse en filosofía. Y tampoco ha podido aspirar a ser profesor de la Facultad de filosofía. Por otra parte, ya no enseñan en ella Ortega y Zubiri. Las cosas han cambiado. Y se propone un proyecto menos ambicioso, trabajar en Historia de la medicina y en Antropología médica. Dos volúmenes culminan la obra de esa década, La historia clínica, del año 1950, y la Historia de la medicina moderna y contemporánea, publicada en 1954.
Filosofía del hombre que cree, espera y ama
1956 es un año clave en Laín y en todos sus compañeros falangistas. Es el momento en que abandonan definitivamente su pertenencia a Falange. Rompen con el régimen, porque consideran que es inútil seguir alimentando la ilusión de la reforma desde dentro. Hay que romper amarras, ganar libertad. ¿Para qué? Para que cada uno haga en su vida aquello que crea que debe hacer.
Dionisio Ridruejo seguirá dedicándose a la política, actividad que nunca abondonó. ¿Y Laín? Laín ve llegado el momento de recuperar su proyecto de juventud, el que la guerra civil le obligó a abandonar. ¿Por qué no retomar el trabajo en Antropología filosófica? Durante los últimos veinte años no ha podido formarse de modo sistemático en filosofía, pero sus lecturas han sido muchas y sus conocimientos se han enriquecido enormemente. Ahora se siente bastante seguro, con capacidad para emprender la tarea que entonces abandonó. De hecho, los veinte años consumidos, con intensidad mayor o menor, en la actividad política, él los ve como un paréntesis. Nunca pretendió ser político. No era su vocación. De nuevo volvemos al principio, a la idea de vocación y de destino.
Laín no tiene vocación de político. Se ha visto llevado a ello por las circunstancias, pero no lo considera su destino. Ahora quiere recuperar su destino, ser fiel a sí mismo y hacer lo que cree que tiene que hacer. Y escribe varios libros memorables. El que abre la serie es La espera y la esperanza, publicado el año 1957. Le seguirán, en 1961, los dos volúmenes de Teoría y realidad del otro. Y dará fin al empeño uno tercero, Sobre la amistad, que ve la luz el año 1972.
¿Cuál es el mensaje de estos libros? Que el ser humano no es primariamente un animal racional, como pensó Aristóteles y con él casi toda la tradición, ni tampoco un lobo para el hombre, como sentenció Hobbes. A la esencia del ser humano pertenecen tres hábitos naturales que son la base de toda su vida: la creencia, la esperanza y el amor. Sin estas virtudes naturales, la vida humana es imposible. El tema de la creencia lo analizó con gran maestría Ortega y Gasset, en su ensayo de 1936-1940, Ideas y creencias. José Antonio había puesto también un enorme énfasis en el tema de la fe. Laín se ocupa en la primera de esas obras de la esperanza. De hecho, no puede esperarse más que en aquello en que se cree; es la llamada fe fiduciaria, la fe confiada o la confianza. Y luego está el gran tema que ya vimos en su programa del año 1936, el amor, el amor que comprende. Es el objetivo de las otras dos obras. El amor abre a la comprensión. Y la comprensión es la vía regia del conocimiento de las personas. Las cosas se explican, pero las personas se comprenden. No en vano uno de los libros que Laín publica en estos años se titula, precisamente, Ejercicios de comprensión (1959)
Los límites de la comprensión
Comprender los acontecimientos, comprender a la persona humana, hacer de la comprensión un hábito, un estilo de vida, una ética, una ascética, casi una religión. Recordemos aquello de Ortega de la comprensión como imperativo ético. Ése es el núcleo de la antropología de Laín. Resulta, por añadidura, que las citadas tres virtudes naturales, la creencia, la esperanza y el amor, pueden verse como fundamento de las que la teología cristiana llama virtudes teologales, la fe, la esperanza y la caridad. No se identifican con ellas, pero sí las hacen posibles.
Esto de la comprensión, en cualquier caso, no está exento de problemas. A Laín Entralgo se le va haciendo esto más claro con el paso del tiempo. En el libro de 1961 defiende la tesis de que las relaciones específicamente personales, las que llama «diádicas », aquellas en las que trato al otro no como otro sino como persona son siempre individuales. La díada es sólo de dos; no puede ser de más. No hay modo de tratar a los otros como personas en el grupo en tanto que grupo. Esto no puede hacerse más que estableciendo una relación personalizada con cada uno de ellos y de éstos con todos los demás. Lo cual hace que las relaciones colectivas nunca puedan ser personales, si éstas se definen del modo como lo hace Laín. Colectivamente no podemos tratar a los otros como personas sino sólo en tanto que otros. Por consiguiente, los colectivos humanos no son nunca «comunidades» sino sólo «sociedades». Recordemos que Laín interpreta a Tönnies en el sentido de que la comunidad es el conjunto de personas en tanto que personas, en tanto que la sociedad es el conjunto de individuos en tanto que individuos. La sociedad, dicho de otro modo, está llamada siempre a ser impersonal. Esto tiene importantes consecuencias políticas. ¿Por qué? Porque si es así, entonces resulta idealista hacer, como él pretendió a partir de 1936, de las relaciones políticas relaciones personales, y menos fundarlas sobre valores religiosos. Esto es lo que va aflorando a la conciencia de Laín a finales de los años sesenta. De hecho, los dos movimientos filosóficos emergentes durante la década de los sesenta en Europa y en España, de una parte el neomarxismo, y de otra la filosofía analítica, tachan todo lo que él ha venido haciendo de «culturalismo» e «idealismo». Tan era así, que Sobre la amistad, libro aparecido en 1972, tiene que finalizarlo con un epílogo titulado Pro domo mea, en el que se defiende de ambas denuncias.
Tiempo de transición
Pero a pesar de la defensa, las acusaciones le han calado hondo. De hecho, en torno a 1970 comienza una nueva etapa en la vida de Laín. Es una fase de transición, que durará hasta, aproximadamente, 1980. Coincide con la transición política y cultural española. Varias notas definen la actividad de Laín a lo largo de esta década. Una primera es negativa: el abandono de sus estudios antropológicos. La parte positiva de ella es que se dedica con mayor intensidad que nunca antes al cultivo de la Historia de la medicina. No es un azar que de estos años sean su libro más técnico, La medicina hipocrática (1970), su obra más ambiciosa, la Historia universal de la medicina en siete volúmenes (1972-1975), y su síntesis más lograda, Historia de la medicina (1978).
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